La experiencia de Luis Vega, un ingeniero madrileño que defiende la apostasía como un acto de amor propio y de coherencia consigo mismo al sentirse fuera de una institución que rechaza.

Fotograma de «El apóstata» de Federico Veiroj, 2015
Marian Benito, Uppers, 12 de agosto de 2021
Para un nacido antes de los años 70 u 80 el rito de entrada en la Iglesia era casi tan natural como el mismo hecho de nacer. Le vertían el agua sobre la cabeza y con esto quedaba purificado y aceptado en sociedad. Es decir, se hacía católico. Según los últimos datos del Centro de Investigaciones Sociológicas, solo el 59,8% de la población española se define ya católica. Sin embargo, el dato más revelador es otro: casi la mitad de este porcentaje no es practicante. De hecho, solo el 10,6% cumple el precepto de misa dominical. El resto se limita a bodas, bautizos, comuniones y funerales. Entre todos ellos, hay un número impreciso de personas que han decidido apostatar: renuncian a la Iglesia, reniegan de su condición de católicos y no quieren reconocer ningún derecho a esta institución.
Luis Vega, novelista e ingeniero jubilado madrileño, es uno de los mayores activistas de la apostasía en España. Creció en esa tesitura común a las generaciones que nacieron durante el franquismo y varias décadas después. Católico por imperativo de la época y ateo por una firme convicción que fue reflexionando y madurando con el paso de los años. Decidió apostatar hace algo más de 20 años porque sentía la necesidad de desligarse de una condición que él nunca decidió. «No quería ser un número más en esas estadísticas que sostienen los privilegios de la Iglesia».
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Posted by asturiaslaica 


























