La paranoia que cebó el asalto al Capitolio: el fanatismo conspirativo gana fuerza con la pandemia y come terreno a la religión

La penetración en las filas evangélicas de la delirante teoría QAnon, clave en el asalto al Capitolio y con una narración que usa códigos propios de la religión, alerta sobre el explosivo auge del conspiracionismo como agente político

La Guardia Nacional protege el Capitolio en la noche del miércoles / EFE

Ángel Munárriz, InfoLibre, 9 de diciembre de 2021

Familia en peligro, niños desprotegidos, un oscuro mal acechante, esencias amenazadas, moral corrompida…

Todo ello parece el catálogo de preocupaciones de un cristiano tradicionalista. Y de hecho podría serlo. Pero ahora ha caído en manos de QAnon, una delirante teoría de la conspiración estadounidense que implica en una trama de pederastia y poder oculto al grueso de la progresía internacional, todo ello aliñado con los elementos propios del negacionismo sobre el covid-19. Allí ya han saltado las alarmas en el campo religioso tradicional, que observa el ascenso y la permeabilidad en sus propias filas de esta rama especialmente fanática y sectaria del trumpismo. En medio de una pandemia que ha disparado la zozobra y ha obligado a limitar el encuentro en los templos, la nueva pseudoreligión de la Q acelera la captación de evangélicos a través de Internet y seduce ya incluso a algunos de sus altavoces. No es anecdótico. Más de la mitad de los republicanos creen que esta teoría, que copia esquemas narrativos típicos de la religión, tiene todo o parte de verdad. El hombre disfrazado de bisonte que se ha convertido en la imagen mundial de la toma del Capitolio es un encendido seguidor de las teorías de QAnon, que ha sido una red con fuerte presencia en Internet clave para calentar y organizar el asalto.

QAnon es una manifestación extrema de una tendencia al alza: la conspiranoia que avanza y acecha el terreno de la fe religiosa, influyéndola y dejándose influir por ella. En Estados Unidos el cóctel suma la agitación de Donald Trump y de líderes religiosos afines que han comprado íntegros los tonos milenaristas propios de la conspiración. Pero el fenómeno no es exclusivamente estadounidense. La Unión Europea ha detectado la novedad de la utilización del diablo como reclamo para la desinformación en Internet. De nuevo, cristianos en la diana de los apóstoles de la conspiración.

¿Y en España? Por un lado, el movimiento negacionista incorpora elementos del marco de Vox, a su vez vinculado al lobby integrista: “élites globalistas”, Soros, “nuevo orden mundial”… Por su parte, los círculos ultracatólicos coquetean con las tesis conspirativas en plena pandemia, con campañas que mezclan la denuncia de oscuras agendas políticas y la manía persecutoria.

Las iglesias tradicionales se enfrentan a un desafío complejo, parte del cual emana de sus propias filas. En las filas católicas ya hay perfiles altísimos que han comprado la tesis de que el covid-19 es una operación antirreligiosa de “ingeniería social” en la que estaría metido hasta el papa Francisco.

QAnon y los evangélicos

Un análisis reciente de la MIT Technology Review, publicación del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha concretado por primera vez lo que era una impresión en auge: los exitosos movimientos conspirativos no sólo comparten espacios de intersección con la religión tradicional, sino que se nutren de sus bases. No se trata, ni mucho menos, de compartimientos estancos. El estudio se detiene en cómo los promotores de la teoría de la conspiración QAnon captan adeptos entre evangélicos en Estados Unidos.

Pero, ¿qué es QAnon? Según esta teoría, de la que la Donald Trump evita desmarcarse y que tiene ya una representante en el Congreso, actores e intelectuales liberales y políticos demócratas están implicados en una red internacional de pedofilia que ha tenido como objetivo derribar al presidente. QAnon, que defiende que Trump es poco menos que el mesías que derrotará a las huestes de ese mal progre y degenerado que amenaza las esencias de América, es la apoteosis del bulo: un círculo de retroalimentación de mentiras, con sesgo ferozmente ultraconservador, nacionalista y xenófobo, que lleva a circular la idea de que el papa Francisco, Barack Obama, Hillary Clinton, Bill Gates, George Soros, Tom Hanks y Oprah Winfrey mueven los hilos de una logia secreta que trafica con niños. Nada menos.

