La institución franquista encerró y maltrató, bajo el mandato del Ministerio de Justicia, a miles adolescentes y mujeres durante 40 años

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Laura Bermejo de la Flor, Cadena SER-Hora 25, 20 de marzo de 2026
Durante 40 años existió, bajo el mandato del Ministerio de Justicia, una institución que controló el adoctrinamiento moral de niñas y adolescentes en España, el Patronato de Protección a la Mujer. La existencia de reformatorios en nuestro país es de sobra conocida por todos, pero la realidad es que la mayoría de estos centros pertenecieron a un entramado religioso que trató de corregir el comportamiento de miles de niñas «desviadas», según la visión represiva del franquismo.
Una de las mujeres que pasó años en estos centros es Consuelo García del Cid: «Mi madre era castrante, yo tenía la sensación de que mis hermanos tenían unos espacios de libertades que a mí se me negaban», ha explicado en Hora 25. La familia de Consuelo era «tremendamente intelectual», pero con la «tendencia tremendamente a la derecha». Empezó sus estudios en una academia, donde conoció de todas clases sociales, y fue allí cuando descubrió su verdadera identidad e ideología: «Me entero de que vivo en un país con pena de muerte y de que van a ejecutar a Salvador Puig Antich, esa fue mi primera manifestación», ha relatado.
Ante su «rebeldía», sus padres orquestaron junto a su médico de cabecera, su encierro en un reformatorio. Fue una mañana de colegio en la que el médico la despertó y le dijo que le tenían que poner la vacuna de la gripe. No recuerda nada más: «Me desperté 24 horas después en una habitación que no conocía de nada, había una cama, un armario, un lavabo y una cruz». La habían encerrado en un reformatorio del Patronato de Protección a la Mujer.
Sin entender por qué estaba allí, Consuelo tuvo que adaptarse a la represión y maltrato constante de las monjas: «No nos daban nada de comer desde las 8 de la mañana hasta las 14 la tarde, la limpieza se vivía de una forma obsesiva, trabajábamos gratis y en silencio absoluto y la comida era infame», ha contado del Cid. Los castigos eran la peor parte: «Te encerraban en una habitación y te dejaban completamente sola, sin nada, en un aislamiento total».
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Violencia obstétrica y obsesión por el trabajo
Algo similar vivió Loli, que tras sufrir abusos continuados por parte de su padre, terminó encerrada en un reformatorio. «¿Qué había que reformarme a mí? Si es que yo no había hecho nada malo», ha implorado. Los abusos continuaron por parte de su padre, hasta que se quedó embarazada. Ante esto, su familia la mandó a Peñagrande, el centro de gestantes del Patronato.
El parto de Loli cumplió con todas y cada una de las características de lo que hoy conocemos como violencia obstétrica: «Te encierran en una habitación donde vas a pasar todos los dolores del parto, y, claro me dolía, pero la comadrona se enfadaba. No dejé de chillar porque a mí me dolía muchísimo», ha contado. «A mí esta comadrona me había hecho una salvajada. La llamaban la bisturí, porque cuando ella veía la más mínima dificultad cortaba. Yo tenía una una cicatriz de puntos…», ha detallado Loli.
La obsesión de las monjas por el trabajo no cesó ni en el posparto de Loli: «Allí si no te podías levantar no podías comer, pero me cogí la niña envuelta en una sábana, bajé el piso y cené. Y cuando subí me tumbé a a descansar, vino la comadrona, y me dijo: has bajado a cenar, pues entonces ya te puedes ir al hogar, que en su mente enferma era que ya podía trabajar».
Josefa también vivió casi un año en un reformatorio. A ella la internaron porque no quería darle a su padre el poco dinero que ganaba conforme empezó a trabajar, con 14 años. Ella sufrió tanto, que siempre estaba con migrañas, pero en cuanto pudo salir de allí unas navidades, tuvo claro que antes que volver «se suicidaba», le dijo a su padre.
La moral en el centro
Esta historia no podría contarse sin las historiadoras que, con un vacío documental tremendo, han conseguido unir los trozos del relato. Carmen Guillén, autora de «Redimir y adoctrinar: el Patronato de Protección a la Mujer», es una de las pocas que ha investigado sobre esta institución en España: «Se les hacía una prueba moral de cosas vinculadas a la sensualidad, la simpatía, a cuánto les gustaba salir con los hombres, y luego una prueba de tipo psicológica que pretendía ver el coeficiente intelectual. La mayor parte de expedientes a los que hemos tenido acceso reportan resultados como imbécil, oligofrénica, subnormal… eran categorías psiquiátricas que hablaban de unas capacidades intelectuales muy bajas que nunca correspondían con la realidad», ha explicado Guillen.
Marta García y María Palau, también han publicado una investigación sobre el Patronato en la Comunidad Valenciana, «Indignas hijas de su patria»: «Cuando escuchamos esa amenaza que que nos suena mucho a todas incluso aunque no hayamos vivido esa época de ‘si te portas mal irás a las monjas’ se escondía todo un entramado carcelario», ha sentenciado Palau.
Por fin llega el reconocimiento a las víctimas
Este episodio de la memoria colectiva ha permanecido años en silencio: en la sociedad, en las familias, en la Iglesia, y sobre todo entre ellas. Muchas de ellas llevan años queriendo contar su historia, otras están empezando a hablar ahora, algunas incluso no les han contado a su hijos lo que pasaron. La vergüenza, el desconcierto y el trauma de lo que vivieron, les ha llevado a guardar el secreto durante gran parte de su vida.
Hasta ahora, estas mujeres no han sido reconocidas como víctimas del franquismo, pero a partir de este viernes, 20 de marzo, su relato tiene un punto y a parte. El Gobierno las reconoce por primera vez en la historia. El día previo a este reconocimiento, ‘Hora 25’ se ha adentrado en esta institución.

















