Ceremonias político religiosas y propaganda franquista

Las celebraciones no solo estaban destinadas a producir una interpretación alterada del pasado sino a establecer para el futuro una memoria colectiva única sobre la propia historia de la comunidad nacional

Francisco Franco, Burgos, 1938 / AP
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Lucio Martínez Pereda, Nueva Revolución, 8 de septiembre de 2024

Desde el comienzo del Alzamiento el discurso religioso funcionó como recurso propagandístico para movilizar a la población y sumarla al empeño colectivo de la victoria. En la retaguardia las pautas de conducta frente al hecho bélico fueron establecidas mediante un conjunto de ceremonias político-religiosas de adhesión a la causa franquista. Los actos de desagravio y reposición de crucifijos , las celebraciones de Vírgenes y Cristos, los funerales de mártires y héroes, las reposiciones de Sagrados Corazones, y las “manifestaciones patrióticas” por las tomas de ciudades extendieron un patriotismo religioso de marcados componentes belicistas.

Estos actos sirvieron para construir un modelo de propagada en el ámbito del espacio público, modelo que, inicialmente ensayado en las localidades de la retaguardia, a medida que se fue desarrollando la guerra fue implantando en toda la España Nacional. El conflicto bélico le permitió a Franco comprobar la capacidad movilizadora de los actos político-religiosos. El gobierno franquista, fortalecido por la eficacia de la dictadura militar, pudo poner en práctica una eficaz política propagandística de masas en la retaguardia. Esa política obedeció a los principios doctrinales del nacionalcatolicismo pero también fue fruto del empirismo desideologizado de un gobierno militar que supo ver el potencial movilizador y creador de consenso social de este conjunto ceremonial.

Propaganda ideológica e historia

Las ceremonias religiosas celebradas durante la guerra son una enorme inversión en la extensión social de los fundamentos doctrinales del nuevo régimen. La triada patria, religión y ejército quedaban indisociablemente unidas en el imaginario popular mediante estos espectáculos . La plena identificación entre discurso religioso y discurso patriótico también contribuían a reforzar los lazos comunitarios. No sólo resultaba necesario construir la identidad ideológica del régimen, sino extenderla a toda la población. Había que crear un ambiente social de Cruzada y convencer a la población que la guerra era necesaria porque era justa y era justa porque a través de las armas se estaba defendiendo la Religión y la Patria que habían sido puestas en peligro durante el gobierno republicano. El fervor religioso contribuyó a potenciar el ánimo patriótico y éste a su vez ayudó a incrementar el primero, produciéndose una intensificación emocional mutua, sin la cual resultaba imposible imponer en la retaguardia una moral de victoria, moral en la que no cabían restricciones ni desacuerdos. El discurso religioso queda así convertido en un recurso propagandístico para sumar la población al empeño colectivo de la victoria .

Esta identificación entre Iglesia y Estado, componente fundamental del nacional- catolicismo, inició su andadura durante la Guerra Civil con este abundante y variado conjunto de ceremonias. La Guerra sirvió para reactivar el catolicismo, para sacarlo de la situación de atonía institucional en el que lo había puesto la segunda república. Las celebraciones político-religiosas contribuyeron a que la iglesia recuperase el espacio de influencia perdido. Como señala G. Di Febo “La compenetración de poderes entre Estado e Iglesia, constituye una peculiaridad del régimen franquista, transciende la dimensión puramente política, afecta a toda la organización de la sociedad” y tiene su expresión en el ámbito de las celebraciones político-religiosas que con motivo de la Guerra empezaron a hacerse en las provincias de la retaguardia. Mediante estos ritos la conjunción del poder religioso y político adquiría una presencia que eliminaba su carácter abstracto y la incardinaba en el espacio concreto del día a día, facilitando así su comprensión . Esta intencionalidad populista de todo el conjunto ceremonial es reconocida por los propios jerarcas de la dictadura. José Pemartín, uno de los ideólogos del régimen, recoge en ¿Qué es lo Nuevo? – texto destinado a configurar los elementos definitorios del Nuevo Estado franquista: “El pueblo cree lo que ve como previo paso para creer lo que no ve; y si ve a las autoridades rindiendo culto a Dios, si ve a las fuerzas armadas presentando armas al santísimo sacramento, si ve el esplendor del culto católico Español, avalorado por la intervención pública y aparatosa de la autoridad civil y militar, cree efectivamente que aquello a lo que se rinde culto es la verdad”.