Adultos aparentemente normales comparten en Facebook contenidos que apoyan esas tesis. Rarezas del siglo XXI, se dirá, con su polarización y sus redes sociales. Pero conviene no restar importancia a QAnon sólo por ser una chifladura. El artículo del MIT ilustra cómo esta teoría hunde raíces en el “pánico satánico” de los años 80 y 90, con el que comparte el temor a los “cambios en la estructura familiar”, y cómo se engarza con el “cristianismo apocalíptico” y el “nacionalismo cristiano”, de amplio calado social. Abundan entre los adeptos a la teoría los llamados “patriotas cristianos”. Así lo expresa Brian Friedberg, investigador del proyecto de Tecnología y Cambio Social del Centro Shorenstein de Harvard: “La construcción de la comunidad QAnon, desde sus primeros días, se ha centrado en la moralidad estadounidense tradicionalista estrechamente alineada con el cristianismo popular. Q publica con un estilo que invoca los puntos evangélicos de conversación y alienta a la investigación profunda de las escrituras”. El popular “médico religioso” David Hayes, figura reconocible en el ámbito evangélico, ha asegurado a sus cerca de 400.000 seguidores en Youtube: “Q motiva a muchas personas a reflexionar sobre Dios”.

Toda la teoría encaja como un guante en la agenda del trumpismo, corriente que al mismo tiempo sigue teniendo en los cristianos evangélicos su gran bastión. En noviembre de 2019, tras autoproclamarse presidenta, Jeanine Áñez tomaba el poder en Bolivia bajo una proclama: “¡La Biblia vuelve a Palacio!”. Hoy numerosos asaltantes al Capitolio llevan la cabeza atiborrada de basura conspirativa difundida por redes sociales. Una encuesta de septiembre de Daily Kos/Civiqs, de amplia repercusión en Estados Unidos, revela que un 56% por los republicanos cree que la teoría de QAanon es parcial o totalmente cierta. Ahí hay por fuerza un espacio común significativo con los evangélicos, que en las últimas elecciones fueron el pilar más sólido de Trump. Un pastor de Virginia, director de la publicación cristiana The Gospel Coalition, ha llegado a publicar una sección de preguntas frecuentes sobre QAnon después de que numerosos compañeros le pidieran consejo sobre cómo detener su influencia. Porque la influencia existe. Y crece.

El artículo del MIT da voz a individuos próximos a círculos evangélicos que han notado cómo QAnon gana presencia entre los fieles a través de las redes. Las apelaciones del grupo tienen un recorrido potencial profundo entre los cristianos conservadores: familia en peligro, niños desprotegidos, mal que acecha, esencias amenazadas… Un extenso análisis en The Atlantic destaca cómo QAnon ha tomado expresiones típicas del evangelismo, como la idea de un “advenimiento” salvador. Andrés Ortega, investigador del Real Instituto Elcano, la llama “la religión de la conspiración“. Son muchos quienes apuntan ya que QAnon llega a tener trazas de religión naciente. Pero ello no excluye, sino al contrario, su interrelación con el cristianismo evangélico. No en vano, las religiones son en su formación cuerpos que se alimentan y confunden con las otras religiones del entorno, influyendo en ellas y dejándose influir por ellas.

“Plandemia” y victimismo

QAnon promueve –faltaría más– la teoría de la “plandemia”, el plan de Soros, el 5G inyectado mediante un chip, etcétera. Se trata de esquemas negacionistas a los que ha dado alas Trump, a su vez el principal referente electoral evangélico. Es un círculo vicioso que ha complicado incluso la pedagogía para la gestión de la pandemia. Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud y hombre de fe, llegó a mantener una reunión con un líder baptista para lanzar un llamamiento contra las teorías de las conspiración que parecía ir específicamente destinado a los fieles permeables a las teorías conspirativas. Obviamente, no todos los evangélicos, ni bases ni líderes, creen en teorías de la conspiración, son antivacunas ni mucho menos siguen a QAnon. Pero sí los suficientes como para que grupos religiosos hayan tenido que salir públicamente a lanzar mensajes pro-mascarilla y pro-vacuna, ante la masiva difusión de bulos en estos círculos.

