Creed en nosotros a cambio, por Javier Marías

septiembre 12, 2022

Vida Nueva recordaba hoy en un artículo, -que firma José Beltrán-, «Javier Marías: el día que el (casi) Nobel fue censurado por atacar a la Iglesia», al recientemente fallecido Javier Marías rememorando una columna (la que aquí reproducimos) que, allá por octubre de 2002, fue censurada en ‘El Semanal’, suplemento dominical perteneciente al Grupo Correo. Del escritor destaca «su anticlericalismo confeso, ateísmo declarado y malas pulgas ante cualquier mínimo olor a incensario».

Javier Marías / (Carmen Castellón)

Javier Marías, javiermarias.es, 12 de septiembre de 2022

Mi arrojado vecino el Duque de Corso(1) se ha topado con la Iglesia últimamente, o más bien con sus beatas y monaguillos más coléricos. Durante semanas he asistido a la furia de los lectores, bien representada aquí en la sección de cartas, y luego he leído, hace dos domingos, el eco que se hacía Pérez-Rafferty de las que no han visto más luz que la de sus fatigados, hartísimos ojos («Resentido, naturalmente«, tituló su columna). No pretendo terciar, cada cual libra las batallas que elige y al Capitán Sadwing no le hace falta ayuda en las suyas, ya pega mandobles y suele cargarlos de razón, encima. Pero la larga escaramuza me ha llevado a reflexionar un poco (no suelo: encuentro el tema carente de todo interés) sobre esta Oficial y Privilegiada Iglesia de nuestro país, aconfesional país en teoría. Y, de paso, sobre mi relación con ella y con las religiones en general.

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Trabajadores esclavos en tiempos de Franco

septiembre 12, 2022

La Iglesia fue una pieza fundamental en toda la arquitectura represiva y de control social del franquismo. El sistema de reducción de los penados al trabajo semiesclavo no podía ser la excepción.

Presos republicanos, durante la construcción del Canal del Guadalquivir. / ARCHIVO RHHSA (CGT. A) – Fuente

Daniel Campione, Nueva Revolución, 12 de septiembre de 2022

Las prisiones de la dictadura de Francisco Franco fueron escenario de padecimientos físicos y morales infligidos a conciencia sobre centenares de miles de presas y presos. Los sufrimientos impartidos iban desde el hacinamiento, el hambre y los castigos arbitrarios hasta la presión insoportable de un adoctrinamiento político y religioso continuo y obsesivo. A lo cual se sumaba una tortura psíquica específica para los millares de condenados a muerte, mantenidos durante meses a la espera de una conmutación por pena de prisión o la consumación del asesinato judicial.

En particular en aquellos años en que, terminada la contienda no la sustituyó la paz sino “la victoria”, el empeño de la dictadura por someter de mil formas a los vencidos alcanzó hasta al propósito de privarlos de todas las condiciones para llevar una vida relativamente “normal”. Y el intento de disolver sus personalidades, hasta convertirlos en seres sumisos y “arrepentidos”, rotos los vínculos con las acciones del pasado y con las creencias profesadas antes de ser encarcelados.

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