Martín Vigil, el cura escritor superventas de los sesenta, fue acusado de pederastia y encubierto por la Iglesia

Los jesuitas admiten que recibieron dos denuncias contra él en 1958 en Salamanca y le obligaron a abandonar la orden. Pero siguió siendo sacerdote durante una década en Oviedo, hasta que dejó la diócesis tras nuevas acusaciones

El sacerdote y escritor José Luis Martín Vigil, firmando un ejemplar de uno de sus libros a finales de los años sesenta / EFE
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Íñigo Domínguez, El País, 20 de marzo de 2023

El exsacerdote José Luis Martín Vigil, nacido en 1919, jesuita hasta 1958 y que luego siguió siendo cura, fue uno de los escritores más populares de los años sesenta y setenta por sus novelas de temática juvenil. Escribió medio centenar de libros y fue un autor superventas de su época. Abordó temas controvertidos, como el sexo o los curas comunistas, no ocultó su homosexualidad y era crítico con el régimen y la ortodoxia católica. Sin embargo, tenía una parte oscura que en 1976 desembocó en una denuncia por pederastia, que no prosperó, según se ha publicado en varios medios. En realidad, varios artículos publicados a raíz de su muerte, en 2011, señalaron que era un secreto a voces, pero el debate no fue más allá. Ahora, la Compañía de Jesús admite que tuvo dos denuncias de abuso de menores contra él entre 1957 y 1958, cuando estaba en Salamanca, y que a raíz de ello le obligaron a dejar la orden.

No fue expulsado porque se le invitó a irse, resumen fuentes de la congregación, y los jesuitas reconocen que no lo denunciaron a las autoridades. Tampoco saben aclarar, con la documentación disponible, si la orden informó luego de lo ocurrido a la diócesis de Oviedo, donde se trasladó el escritor, que en realidad siguió ejerciendo allí el sacerdocio durante casi una década más. También en la capital asturiana recibió dos denuncias, según el testimonio del exalcalde socialista Antonio Masip, que conoció el caso de cerca. Las acusaciones finalmente llevaron, asegura, a que el entonces obispo, Vicente Enrique y Tarancón, le echara de la diócesis a mediados de los sesenta.

La versión que se extendió de la ruptura de Martín Vigil con los jesuitas fue que se debió a sus posturas progresistas, pero siempre hubo rumores y la orden nunca lo aclaró. La Compañía afirma que no había encontrado este caso en la investigación interna que llevó a cabo a raíz de las investigaciones de EL PAÍS y que concluyó con un informe en 2021. Explica que lo descubrió el año pasado, gracias a la denuncia de una víctima, también referida a su paso por Salamanca. Eso les llevó a revisar sus archivos, indica la congregación, y a dar con la información de las dos denuncias precedentes. Los jesuitas lo han revelado a EL PAÍS, que investigaba el caso de Martín Vigil y ha contactado con este último denunciante.

“Cuando tenía unos 7 años, hasta los 9, más o menos, iba a jugar por las tardes, después del colegio, al edificio de al lado de la Clerecía, la residencia de los jesuitas, que hoy es la universidad pontificia. Había dos organizaciones juveniles, los kostkas, para los pequeños hasta los 16 años, y los luises, para los más mayores. Martín Vigil llevaba los luises, pero como estábamos en el mismo local, a veces aparecía y me llevaba a su despacho. Con la luz apagada, me sentaba en sus rodillas y me hacía tocamientos”, recuerda José Ignacio Sánchez, de 78 años, aún vecino de Salamanca. Asegura que sucedió en varias ocasiones.

Martín Vigil pasó dos años por el colegio Apóstol Santiago de la orden en Vigo, y luego estuvo en Salamanca entre 1955 y 1958. Cuando llegó a la ciudad ya era conocido por sus primeras novelas y se hizo muy famoso por sus misas en la Clerecía. Era una figura carismática y admirada. En sus memorias, Los días contados (1993), abundan las páginas sobre sus relaciones con adolescentes y sobre su etapa en Salamanca, como capellán de la congregación mariana de los luises, cuenta que entonces tenía a su cargo unos 500 jóvenes. Explica cómo allí, “en un contacto íntimo y vario con chicos”, se dio cuenta de que la juventud española estaba “desinformada y obsesionada” con el sexo.

José Ignacio Sánchez relata que nunca dijo a nadie lo que le había pasado, aunque a lo largo de su vida ha sufrido depresiones y trastornos. “Hasta los sesenta y tantos años no se lo he comentado a nadie, y al decírselo a mi mujer, me contestó: ‘Ahora me explico muchas cosas’. Después me enteré de que toda Salamanca conocía sus abusos, y que un día los jesuitas tomaron cartas en el asunto y una noche le pusieron en un taxi y tuvo que irse de la ciudad”.

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En realidad, tras abandonar los jesuitas, Martín Vigil siguió siendo sacerdote y volvió a Oviedo, su ciudad natal. Allí se incardinó como cura de la diócesis, donde estaba adscrito a la céntrica basílica de San Juan el Real, el templo donde se casó Franco. En la capital asturiana la Iglesia lo siguió encubriendo, según el testimonio de Antonio Masip, exalcalde socialista de Oviedo y eurodiputado hasta 2014. Unos meses antes del fallecimiento del escritor (ocurrido en febrero de 2011), Masip publicó un artículo en el diario asturiano La Nueva España sobre la pederastia en el clero: “En Asturias el caso más sonado y vergonzoso, del que yo haya oído, aunque, dada la época, no llegó a los medios, fue el del novelista José Luis Martín Vigil. (…) Asediaba a muchos jóvenes, algunos, de mi pandilla de Salinas (…). En el padre Emilio González Alfonso, de la Orden de Predicadores, y en Manuel Álvarez-Buylla, luego alcalde, tuvo Martín Vigil dos personalidades que, entre otros, le hicieron frente en Oviedo. Cuando el rumor se hizo clamor, por fin fue denunciado frontalmente a don Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Oviedo, que lo echó de Asturias en un intento de evitar la propagación del escándalo”.

