Libertad (y la risa de la derecha)

Enrique del Teso sobre la libertad, las censuras y los pactos

Obra de Joaquín Torres-García.

Obra de Joaquín Torres-García

Enrique del Teso, La Voz de Asturias, 17 de agosto de 2019

Libertad es la palabra de estos días, por las censuras a grupos musicales y por el pacto de las derechas en Madrid. El anhelo de libertad de las derechas madrileñas es tal que la sola reiteración de esa palabra las hermanó y confundió en un solo ser. Vox y PP dijeron a C’s que querían libertad. ¿Qué se puede decir ante eso? ¿Cómo podría Aguado no cargar con una Vicepresidencia para la libertad? Ayuso se fajaba defendiendo a Abascal, Aguado nadaba en la moderación en la extrema derecha y Monasterio lucía el candor del encuentro después del malentendido. Debemos ya de dejar de hablar de las derechas en plural: es una derecha única, y las diferencias que se quiera ver entre ellas son puro trile. C’s siempre fue solo una marca de repuesto del PP. Y la relación del PP con Vox no es como la del PSOE con Podemos o IU. Vox es mucho de lo que el PP no quiere parecer y en realidad es. Podemos e IU son mucho de lo que el PSOE quiere parecer y en realidad no es. Por eso el deslizamiento del PP hacia Vox es fluido y el del PSOE hacia la izquierda es remolón y áspero. Pablo Iglesias debería considerar rechazar las ofertas vaporosas del PSOE, darle la investidura gratis como mal menor y, libre de compromisos, anunciar iniciativas legislativas que obliguen al PSOE a ser lo que quiere parecer o a dejar de parecer lo que no es.

La actual derecha tiene un colorante extremista. El neoliberalismo no quiere ser percibido como una ideología. Quiere ser invisible, ambiente, sentido común, la tendencia de los tiempos, que no se sepa dónde empieza y dónde acaba y se mueva en las entrañas del PSOE, del PP o de los ranking educativos como una corriente de aire que revolotea de un sitio a otro al azar. La ultraderecha sí quiere ser ideología en combate. En este momento la derecha no es como la banca, que quiere aparentar análisis técnicos sin ideología y aquello de que no hay políticas económicas de derechas o de izquierdas, sino bien hechas y mal hechas. La derecha ahora exhibe ideología, busca confrontación y, cuando gana, ríe mostrándonos el origen de la risa. Eibl-Eibesfeldt explica que el gesto de la risa es un fósil de la primitiva conducta del mordisco y el rugido en combate. Por eso la risa se sigue haciendo en grupo y sigue teniendo un potencial agresivo. La derecha cuando gana ríe porque está en combate. Eso es algo más que neoliberalismo. Es una actitud que lleva dentro el hierro ultra.

Pero deforma también la imagen de la geografía de la intolerancia. Es verdad que en la izquierda siempre hubo un ramalazo de santurronería propensa a prohibir y obligar. Y no se trata de la corrección política ni ese invento de la izquierda fucsia opuesta a la izquierda roja. Los rojos obreristas de raza siempre fueron dados a decir que había que prohibir los culebrones, Sálvame o Los Serrano; o a decir que tenía que ser obligatoria tal o cual cosa. Pero aunque esto sea cierto, el problema de la intolerancia y la apetencia doctrinaria en España está en la derecha. La ofensa religiosa no se considera de mal gusto o de falta de respeto, se considera delito. Los llamados Abogados Cristianos anda por ahí buscando camorra con los ateos y Vox anda buscando listas de indeseables. La censura de Tangana es una excepción que ayuda a normalizar la intransigencia de signo contrario. Cuando Kichi condecoró a no sé qué Virgen por razones muy laicas, no comprendió cuánto ayudó a normalizar la memez medieval de instituciones públicas haciendo nombramientos a vírgenes y santos y a la intransigencia religiosa que comportaban tales actos simbólicos. Las lumbreras bilbaínas quizá anden sacando pecho en los chigres por lo mucho que habían hecho para que no se denigre a la mujer, pero lo que hicieron fue que se haga normal que cada uno censure al otro y que acabe pareciendo que la censura es cosa «de unos y otros». No olvidemos que el mensaje central de la intoxicación propagandística de Bannon es que ya no hay sitio para el entendimiento. Solo hay extremos y hay que elegir cuál queremos, si el de Corea o el de Bolsonaro.

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