La narrativa apologética que el poder franquista hizo de las causas del conflicto, centró su esfuerzo en presentar la guerra como una nueva cruzada contra los enemigos de la Patria y la Religión. Una parte importante de los militares alzados contra la República compartían la mitología del nacionalismo conservador decimonónico que veía en el concepto de Cruzada un elan de gran potencialidad movilizadora. La conversión de la Guerra Civil en una guerra Santa proporcionó un gran potencial dinamizador a los rebeldes y dotó de impulso transdencentalista al empeño bélico de la retaguardia. Para los militares rebeldes conservadores y la mayor parte de la iglesia del momento, la identidad histórica de España estaba ligada a la religión católica.

Durante la etapa de gobierno republicano se rompió esa identificación y la Iglesia pretendía recuperar la ligazón histórica perdida. La identificación pública entre iglesia y Estado -componente doctrinal fundamental del nacional catolicismo- reinició su camino durante la guerra civil y adquirió visibilidad en este variado conjunto de ceremonias. Las celebraciones político religiosas contribuyeron a que la iglesia recuperase ese espacio de influencia social perdido durante la etapa anterior. La iglesia, de la mano del Alzamiento y mediante estas ceremonias volvía al espacio publico. Pero el nuevo estado dictatorial también salió beneficiado: las ceremonias político religiosas tenían entre sus objetivos crear un tipo de movilización que anulase la cultura de participación política democrática del régimen republicano.

Fuente Youtube, Canal «La España del generalísimo Franco»

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Con las ceremonias se buscaba crear una memoria colectiva de la guerra civil. Las constantes menciones a hechos históricos y gloriosos de la “España Imperial”, la lucha contra el Infiel, la Reconquista, la colonización de América, las luchas contra los protestantes europeos y la guerra de independiza contra el invasor francés, son presentados por la propaganda como los hitos fundamentales que no solamente forjaron el espíritu marcial católico definitorio de la nación española sino que servían como paralelismos históricos para justificar el golpe de estado y la ayuda propagandística proporcionada por la iglesia. Las celebraciones no solo estaban destinadas a producir una interpretación alterada del pasado sino a establecer para el futuro una memoria colectiva única sobre la propia historia de la comunidad nacional, agotando así la posibilidad de que se desarrollasen otras vías memorialísticas alternativas susceptibles de integrar acervos discrepantes de la ideología nacional católica . Se estableció así una pauta de impositiva unidad para que los españoles del futuro tuviesen una única vía de acceso para configurar el conocimiento de los hechos del pasado.

El dinero patriótico

Las conmemoraciones político-religiosas también se convirtieron en un artefacto de creación de adhesiones. La imagen pública creada por las ceremonias era un inmejorable elemento de propaganda en una retaguardia que tenía entre sus objetivos proporcionar todo el esfuerzo, en hombres y en dinero, para que la guerra terminase en victoria. Las ceremonias tuvieron una indudable repercusión en la activación del esfuerzo económico para la provisión de víveres con destino a los frentes de batalla y en la captación de dinero y oro para sufragar el esfuerzo bélico. Los actos sirvieron para amparar propagandística todo un complejo armazón de recogida de fondos públicos.

Las llamadas“ suscripciones patrióticas” fueron suscripciones de dinero, recogida de alhajas, víveres y oro para la Junta de Defensa Nacional. Estas “aportaciones» formaban parte de lo que algunos autores han llamado «hacienda de guerra franquista». Cubrían las necesidades recaudatorias que iban surgiendo a medida que la guerra se desarrollaba: Aguinaldo del Combatiente, “Suscripción a favor del Ejercito Salvador de España”, “Suscripción para vestuario del ejército”, “Suscripción pro aviones y armamento”, “Subsidio Pro Combatientes,” “Auxilio a Poblaciones Liberadas” y recogidas de fondos para cubrir la financiación de la organización de beneficencia falangista Auxilio Social. Fueron realizadas en un contexto de “guerra total” y estimuladas por un relato propagandístico que alentaba la vinculación emocional de la retaguardia con el frente, y la sociedad civil con las fuerzas militares. En este hecho insistía frecuentemente la propaganda que no ahorra explicaciones para presentar la guerra como fenómeno cuyo éxito precisaba la unión de los dos brazos de la nación: el civil y el militar.