Aquí es donde se abre un carril que corre paralelo –y muy próximo– al de la conspiración pura y dura. Abundan en Estados Unidos los pastores que, en sintonía con un Trump que se niega a quitar la razón a QAnon y resta una y otra vez importancia al virus, han denunciado las medidas de los Estados de restricción de aforo a las iglesias forman parte de un supuesto plan de agresión a la libertad de culto. Otros no se han resistido a la irracionalidad. El pastor Ralph Drollinger, próximo a Trump y una figura de gran predicamento en el mundo evangélico, ha sugerido conexiones de la pandemia con la homosexualidad y el ecologismo, que habrían suscitado la “ira de Dios”.

Todo esto no es lo mismo, claro, que creer que Tom Hanks y el papa comen bebés. Pero lo que se acaba poniendo de relieve es que los públicos de uno y otro mensaje se superponen en parte. “La pandemia de covid-19 ha dado a los evangélicos la oportunidad de intensificar su retórica de persecución a manos del Estado,” señala Andrew Chesnut, un profesor de religión de la Universidad de Virginia Commonwealth, en declaraciones a Ojo Público. Y para denunciar una persecución, nada mejor que denunciar una conspiración.

Templos vacíos, redes llenas…  y Satanás

Puede parecer sorprendente que sectores de una religión asentada se dejen arrastrar por teorías de la conspiración y movimientos alucinados al margen de sus ritos y dogmas. Pero no lo es tanto si observamos el fenómeno desde la óptica que lo hacía The New York Times cuando comparaba a QAnon con el Tea Party, un movimiento que en principio tenía un aspecto marginal y hasta ridículo pero que terminó ejerciendo una influencia decisiva en el Partido Republicano y alcanzando fuerte anclaje en las bases evangélicas. El análisis realizado por el MIT recoge además cómo QAnon aprovecha para su despegue el desconcierto generado por la pandemia, con su carga de incertidumbre y miedo, así como la pérdida de lazos comunitarios en las comunidades religiosas por las restricciones de acceso a los templos.

El movimiento ha llegado ya incluso a Europa. La BBC ha detectado a sus activistas en manifestaciones en Londres. Newsguard, un proyecto contra la desinformación, ha alertado de que QAnon se extiende por Francia, Italia, Alemania y Reino Unido. No hay referencia a España en su informe.

No sólo QAnon ha visto las posibilidades que ofrece la utilización de algunos esquemas de la narración religiosa para conquistar adeptos para la conspiración. UE Vs Desinformación, el equipo de la UE especializado en detectar propaganda nociva, ha alertado sobre el uso por parte de emisores de desinformación rusos de una figura bien conocida por los cristianos: Satanás. UE Vs Desinformación acreditó la proliferación de la alusión al diablo para dar alas a diferentes teorías de la conspiración con un trasfondo de agenda pro-Kremlin. Aparece vinculado al diablo Bill Gates, un habitual de las más variadas teorías conspirativas, aquí en coalición con el mismísimo Lucifer. Otra vez, los cristianos en el punto de mira de los difusores de la conspiración.

En España grupos integristas coquetean con tesis conspirativas que alimentan su manía persecutoria y la denuncia de oscuras agendas políticas

Movimientos en España

En España no puede hablarse de una coincidencia orgánica entre grupos religiosos y conspiranoicos. Pero sí de puntos de intersección. No es extraño. Una teoría de la conspiración no deja de ser una especie de remedo deforme de la religión. Así lo ha expresado Miguel Anómalo, autor de Conjuras, tierras planas y lagartos: Grandes éxitos de las teorías de la conspiración: “Estas teorías funcionan en cierto modo como el nacimiento de las religiones, porque ofrecen una explicación: alguien, una mano oculta, lo hace todo. Al menos no es el caos. Y eso te reconcilia con la existencia”.

