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A Acuña, como mujer de letras y como periodista comprometida le preocupaba intensamente la cuestión femenina y la posición de la mujer española en el contexto político y social y no dudó en expresar que la preocupación por su sexo era una de sus prioridades porque de ella dependía el bien común:
¿Quién duda que hay egoísmo en mí, que soy mujer, al querer la justificación y el engrandecimiento de la mujer? Pero este egoísmo […] que me hace privilegiar a la mujer en mis pensamientos, palabras y acciones, busca su finalidad, su terminación en el bien humano, en el bien de la especie. (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 508)
En el debate sobre el librepensamiento a Acuña le interesaba resaltar la posición de la mujer como líder y cabeza visible que ejercería un “matriarcado positivo, activo, consciente” (Acuña, 2007-2008, vol. 4, p. 890) al frente del hogar y la familia, posición que le otorgaba una responsabilidad sustancial “como reformadora de generaciones” (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 891). Si la mujer era agente y parte interesada en cualquier proyecto de reforma social no se la podía dejar de lado y su voz debía ser tenida en cuenta. Sus artículos en Las Dominicales y otras numerosas colaboraciones insistieron en la necesidad de no dejar olvidadas a sus congéneres al tiempo que sus escritos prodigan imágenes de una feminidad activa y heroica identificada con nociones de poder, actividad, dinamismo y fortaleza como la mujer agrícola y la nueva Minerva (Díaz Marcos, 2012, p 306). Esta misma voluntad se aplica a la cuestión de la libre conciencia en los artículos publicados en Las Dominicales:
¡Defender la libertad de pensamiento sin contar con la mujer!, ¡regenerar la sociedad y afirmar las conquistas de los siglos sin contar con la mujer! ¡Imposible! (…) ¿No hay mujeres en mi patria? ¿No hay mujeres que piensen lo que pienso y que sienten lo que siento? ¿No hay una pléyade femenina que trabaja heroicamente para el bien de sus hermanas, para la redención de las víctimas? (Acuña, 2007-2008, vol. 4, pp. 152-153)
Esta cita ilustra la convicción de la autora de que la opinión de las mujeres era crucial y por eso muchas de sus conferencias y sus artículos en la prensa están dirigidos a las lectoras contribuyendo a crear una comunidad femenina letrada implicada en los problemas nacionales e interesada en la regeneración y el progreso de la patria. Esta necesidad de dirigirse a las librepensadoras o de fomentar esta ideología entre las mujeres a través de la prensa era crucial y Fernando Lozano Montes había dedicado “A las mujeres” un artículo publicado ya en el segundo número con un poderoso llamamiento al sexo:
Leed, mujeres. No tengáis miedo a la verdad, no tengáis miedo a la razón; pensad en que es evidente que Dios os ha dado el pensamiento, y Dios, que es el bien, no puede dar el mal. No opongáis la palabra del sacerdote, que ha podido por error o interés engañarse, a la palabra de Dios, que no engaña. (Lozano Montes, 1883, p. 2)
La Constitución de 1869 había promulgado la libertad de cultos pero la supremacía del catolicismo era patente y España siguió siendo un estado confesional hasta la Segunda República. Acuña denunciaba precisamente que a los heterodoxos como ella misma se les trataba “como parias a quienes no se les debe ni el pan ni el agua” (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 879). El problema, según la autora, tenía que ver con el hecho de que se seguía dando supremacía a una religión sobre las otras y no había una verdadera separación entre la iglesia y el estado (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 878) y esto la llevó a hacer acusaciones formales reconociendo en el periódico El Gladiador del Librepensamiento que “la cuestión palpitante[2] en España, la piedra angular que sostiene la ignorancia, incultura, crueldad, odio, disgregación, miseria, estancamiento y decadencia es la cuestión religiosa” (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 879). Según esto, el peso del catolicismo se sentía como una fuerza retrógrada que obstaculizaba el progreso y, por esa misma razón, el papel de las mujeres era esencial en tanto que se consideraba que ellas estaban encargadas de conservar “en el hogar el fuego sagrado de los sentimientos religiosos” (Arenal, 1974, p. 145). En este sentido a lo largo del siglo XIX se había producido un proceso de feminización de la religión causado por un “alejamiento progresivo de los hombres con respecto a la iglesia” (Aresti Esteban, 2000, p. 387). Este “enfriamiento” de los valores religiosos entre los varones ilustra la crisis religiosa que caracterizó el siglo decimonono español y europeo (Valis, 2010, p. 1), situación que llevó a una politización de la religión que resulta patente en los debates que tienen lugar en el cambio de siglo y que llegan hasta el estallido de la guerra civil (Valis, 2010, p. 14). Esta controversia que aúna religión y política se relaciona con una polaridad que vinculaba el laicismo con ideales progresistas y científicos mientras que el catolicismo y la religiosidad apuntaban hacia una ideología y cosmovisión más conservadoras basadas en los dogmas.
