Irán: cuando las infrahumanas ponen en jaque a los mismísimos enviados de Dios, por Nazanín Armanian

septiembre 23, 2022

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Ciudadanos de Nuew York participan en una protesta contra el presidente iraní Ebrahim Raisi, en el exterior de las Naciones Unidas el 21 de septiembre de 2022 en la ciudad de Nueva York / AFP

Nazanín Armanian, Público, 23 de septiembre de 2022

«La diferencia de tamaño, vitalidad, voz, desarrollo, calidad muscular y fuerza física entre un hombre y una mujer demuestran que los hombres son más fuertes y más capaces en todos los campos». Así justificó el expresidente del régimen Islámico (RI) Hashemi Rafsenyani la inclusión de las mujeres iraníes en las leyes de su teocracia en la categoría de Untermenschen (subhumanos), término que los nazis empleaban para los seres humanos considerados inferiores y carentes de derechos de humanos, o sea ellos. El velo es una señal exterior y visible de este estatus, al igual que la insignia amarilla pegada a la vestimenta de los judíos y la azul a la de los cristianos durante el califato árabe de Omar II (682-720). No se trata de ocultar el pelo de la mujer, para ello podrían ponerse un gorro. Sin embargo, al ser esta prenda utilizada por los hombres, -seres de pleno derecho-, romperían el orden social, crearían confusión y terminaría con la pérdida del control social por parte de los poderosos. Por esto el judaísmo y el islam prohíben el travestismo.

Y aunque Mahsa Amini, cumplía con el sistema de marcación social establecido, su belleza llamó la atención de los talibanes de la patrulla Ershad. «Orientar hacia el buen camino» que vigila el velo de las mujeres para mantenerlas a raya empleando la pedagogía del terror: en plena calle fue separada de su familia, de origen kurdo y de visita turística en Teherán, y trasladada a la comisaría para recibir la dosis de la lección islámica que hemos recibido millones de mujeres iraníes: humillaciones, bofetadas y más que probables abusos sexuales. La resistencia de la joven les hizo perder el control: dos días después falleció en el hospital, encendiendo la mecha de un hartazgo y odio acumulado de toda una nación durante 43 años hacia el régimen clerical y su guardia pretoriana.

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