Si en Estados Unidos QAnon está haciendo pasar apuros a los pastores evangélicos tentando a sus bases con su teoría, en España las fichas se disponen de manera diferente. Pero también merecedora de mucha atención. Por un lado, los referentes más ruidosos del movimiento negacionista y de la teoría de la “plandemia”, que no tienen apoyo formal de ningún partido ni mucho menos de la Iglesia institucional, utilizan esquemas narrativos típicos de Vox, a su vez estrechamente vinculado con el amplio movimiento integrista: la confabulación de las “élites globalistas”, el “nuevo orden mundial” impulsado por los “multimillonarios progres”, entre ellos George Soros y Bill Gates…

Pero más relevante es el segundo fenómeno: hay grupos religiosos que coquetean con el universo conspirativo. Se trata de organizaciones del lobby integrista que llevan desde el primer estado de alarma agitando la idea de que el Gobierno aprovecha la pandemia para desplegar una agenda anticatólica, pro-aborto y pro-eutanasia. Encarnaciones malignas omnipresentes del mundo conspirativo como Soros están en el punto de mira este tipo de grupos. Los vasos comunicantes aparecen por todas partes.

Los llamamientos a la rebeldía contra el Gobierno desde este ámbito son continuos. Sin mezclarse formalmente con los movimientos negacionistas de la pandemia, antivacunas o conspirativos, los referentes del integrismo ultracatólico español sí han alentado tesis del agrado de este movimiento como la de “agenda oculta”.

Lo más lejos que han llegado en este terreno los grupos ultracatólicos ha sido con su obsesiva vinculación entre pandemia y abortos. Medios ultracatólicos como Actuall, vinculado a Hazte Oír, han difundido el bulo de que las vacunas contra el covid-19 emplean células de fetos humanos abortados. El cardenal Antonio Cañizares llegó a amplificar esta teoría en una homilía.

Otros referentes, como José Luis Mendoza, presidente de la Universidad Católica de Murcia, próxima a puntales del movimiento ultracatólico, han actuado como entusiastas difusores de teorías de la conspiración. Es difícil ya decir si la palabra de Mendoza pisa terreno de fe o de paranoia. “Las fuerzas oscuras del mal… En cada generación aparece el Anticristo, y aquellos que le sirven, con gran poder, queriendo usurpar el nombre de Dios. […] ¿Por qué ya en la Olimpiada de Londres se anuncia el coronavirus? Aquellas imágenes, de los féretros, ya entonces. ¿Por qué Bill Gates, Soros, anuncian hace años que se avecinaba el coronavirus? Quieren también controlarnos cuando se encuentre la vacuna con un chis [sic]. ¡Pero qué se han creído! ¡Esclavos y servidores de Satanás! ¡No les tengáis miedo!”. Mendoza no es un cualquiera. Puede presumir de haber traído a España, antes de ser papa bajo el nombre de Benedicto XVI, al entonces cardenal Ratzinger.

Un desafío para la Iglesia

La Iglesia diocesana española, dejando al margen el bulo de Cañizares, ha mantenido una actitud ajena no sólo a las conspiraciones demenciales, sino también a los planteamientos radicales de los grupos integristas. Los observadores coinciden en que la Conferencia Episcopal ha sabido desoír los cantos de sirena del lobby ultracatólico, empeñado en arrastrar a la jerarquía al victimismo y la manía persecutoria durante la pandemia. Una clave para entenderlo es que el catolicismo, a diferencia de las iglesias evangélicas, goza de una institucionalidad muy jerarquizada. “No hay tanto movimiento de base ni diversidad en la respuesta”, analiza Avi Astor, profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de Investigaciones en Sociología de la Religión. La jerarquía ha mantenido una línea de cooperación con las medidas del Gobierno restrictivas con la asistencia a los templos. En cuanto al Vaticano, incluso se ha pronunciado abiertamente sobre el tema de las vacunas, rompeolas de todas las conspiraciones covid, considerando “moralmente aceptable” que un católico se la ponga incluso si “en su proceso de investigación y producción” se han utilizado “líneas celulares de fetos abortados”.

