Coronavirus/ El velo y las mascarillas

Ilya U. Topper, Msur, 18 de mayo de 2020

El cacao que tienen algunos en la cabeza equivale a media cosecha anual de Costa de Marfil. Estoy hablando de James McAuley, doctorado en Harvard y Oxford y corresponsal en París del diario Washington Post. Dice:  “Muchos musulmanes, defensores de la libertad religiosa y académicos ven cierta ironía en que una sociedad que ha elevado a gran virtud no taparse la cara de repente exige a la gente taparse la cara”. Hablamos de Francia, la prohibición de llevar niqab —el velo salafista, también conocido popularmente como burka, que tapa a la mujer entera, salvo los ojos— y, por supuesto, la nueva norma de llevar mascarilla. Sí, han leído bien.

“Si eres musulmana y escondes tu cara por motivos religiosos, pueden multarte y mandarte a un cursillo de educación cívica donde te enseñarán qué es ser ‘una buena ciudadana’. Pero si eres no musulmana durante la pandemia, entonces te invitan u obligan, como ‘buena ciudadana’, a adoptar ‘gestos de barrera’ para proteger la comunidad nacional”. Esta vez es una cita, publicada en el mismo diario, de Fatima Khemilat, politóloga en Aix-en-Provence. Han leído bien.

El burka y las mascarillas, ¿qué diferencia hay? Si Francia puede obligar a los franceses a taparse boca y nariz en la calle ¿por qué no va a poder el islam obligar a las musulmanas a taparse boca y nariz?  Igualdad para todos.

El cacao no es culpa del corresponsal. Lo deja claro la frase con la que arranca el artículo: “Francia, origen de la prohibición del burka, ha hecho más que ninguna otra nación de Occidente durante la década pasada para resistirse al hecho de cubrirse la cara en público”. Efectivamente. Cuando se debatió la ley, en 2010, se hicieron esfuerzos para evitar lo esencial. Se habló de cascos de motorista, de pasamontañas, de máscaras de carnaval, de seguridad, de crimen y hasta de filosofía. La ley no menciona el niqab: prohíbe taparse la cara. ¿Islam? ¿alguien ha dicho islam?

Al formular la ley, el Gobierno francés corrió un tupido velo sobre el aspecto religioso. Era una especie de mascarilla jurídica, pero resulta que ha protegido menos que un clínex en época de coronavirus. Tiempo faltó a una demandante anónima —que aseguraba poner y quitarse el niqab a placer, pero mentir no es delito— para llevar a Francia al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, y por supuesto lo que se juzgó era su libertad de expresión religiosa.

Una resolución del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas en 2018 lo resumió así: “Por mucho que la Ley sea, supuestamente, aplicable a toda persona que se oculte el rostro en un lugar público, sin distinción, no puede negarse que, en la práctica, constituye una discriminación indirecta contra las mujeres que usan el velo integral.” Esto es, contra las musulmanas. O, como formuló la resolución, contra “la costumbre de una fracción de la religión musulmana”. Pero como esa fracción declara la costumbre parte de la religión, inmediatamente se convierte en bien jurídico digno de protección. La religión os hará libres.

La religión os hará libres del Estado: entre las leyes de Dios y las humanas, gana Dios. Prohibir a una mujer que se tape el rostro, siempre que se declare musulmana, es “una discriminación cruzada por religión y sexo”. Inventarse una norma divina que obliga a las mujeres —solo a las mujeres— nacidas musulmanas a taparse el rostro no es una discriminación por religión y sexo. Eso es fe.

Si antes la fe en Dios protegía a las naciones, ahora las naciones están obligadas a proteger la fe en Dios. Y como ya somos democráticos, la fe lo puede elegir cada uno. Si tiene dinero, también se lo puede hacer elegir a los demás (una de cada cuatro niqabistas en Francia es conversa). Para algo se inventó la economía de libre mercado.

Lo que hizo el Gobierno francés en 2010 era intentar tapar con una mascarilla sanitaria una cañería rota, sin antes cerrar el grifo principal. Han pasado diez años y el grifo sigue manando: sale un líquido dorado llamado petrodólares, trasvasado directamente desde los pozos del Golfo. A veces también sale sangre, claro.

De Francia, país que honramos cada vez que llamamos Revolución Francesa aquel inciso de la humanidad que ocurrió en 1789, habríamos esperado algo mejor: que supiera actuar donde los demás gobiernos de Europa se acobardan, plantear los fundamentos de una sociedad laica de verdad. Para eso no basta con prohibiciones: hace falta un debate cívico capaz de imaginar a una ciudadanía libre, no clientela cautiva de una u otra religión.

Y es donde falla la sociedad francesa en su conjunto, al igual que la de España y otras: en un lado, las críticas al islamismo se acompañan de reivindicaciones geográficas (“nuestra sociedad, nuestras costumbres, nuestras libertades”; algunos tienen la poca vergüenza de llamar a estas libertades “legado judeocristiano”). Rechazan la opresión de la mujer por considerarlo algo esencialmente extranjero. Que lo hagan en sus países, no aquí. En el otro, las críticas a la xenofobia se acompañan de reivindicaciones de respeto a la opresión cuando se coloca el manto islámico: si ellos son así ¿quiénes somos nosotros para criticarlo?

