Ley de Memoria democrática y Concordato

noviembre 20, 2021

Roma 27 de agosto de 1953.Firma del Concordato entre España y la Santa Sede.De izquierda a derecha el ministro Martín Artajo,monseñor Tardini y el embajador Castiella.

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Víctor Moreno, Nueva Tribuna, 2021

En Navarra, la primera ley foral relacionada con la memoria histórica data de 2003. Establecía “la retirada y sustitución de símbolos franquistas”, sin especificar su alcance práctico. De hecho, el Monumento a los Caídos ni aparece citado.

Diez años después, en 2013, otra ley foral, aprobada el 14 de diciembre, establecía “el reconocimiento y reparación moral de las ciudadanas y ciudadanos navarros asesinados a raíz del golpe militar de 1936”, mencionándose nuevamente “la retirada de leyendas y símbolos franquistas, escudos e insignias” (artículo 11), pero el monumento carlo-franquista seguía sin aparecer. Como si tal mamotreto arquitectónico no fuese una clara exaltación y legitimación del golpismo.

La modificación de la ley foral de 2013 por la del 27 de junio de 2018 repitió lo ya dicho. En su punto 11.1 se refirió a “la retirada de escudos, insignias, placas, banderas y cualesquiera otros objetos o menciones conmemorativas o de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la Dictadura”. Ni caso. Todo siguió como si dicho monumento fuese ajeno a esa “exaltación colectiva” de la sublevación militar africanista. Hay que decir que, en ningún momento, las izquierdas -y por esta vez incluiremos en ellas a los dirigentes del PSOE- tomaron cartas en el asunto y aplicaron sin ningún escrúpulo la aplicación de dicha ley. Pocas veces se ha visto en esta tierra torear con tanta displicencia una ley, sometiéndose, incluso, a los pruritos de la Iglesia local. Con decir que en ese monumento se han venido celebrando misas ininterrumpidamente en honor de los sublevados contra el régimen republicano está dicho todo.

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Más ‘mártires’ de la Guerra civil

abril 28, 2021

A estas alturas resulta ridículo que la Iglesia proclame la inocencia de sus mártires, beatificándolos, y olvide a posta la beligerancia antidemocrática que ella, sus obispos y sacerdotes mostraron durante la República

Víctor Moreno, Nueva Tribuna, 28 de abril de 2021

“Los mártires están por encima de las trágicas circunstancias que los han llevado a la muerte. Con su beatificación se trata ante todo de glorificar a Dios por la fe que vence al mundo y que transciende las oscuridades de la historia y las culpas de los hombres” (“Conferencia Episcopal Española”, El País, 28.4.2007).

¡¡Más madera!!

Nuevamente, los periódicos se han hecho eco de la decisión papal -se supone que inspirada por el santo Pichón-, de reconocer urbi et orbi el “martirio por odio de la fe” del sacerdote Vicente Nicasio Renuncio Toribio y otros 11 compañeros, cinco de ellos también curas, y seis laicos, pertenecientes a la Congregación del Santísimo Redentor en Madrid y que fueron asesinados durante la Guerra Civil española (1936-1939). Motivo por el cual serán beatificados.

No es la primera vez que esto sucede. En noviembre de 2020, el papa reconoció el “martirio” por “odio de la Fe” del sacerdote Juan Medina y otros 126 entre laicos y religiosos de la provincia de Córdoba, asesinados durante la Guerra Civil española (1936-1939.

Al contrario de lo que sucedía con los beatos y santos clásicos, a los que se les exigía aportar un “milagro científico” para ser elevados a los altares del reconocimiento de la santidad, a esta doble hornada beatífica solo ha bastado con que “fueran asesinados por odio de la fe”, una expresión talismán convertida en razón más que suficiente a los ojos de la Iglesia católica, apostólica y romana, para convertirlos en testigos de la fe y, por tanto, mártires.

Si en algo es experta la Iglesia es en inventarse santos

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