Arabia Saudí en Jumilla · Santiago Alba Rico

agosto 15, 2025

Vox y el PP han elegido las únicas tradiciones e identidades que violan los derechos humanos. Son también, por desgracia, tradiciones e identidades muy “españolas”: las expulsiones, los autos de fe, la pureza de sangre, la Inquisición

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, y el de Vox, Santiago Abascal, en una imagen de archivo / Kiko Huesca/EFE
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Santiago Alba Rico, El Diario, 15 de agosto de 2025

La reciente moción del ayuntamiento de Jumilla, presentada por Vox y revisada y apoyada por el PP, no busca defender nuestras “tradiciones” y nuestra “identidad”; constituye en sí misma el ejercicio de una antigua e inquietante “tradición” española y de una de las más ancestrales y peligrosas “identidades” nacionales. No pretende preservar “nuestro país” de influencias extranjeras; es ya la manifestación en acto de uno de los países “auténticos” que este país lleva dentro, un país que creíamos haber dejado atrás para siempre y que vuelve ahora, fúnebre y seco, para meternos el miedo en el alma.

En 1566, una cédula real –o “pragmática”– prohibió las expresiones culturales de los moriscos españoles. Ya en 1499, incumpliendo el compromiso de las Capitulaciones de Granada, Cisneros había impuesto la conversión forzosa de los musulmanes del reino nazarí y quemado sus bibliotecas. Luego, durante décadas, la Corona y la Inquisición presionaron sin cesar a los cristianos nuevos, identificando sus prácticas culturales con la traición religiosa y la felonía anticastiza. La cédula de 1566 fue el colofón de una política mutiladora orientada a defender la “tradición” y la “identidad” católicas, horma de la Castilla imperial que aspiraba a construir una España pura y sin arrugas.

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Yahvé en Gaza. Por Santiago Alba Rico

noviembre 12, 2023

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Netanyahu se reúne con soldados durante una visita a la Brigada Comando de las FDI al norte de Israel / Foto Amos Ben-Gershom /GPO/dpa
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Santiago Alba Rico, Público, 12 de noviembre de 2023

Decía Hannah Arendt que, a diferencia del poder, que se legitima a sí mismo, la violencia necesita justificación. Es verdad, salvo que la violencia sea tan grande, tan abiertamente destructiva, tan fuera de toda escala humana, que coincida con el máximo poder imaginable: el de Dios mismo. La violencia de Dios es, en efecto, la única que, como el poder, no necesita justificarse. Hemos visto cómo este elemento teológico opera en el discurso de Netanyahu, cuyas citas bíblicas invocan al Yahvé justo y colérico que llamó, por ejemplo, al exterminio de Amalec y sus descendientes: “Borraré la memoria de Amalec de debajo del cielo” (Éxodo 17:14), “borrarás la memoria misma de Amalec de debajo del cielo” (Deuteronomio 25:17), “ahora ve y hiere a Amalec, y destruye a hombres como a mujer, a niño como a lactante, a buey y oveja, camello y asno” (Samuel 15:1).

Como sabemos, el movimiento sionista, fundado en 1897 por el húngaro Theodor Herzl, nació en círculos europeos laicos y utilizó “la promesa de Yahvé”, tras barajar otras ubicaciones para el futuro Estado de Israel, en razón de su mayor poder movilizador. Ahora bien, el Gobierno de Netanyahu está compuesto de integristas religiosos que, al esencialismo sionista, añaden un fanático fervor bíblico, inseparable de su supremacismo belicoso. Cuando se compara Hamás con el Estado Islámico se olvida que sería mucho menos abusivo sostener que es el yihadismo judío el que gobierna hoy en Tel Aviv.

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