¿Suponen las teorías de la conspiración y el fanatismo desatado de las organizaciones del lobby integrista una amenaza para la Iglesia católica en España? Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), prefiere la palabra “desafío”. “Es un desafío al que, en mi opinión, se está dando una respuesta a la altura”, señala el autor de Esoterismo, sectas, Nueva Era (El Perpetuo Socorro, 280).

Santamaría cree que la pandemia está poniendo de relieve “lo mucho” que pueden hacer las religiones por el “bien común”, tanto el catolicismo como el Islam y otras. Ahora bien, duda que la zozobra por la pandemia acerque a nuevos adeptos a la religión. “Tanto mi trayectoria vital [ha sido sacerdote] como académica me muestran que, en momentos de dificultad, unos se acercan a la religión y otros se alejan”, explica. En cambio, sí cree que la pandemia ofrece el “escenario y caldo de cultivo ideal para que emerja y crezca lo irracional”. “Esas soluciones y respuestas fáciles que ofrecen las teorías conspirativas no las da un planteamiento religioso, que siempre mantiene una dimensión misteriosa. Es más fácil una irracionalidad que lo responde todo, como esa ‘plandemia’ en la que unos amos del mundo mueven todos los hilos”, señala. Ahí inserta Santamaría el visible auge de las conspiraciones, movimientos esotéricos y literatos de “autoayuda”, todos prestos a “pescar en río revuelto”.

¿Y qué papel asigna a esos grupos integristas que coquetean con la conspiración? En su análisis, el director del periódico Oropel sitúa a este movimiento con un pie fuera del ámbito religioso. “Para mí son el paradigma de lo religioso como barniz para atraer a personas religiosas, pero sin ser la religión lo sustantivo, sino sólo lo adjetivo. En el fondo son grupos ideológicos que se visten de religiosos. Y su ideología choca de bruces con esas propias creencias que dicen abanderar. No sólo están engañando a la sociedad, haciéndose pasar por portavoces de posturas religiosas, sino también a sus propios seguidores”.

El presidente de Europa Laica, Antonio Gómez Movellán, ve al “catolicismo popular” español próximo a los esquemas conspiranoicos y el fanatismo ideológico. “Tengamos en cuenta que el catolicismo popular de la Transición ahora es otro. Lo que había ya no lo hay. Ahora la mayoría son integristas muy conectados con Vox”, señala. A su juicio, las “críticas al globalismo y las supuestas amenazas contra la familia por la teoría de género” emparentan a organizaciones tipo Hazte Oír con el campo semántico de la conspiración. El integrismo religioso, no sólo en España sino a nivel europeo, ha servido de altavoz a la teoría de la “conspiración islamo-izquierdista”, según la cual está en marcha un calculado proceso de sustitución de población nativa cristiana por inmigrantes de otras religiones. No es raro que elementos de esta conspiración aparezca en discursos políticos derechistas de reivindicación de la “civilización occidental” en clave de identidad católica.

De momento, la Iglesia institucional española mantiene una destacable impermeabilidad. Pero eso no significa que no haya figuras católicas de relieve internacional que no hayan entrado ya claramente en las agendas paranoides. De nuevo, la mancha comienza en Estados Unidos, tantas veces precursor de fenómenos de alcance global. El arzobispo Carlo María Viganò, ex nuncio del Papa, lidera un discurso que sitúa a Francisco al frente de un proyecto “masón-globalista” ante el que llama a los católicos a reaccionar, como ha detallado eldiario.es. Vigano fue el más destacado promotor de la carta de cardenales, obispos y teólogos según los cuales el coronavirus se había convertido en un pretexto para restringir la libertad de culto. A juicio de Viganò, tras el covid-19 hay una “operación de ingeniería social“.

