Dios en la RAE

abril 14, 2020

Reglamento RAE / Artículo 24
Apertura de la sesión:  De acuerdo con la tradición de la Academia, las sesiones del Pleno de cualquier clase, salvo las de carácter público, comenzarán con la antífona y oración siguientes, que dirigirá el académico que presida…

Óscar Esquivías, ArchiLetras, 14 de abril de 2020

Quizá porque el Dios cristiano tiene algo de filólogo de altos vuelos (no hay más que leer el comienzo del evangelio de san Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios»), las sesiones plenarias de la Real Academia comienzan, todavía hoy, con una antífona en la que se invoca al Espíritu Santo (Veni Sancte Spiritus) y siguen con el rezo de la oración Actiones nostras, entonadas por el académico que preside la reunión. De los últimos directores que ha tenido la Docta Casa, parece que quien pronunciaba el latín con mayor refinamiento y fluidez era Víctor García de la Concha. A mí, personalmente, esta costumbre de rezar en una institución laica me parece anacrónica, aunque simpatizo con el deseo de mantener vivo el latín. Aparte, he comprobado que esta oración tiene como defensores a académicos descreídos en lo religioso, pero amantes de esta rareza devocional que perdura desde hace más de tres siglos. Esto, si bien se mira, no tiene nada de extraño: además de una oración, es un poema de versos muy hermosos.

Hay varias conexiones entre lo sagrado y la Real Academia. Para empezar, el diccionario es una obra ontológica, en cierto modo otorgadora de existencia, ya que para mucha gente una palabra «no existe» si no figura en sus páginas, aunque esté en los labios de todos los hablantes. También hay quien utiliza el diccionario a modo de oráculo, abriéndolo al azar y leyendo lo primero que cae bajo sus ojos. Un personaje de la novela Las guerras civiles de José María Parreño prefería para este tipo de consultas el María Moliner, y es que con los diccionarios, como con los evangelios, cada uno tiene su favorito. Si yo creyera en la bibliomancia, emplearía siempre el Tesoro de Sebastián de Covarrubias, que es la más amena y sabia de las obras lexicográficas. Los canónigos de la catedral de Cuenca deben de tenerlo también en muy alta estima, puesto que, como si se tratara de la Biblia, han colocado un volumen sobre el altar de la capilla funeraria donde yace su autor. Lee el resto de esta entrada »