Aquel grito de Prohibido prohibir del Mayo 68 francés hoy se matiza: prohibido que el Estado prohíba. Las religiones sí pueden prohibir cuanto quieran; eso no lo criticamos. ¿O sí? El amor libre que reivindicaron aquellos jóvenes del 68 no rompía una ley: rompía un tabú de su legado judeocristiano. Prohibido que prohíban los nuestros, pues; lo que hacen los de fuera, los ajenos, los musulmanes, no nos afecta. Esta es la postura que subyace en la izquierda francesa de hoy que tanto respalda y promueve el derecho de los islamistas a segregarse, a imponer velos, niqabes, ayunos, rezos. Que prohíban ellos, total, es su cultura, son salvajes, no son franceses, no cuentan.

Porque si fuesen ciudadanos, si contaran, ¿cómo podría tener alguien la cara dura de criticar la prohibición del niqab aduciendo que esta ley condena a quedarse encerradas en casa a las mujeres a las que el marido no les permite salir a la calle sin ese velo? Esto tiene un nombre y se llama secuestro: un delito penado con cuatro a seis años de cárcel. Ah, pero son musulmanes, entre ellos es normal que el marido encierra a la mujer, qué le vamos a hacer. No son como nosotros.

El racismo era esto. ¿Qué será lo próximo? Legalizar la poligamia aduciendo que prohibirla podría hacer que los maridos frustrados se convierten en violadores, mire, es que son musulmanes?

Ah, pero el problema no son las mujeres obligadas, es la respuesta inmediata: ellas pueden denunciar (la ley francesa prevé un año de cárcel para quien obligare a una mujer a taparse el rostro). Sino las que quieren taparse voluntariamente. La ley las estigmatiza. Son una humilde minoría que ahora se ve expuesta al escarnio público, solo porque insiste en llevar una vida basada en su religión. Pobres. ¿Cómo vamos a someterlas a la vergüenza de tener que hacer un cursillo cívico y pagar 150 euros de multa? Siempre diciendo a las mujeres lo que tienen que hacer. Pero si son mujeres ¿cómo vamos a pedirles responsabilidades por exhibir voluntariamente una ideología, por muy asesina y criminal que sea esa ideología? ¿Cómo va a ser una mujer responsable de las ideas que defiende?

El sexismo era esto. ¿Qué será lo próximo? ¿Volver a quitarles el derecho a voto?

Penalizar la exhibición de una ideología criminal está mal, si esa ideología la exhibe una mujer, porque a la mujer se le reconoce el estatus de víctima voluntaria. No se puede legislar ni para liberarla de la opresión, ni para responsabilizarla de la opresión. Porque la mujer —solo la mujer musulmana, por supuesto— no es del todo ciudadana. Solo a medias. Es objeto, no sujeto.

El islamismo era esto.

La demandante anónima que recurrió al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para obtener una certificación jurídica de su derecho a no ser ciudadana plena, su derecho a ser oprimida por leyes religiosas, recibió respuesta. Prohibir el niqab, argumenta la sentencia (adoptada con 15 votos contra 2 en 2014) protege el principio de interacción entre individuos, esa que el niqab niega. Y la interacción entre individuos —sin segregarlos en dos bloques: féminas por un lado, varones por otro— es esencial para la apertura de mentes sin la que no puede existir una sociedad democrática. Un Estado tiene derecho a proteger los fundamentos de la sociedad que permite esos derechos, incluido el derecho de acudir a un Tribunal Europeo de Derechos Humanos en lugar de pedir una fetua.

Este es el debate del que ha huido Francia en estos diez años, en estos quince que han pasado desde que legisló contra la imposición de signos religiosos en los colegios (2004). Se han hecho malabarismos con los balones que echa fuera Houellebecq, se han escuchado discursos de fervientes pensadores francojudeocristianos, con alguno blandiendo la criminal ideología wahabí como arma para justificar los crímenes de Israel (si combate al islam es bueno ¿no?), se han ofrecido tribunas y micrófonos a quienes enaltecen esa misma ideología wahabí en nombre de un “anticolonialismo” (si arremete contra la Francia judeocristiana es bueno ¿no?), y no se ha hecho lo esencial: recordar que la libertad no consiste en permitir que cada uno esclavice a los demás como quiera.

La libertad tampoco consiste en permitir que cada religión someta a su dictado a las ovejitas que consiga comprar.

¿Religión? ¿Ha dicho alguien religión? No sé ¿contagia? Pues poneos mascarilla y no os acerquéis mucho al hablar. Y si es un velo espeso, mejor. O más fácil todavía: decid que es genética. Se nace con la religión y listo, no hay nada que debatir.

Y luego nos sorprende que venga un corresponsal de Washington y confunda el velo con las mascarillas.

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