Estas cuestiones permiten unir dos de los postulados sobre los que gira toda la escritura de Acuña: la idea de que la emancipación de la mujer constituía “la médula” del siglo (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 510) junto con la conciencia de que la otra “cuestión palpitante” del momento era la religiosa. Acuña identificaba a Dios con ideales de Razón, Belleza y Verdad y rechazó tajantemente en una serie de artículos titulada “¡Ateos!” el cargo que se hacía con frecuencia a los librepensadores acusándolos de ser materialistas, ateos y escépticos y no tuvo reparos en subrayar la profunda incompatibilidad entre sus creencias y aquello que la fe católica establecía: “su Dios no satisface ni a mi razón, ni a mis sentimientos, ni a mis costumbres, ni a mis esperanzas” (Acuña, 2007-2008, vol. 2, p. 1564). En muchos de sus artículos aparece un vehemente llamamiento a las mujeres para que tomen partido y se comprometan con esa cuestión palpitante. La insistencia en el matiz de género sexual tenía una explicación obvia: si la mujer era el sexo espiritual, la transmisora de la fe y religión a los hijos, quien enseñaba a rezar y asistía más a la iglesia, buscando el confesionario como espacio de intimidad y consuelo, entonces esa ciudadana corría el peligro de convertirse en un lastre para el progreso, una víctima del clero y una fuerza reaccionaria, como la escritora denunció sin ambages: “Entonces, las mujeres no serían las agarrotadoras de la patria, como lo son ahora; pues no hay duda que las mujeres –salvo contadas excepciones y contadísimas agrupaciones– sostienen este estado medieval en que agoniza España” (Acuña, 2007-2008, vol. 3, p. 881). Para evitar que la mujer se enquistara en ese doloroso destino era preciso educarla, emanciparla y lograr transformar a la mujer religiosa-dogmática en mujer religiosa-racionalista, un proceso que reposaba todavía sobre la idea de su supremacía espiritual sobre el hombre. Lejos ya de ver al sexo como encarnación del pecado y la tentación en el siglo XIX se enfatizó con frecuencia la superioridad moral de la mujer, lo que otorgaba al sexo un peso enorme en el debate religioso-político que se estaba llevando a cabo en la sociedad española. El propio Fernando de Castro, en sus “Conferencias sobre la educación de la mujer” impartidas en 1869 en la Universidad de Madrid, se expresaba ya en esa dirección:
No existe ningún derecho, divino ni humano, que os obligue a imponer nada al hombre, aunque sea en materia de religión, pues de ello habrían de seguirse luchas, desasosiego, desabrimiento y ruptura de la paz en las familias (…) Sois llamadas a unir no dividáis. (Castro, 1869, pp. 16-17)
Acuña era consciente de la imposibilidad de que el proyecto librepensador y laico pudiera enraizar en la sociedad española si no tenía el apoyo de las mujeres a quienes la iglesia trataba de captar como aliadas[3] –en tanto que depositarias por excelencia de la moral y los principios católicos– para la tarea de recristianización que buscaba neutralizar el impulso secularizador (Blasco Herranz, 2005, p. 135). Acuña veía la “regeneración” como un proceso radicalmente opuesto al que trataba de implementar la jerarquía católica y estas ideas quedaron plasmadas en numerosos textos que adoptan una postura crítica con la religión católica y critican el materialismo de la iglesia descrita como una hipócrita “fábrica” de fieles (Acuña, 2007-2008, vol. 2, p. 901) que se empeña en cegar al hombre, le prohíbe pensar y sentir y le niega su propia carne para considerarlo un puñado de polvo (Acuña, 2007-2008, vol. 2, pp. 902-903). Acuña consideraba que el catolicismo era una institución vigilante (Foucault, 1995, p. 239) que ejerce un control férreo mediante recursos inquisitoriales que reprimen al individuo y limitan su libertad. La autora criticó que la iglesia utilizara el confesionario para vender la tranquilidad de conciencia a cambio de oraciones (Acuña, 2007-2008, vol. 2, p. 898) y concebía este como un espacio de poder absoluto, un “antro de sombra” (Acuña, 2007-2008, vol. 4, p. 147), el baluarte desde el cual una casta opresora manipulaba a la mujer perpetuando su ignorancia e inculcándole valores asociados a la beatería y la superstición. Según esto, el confesionario irradiaba ignorancia, miedo y valores reaccionarios con el fin de que la mujer inculcara esos principios al resto de la familia y contagiara pasividad en las esferas que no atañeran a la religión, que era el único “fervor” permisible. Concepción Arenal ya se había hecho eco de esta cuestión en su obra La mujer de su casa, donde calificaba el hogar donde reinaba la abnegada mujer de su casa como un espacio dominado por el egoísmo en el que el criterio de la mujer tendía a debilitar los lazos y las obligaciones que debían establecerse entre esa familia, la comunidad y la sociedad en general:
La mujer de su casa, que vive solo en ella y para ella, no entiende ni le interesa nada de lo que pasa fuera, y juzga imprudencia, absurdo, quijotismo, disparate, tontería, según los casos, el trabajo, los desvelos y los sacrificios que por la obra social están dispuestos a hacer el padre, el esposo o el hijo […] ¿A qué fastidiarse y matarse por cosas que no son obligatorias ni producen honra ni provecho? (Arenal, 1974, p. 207)

