Consultado al teléfono, Masip, de 76 años, abunda en los detalles: “Lo conocí mucho. Se instaló en casa de su hermana, en la calle Uría. Iba por la playa de Salinas con su Polaroid haciendo fotos a los niños. Fue denunciado hacia 1964 en el obispado por dos chicos de mi edad, que entonces tendrían unos 18 años, y se abrió un proceso canónico, fueron a declarar al obispado. No sé qué resultado tuvo, pero terminó de facto con su marcha a Bilbao, donde vivió un tiempo. Luego se fue a Madrid”. Masip cita el nombre de los dos chicos, ya fallecidos, pero prefiere que no se revele su identidad. Este diario ha tratado de recabar información de la diócesis de Oviedo para aclarar la situación de Martín Vigil en esos años y si constan denuncias contra él, pero no ha obtenido respuesta.

El exdirector de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, que en su juventud fue sacerdote, estaba entonces en el equipo de la diócesis de Oviedo, como secretario de información del obispado. Recuerda que Martín Vigil colaboró en la revista diocesana que él dirigía. Coincide en señalar que en la ciudad había rumores sobre él y, de hecho, recuerda que conocidos suyos “que veraneaban en Salinas habían dado instrucciones a sus hijos de que no se acercaran a él, tenían cuidado”. “Pero no recuerdo que se le abriera un proceso canónico y tampoco que estuviera incardinado en la diócesis, estaba allí refugiado en su familia”, explica, si bien fue en esos años cuando se secularizó y dejó el obispado.

En su autobiografía, Martín Vigil afirma que su “incardinación” en la diócesis asturiana duró hasta 1967, aunque sostiene que se fue por decisión propia y que Tarancón fue “exquisito” con él cuando se lo comunicó. No está claro si dejó de ser sacerdote, pero lo cierto es que el boletín oficial de la diócesis de Oviedo fue el que dio la primera noticia de su muerte, en julio de 2011. Tarancón, que en 1971 acabó siendo arzobispo de Madrid, cardenal y presidente de los obispos en la Transición, es sospechoso de haber encubierto a otro sacerdote muy famoso acusado de abusos, Cesáreo Gabarain, compositor de canciones de misa tan populares como Tú has venido a la orilla, según desveló EL PAÍS en 2021. Hasta ahora, y han pasado casi dos años, ni los maristas, que lo expulsaron tras recibir denuncias, ni la diócesis de Madrid, ni la de San Sebastián, de donde provenía, han querido aclarar quién le protegió.

Jose Luis Martín Vigil, en su casa de Madrid en 1987 / Luis Magán
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Martín Vigil tuvo aún cierta notoriedad en los años ochenta por algunos episodios, como su aparición en 1981 en un debate sobre sexo en TVE, con la vedette Susana Estrada, que causó escándalo. Hasta el punto de que el secretario del Consejo de Administración de Radiotelevisión Española, que entonces era José Ignacio Wert, luego ministro de Educación con Mariano Rajoy, encargó al CIS una encuesta para conocer la opinión de los españoles. En 1987 participó en la devolución de unos grabados de Picasso robados, que recuperó en secreto de confesión (ejerciendo de hecho como sacerdote) y entregó a la Policía. El ladrón, dijo, era un joven de 25 años que se había puesto en contacto con él, a través de la gente de su edad que frecuentaba.

Luego cayó en el olvido y, de hecho, solo trascendió su fallecimiento en 2012, un año después de su muerte. Entonces aparecieron varios artículos que, además de debatir sobre su valor literario, hablaron de su posible pederastia. El escritor y jesuita Pedro Miguel Lamet escribió en El Mundo el 10 de enero de 2012: La última vez que lo vi fue hace muchos años en el plató de un programa masivo de Telemadrid. Iba acompañado de un muchacho y me saludó con afecto (…). Luego supe que tenía una casa en el barrio Salamanca y me llegaron algunas noticias brumosas relacionadas con la policía y algunos de sus muchachos, aquella obsesión que le había provocado dejar sucesivamente a los jesuitas y después, el sacerdocio”. El texto prosigue: “Las amargas situaciones por las que discurrió la vida del exsacerdote, al que acabaron por prohibirle confesar, luego predicar ―llenaba la iglesia de Salamanca― y definitivamente le condujeron a secularizarse”. Y concluye: “¿Fue pederasta? Lo ignoro”.

También el escritor Luis Antonio de Villena, en el mismo diario, habló de sus recuerdos sobre él: “Un día, al filo de la muerte de Franco ―en 1975― entré en un bar gay de Madrid (eran pequeños y discretos, pero los había) y lo vi allí ―primera hora de la noche― hablando e invitando a chicos jóvenes que yo conocía”. Relató lo que le contaron: “Iban a su casa, les hacía algún regalo, pero sólo les pedía que se desnudaran y acariciarlos”. En el arranque de sus memorias, Martín Vigil contaba: “Me he pasado la vida rodeado de adolescentes, como habrá ocasión de ver, y todavía hoy, a mi edad, los tengo a tiro cada día”.

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