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La amputación social del disidente y el oponente político realizada por la represión violenta precisaba complementarse con medios de movilización de masas aplicadas a la otra parte de la población, a la que no era necesario eliminar, sino dinamizar e incorporar al Estado Nuevo. La represión no llegaba, era preciso complementarla con otras medidas ; las ceremonias político-religiosas cumplieron un papel de primer orden en este sentido. Todo el ruidoso y aparatoso dispositivo celebratorio sirvió para poner en sordina y ocultar el intenso drama represivo de los asesinatos cometidos en la retaguardia en el verano de 1936. Las celebraciones del día ocultaban los asesinatos nocturnos. Los desfiles, tambores y trompetas, las solemnes festividades religiosas acallaban y privatizaban el sufrimiento de las familias de los ejecutados.

Legitimidad y consenso

Las ceremonias son un eficaz mecanismo de acción social para que la población reciba un discurso ya elaborado, un precipitado de slogans y consignas sobre los que no cabía ninguna posibilidad de discrepancia. Las manifestaciones patrióticas y las ceremonias político religiosas fueron el único mecanismo de movilización social aceptado por el franquismo. La dimensión de la participación en las movilizaciones tenía que adquirir una presencia contundente y plebiscitaria para así rubricar con rotundidad la legitimación política de la que carecían los militares sublevados contra el legal régimen republicano. Pemán es quien caracteriza las movilizaciones como mecanismo sustitutivo de la legalidad democrática: “ni en los pueblos que eligen sus presidentes por sufragios directos y plebiscitarios se ha logrado jamás por el mero mecanismo de la elección, rodear al poder de una aureola representativa, que lo haga cosa del pueblo y sirva de estimulo de amor, respeto y contención de rebeldías. Cuando ha logrado esto algún supremo magistrado- como Hitler o Mussolini- lo ha logrado al margen de la elección, por un vibrante y tumultuario estado de opinión publica, diluido en el ambiente y que ha encontrado múltiples órganos de expresión: la prensa y la tribuna, el grito, la manifestación y el desfile”.

La asistencia masiva a estos actos es expresión de que la pertenencia a la nueva comunidad ciudadana franquista se entiende construida sobre la sociabilidad de la participación en estas ceremonias. Las ceremonias fueron un inclusor social que sirve para discriminar entre población afecta y desafecta. En este sentido resulta difícil discriminar entre las motivaciones de la participación. La diferenciación entre consenso voluntario- manifestado en forma de adhesión- y consenso forzado, expresado de manera dirigida y obligada, es una tarea difícil y compleja. El término “consenso social” produce discrepancias entre los especialistas: algunos historiadores no aceptan su oportunidad aplicada al régimen franquista , prefieren su uso en contextos donde la libre opción a la hora de movilizarse es una respuesta no condicionada por mecanismos de presión social.

Un sistema político como el que se estaba imponiendo en la retaguardia, basado en el uso sistemático de la violencia como forma de coerción social, dificulta la delimitación que separa los campos en los que la movilización está motivada por la adhesión o por la presión psicosocial ejercida por el espectáculo de la comunidad masivamente volcada en el seguimiento de los rituales de participación. Lo cierto es que entre la presión de arrastre psicológico que ejercían los actos masivos y los mecanismos de coerción empleados para condicionar la asistencia se dejaba un margen prácticamente inexistente para la disensión pasiva. El seguimiento de una mínima pauta de prudencia evitaba “ significarse”- término usado en la conversación social del momento para referirse a la desafección o disidencia – ya que al hacerlo el individuo estaba desligándose de las pautas de participación establecidas como elemento de presión social con el que activar la participación de los indiferentes. Los expedientes de depuración están llenos de sanciones basadas en desafecciones mostradas en estos actos: no colocar la bandera nacional en un balcón, no levantar el brazo en alto o no gritar Viva Franco, fueron muestras de disidencia que servían- según se decía en los textos propagandísticos del momento- para “ desenmascarar al enemigo de la patria” e imponerle castigos.

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