Miedo y pederastia en los jesuitas de Vigo: “Durante las confesiones me abrazaba, como si fuéramos novios”

mayo 14, 2022

Ocho víctimas denuncian a ocho religiosos de la orden en Pontevedra, entre los que se encuentra su padre espiritual, por abusar de ellos durante 20 años mientras les obligaban a confesar sus pecados

Juan Julio Alfaya, víctima de abusos sexuales de pequeño por parte del jesuita Modesto Vázquez González, en Vigo / ÓSCAR CORRAL (EL PAÍS)

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PAOLA NAGOVITCH, LUCÍA FORASTER GARRIGA, El País, 14 de mayo de 2022

Hace más de medio siglo, en el Colegio Apóstol Santiago de Vigo, de la orden de los jesuitas, el padre Modesto Vázquez González era el responsable de guiar a los pequeños hacia la fe del Señor. Lo hacía a través de su cargo como padre espiritual, que ejerció entre 1954 y 1963. Pero en realidad, más que hacia la fe, que casi todas sus víctimas acabaron perdiendo, guiaba a los niños hacia sus brazos. Los encerraba en su despacho y, con la excusa de confesarlos, abusaba de ellos, según relatan varios exalumnos del centro. Juan Julio Alfaya es uno de ellos: “Durante las confesiones me abrazaba, me arrimaba la cara, como si fuéramos novios. Me decía que me quería mucho”, narra. El padre Vázquez González no es el único acusado. En total, ocho víctimas han relatado a EL PAÍS que sufrieron abusos sexuales en este colegio a manos de ocho jesuitas. El modus operandi, describen, era siempre el mismo: confesiones forzadas y “toqueteos”. Los chicos tenían entre seis y 14 años, y los testimonios se extienden desde la década de los cincuenta hasta la de los setenta.

Para Alfaya, de 78 años, lo peor de aquellas agresiones en el despacho de Vázquez González fue la confusión posterior. “Durante los primeros cursos que pasé allí se portó muy bien conmigo. Pero un día, en 1957, a mis 13 años, en su oficina, me pidió que me desabrochase el cinturón, me bajó la bragueta y me empezó a meter la mano por el culo. Yo me asusté, y me escapé, salí corriendo del cuarto. Llegué a clase totalmente confuso”. A Alfaya, todo aquello le conmocionó. “Era mi mejor amigo. Ese fue mi grave problema. No me llegó a violar, ni yo le di tiempo a que pasara a tocarme los genitales. Me escapé antes, pero el daño afectivo fue enorme. Era un niño falto de cariño, con una familia disfuncional, con problemas en los estudios. Y él se preocupaba por mí”, cuenta. “Tuve muchísimos problemas luego con mi sexualidad. Además, te crea, si eres creyente, problemas con tu relación con Dios. Si un sacerdote es el representante de Dios, ¿cómo me puede hacer esto?”, subraya.

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