Fanatismo nacionalista y religioso

Una de las debilidades de las iglesias institucionalizadas durante la pandemia ha sido la restricción del acceso a los templos. El análisis del MIT recaba testimonios de pastores que observaban cómo QAnon había penetrado en su rebaño aprovechando esa etapa de falta de vida comunitaria en la que los fieles se han refugiado en Internet. El fenómeno es una réplica a pequeña escala de otro sobre el que advierte el teólogo Juan José Tamayo: la secularización ha liberado una parte del espacio público que, en ausencia de expresiones religiosas fraternales, están siendo ocupadas por fundamentalistas. Es un fenómeno observable no sólo en España, también en Latinoamérica y Estados Unidos.

De todos estos territorios hace un barrido Tamayo en La Internacional del odio, un reciente ensayo que permite concluir que la pandemia ha acelerado un proceso preexistente de aproximación de líderes políticos nacionalistas y –en palabras del teólogo– “cristoneofascistas” a las ideas más radicales de las religiones locales. Tamayo pone ejemplos. Trump, además de mimar a los evangélicos radicales, ha trazado una alianza con el cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, puntal del ala derecha de la Iglesia en Estados Unidos. Uno de los apoyos más férreos de Trump es Capitol Ministries, que se las apaña para justificar con “estudios bíblicos” las políticas del todavía presidente. ¿Y quién está al frente de Capitol Ministries? Pues Ralph Drollinger, ese líder religioso que vincula la pandemia con la “ira de Dios” ante el homosexualismo.

El autor de la Internacional del odio recalca cómo la alianza “cristoneofascista” ha ido “al asalto del poder con la Biblia en la mano” en Costa Rica, Colombia, El Salvador, Bolivia, Nicaragua, Brasil y Estados Unidos y ha ampliado su presencia en España e Italia. Los rasgos discursivos identificados por Tamayo en este boom del fanatismo religioso vuelven a emparentarlo con el conspiracionismo. ¿Ejemplos? Justificación de la violencia, condena de la modernidad, lectura apocalíptica, negativa y pesimista de la realidad, elevación de lo opinable a verdad absoluta, renuencia a la aceptación de los hechos…
El contexto ideal para la conspiración

Las fotografías de los grandes movimientos sociales y políticos en la pandemia aún salen movidas. Es pronto. No obstante, concita bastante respaldo la idea de que la crisis despliega posibilidades para quienes ofertan explicaciones sencillas a un mundo que parece disparatado. “La relación con lo trascendente sigue muy presente, más aún en situaciones difíciles, aunque ahora esté más desinstitucionalizada”, explica Francesc Núñez, profesor de Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, que augura un “revivir de lo espiritual”, pero no necesariamente por cauces religiosos “institucionales”.

El sociólogo Avi Astor coincide en que la “inseguridad general” por la pandemia puede suponer para muchas personas una invitación hacia lo trascendente. Pero también cree que no tiene por qué ser hacia espacios religiosos convencionales. “En este momento de inseguridad, con tanta polarización, hay muchos actores que están aprovechando para divulgar teorías de la conspiración con motivación política. Pretenden conseguir seguimiento aprovechando que hay mucha gente enfadada y desesperada”, señala. La facilidad para la diseminación de estas teorías, que cuentan con la autopista sin filtro de las redes sociales y la mensajería digital, contrasta con las dificultades materiales para el culto en las religiones tradicionales por las restricciones durante la pandemia. Es el momento ideal en fondo y forma.

El filósofo Miquel Seguró Mendlewicz, autor de La vida también se piensa, cree que la pandemia, como cualquier “experiencia límite”, pone de relieve la “finitud” y puede catalizar una mayor religiosidad en el individuo. Seguró recalca la necesidad de desligar lo religioso de lo “confesional, monoteísta y seguramente católico” que se nos viene a la cabeza al escuchar la palabra. Es mucho más complejo, dice. Es una experiencia individual ante la pregunta sin resolver. Cae el filósofo en la cuenta de que, en la primera hora, su gremio vivió un extraño boom de interés mediático. Una y otra vez los periodistas acudían a Seguró y sus colegas –recuerda ahora– con preguntas profundísimas al hilo de la gran crisis. “Ahora ya no llaman”, cuenta. En la segunda y tercera ola y las que vengan podría ser el momento de otro tipo de respuestas.

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