La caricatura woke, la dictadura progre, es bien utilizada por esa propaganda bien financiada para crear bancos de rencor

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Enrique del Teso, Nortes, 29 de marzo de 2025
«Bienvenido Trump para poner la cultura woke en su sitio», dijo el arzobispo Montes, en calidad de católico y arzobispo. A mí me parece un escarnio a los sentimientos religiosos. «Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón / y no pido perdón. / Grande España, a Dios le doy gracias por nacer aquí», cantaba transida de fe Marta Sánchez. A mí me parece una injuria a la bandera y los símbolos nacionales. Es cuestión de sensibilidades.
Trump es la brutalidad, la violencia y la injusticia. Se rodeó de ricos, quitó protección a los débiles, amenazó con su fuerza militar y mostró que los fuertes no tienen amigos, sino criados. Y también mostró con jactancia fotografías de la infamia de los presos enviados a El Salvador, cuyo delito en EEUU fue … ¿cómo lo diría Marta Sánchez? …, «no haber nacido aquí». Para respaldar lo repugnante, se finge que no se respalda la parte infame, sino esta otra parte en la que el infame sí tiene razón.
Por eso, Sanz Montes deslizó que Trump era un hombre de «múltiples perfiles», para que entendamos que es lo de la cultura woke lo que aprueba, no todos sus «múltiples perfiles». Es el argumento tramposo de «me encanta King Kong menos la parte esa del mono gigante». Y además no dio la bienvenida a Trump, sino la bienvenida específicamente para combatir la cultura woke. Es famosa la cita de Nixon, cuando dijo con énfasis «yo no soy un chorizo». Se recuerda la cita por su torpeza, porque la única palabra que la gente oiría de esa frase sería «chorizo». Después de decir, con la que está cayendo, bienvenido Donald Trump, da igual lo que se diga después. Solo se oirá bienvenido Donald Trump. Nixon dijo lo que dijo por torpeza, pero Sanz Montes no. Sanz Montes quería que se oyera eso. Allá él. Pero lo hizo como arzobispo en nombre del catolicismo. Por eso, percibo una befa que lesiona el sentimiento religioso, tal como lo recoge el código penal.
Lo mismo pasa con los símbolos nacionales. Normalmente, solo a los simples les complacen los topicazos sobre la comunidad a la que pertenecen. No me gusta la imagen de España de toros, lolailo, atraso analfabeto orgulloso y con salero, y toda clase de hipérboles patrioteras cutres de hidalguía española y que viva España la tierra del amor. Asociar a España con ese pellejo reseco me insulta y difama al país, según mi sensibilidad. Y Marta Sánchez enfunda esa mugre nada menos que en el himno nacional. Y además asoma una patita más vejatoria para los símbolos nacionales. Las derechas fueron desarrollando el hábito de utilizar la bandera y el nombre de España como manifestación de odio hacia la mitad de los españoles. Fingen que quienes tenemos otra ideología simplemente despreciamos a España y por eso ponen la bandera en el balcón y en la muñeca: para defender a España de los españoles. Por eso, los colores de la bandera brillan en el corazón de Marta Sánchez y no pide perdón, como sacando pecho frente a unos imaginarios ofendidos por esos colores. A mí me parece que entra de lleno en la definición de ultrajes a España del código penal.
La izquierda, con mejor o peor fortuna, quiere estar con los humildes y quiere ser vanguardia.
No pretendo que se considere que Sanz Montes haya cometido un delito. Ser despreciable debe ser legal en una sociedad libre. Y tampoco Marta Sánchez. La hinchazón melindrosa patriotera es cutre, cargante e irrespetuosa, pero no veo por qué en una sociedad libre ha de ser delito ser cutre, cargante e irrespetuosa. Lo que quiero decir es que los delitos de ofensas tienden a ser un abuso. La prueba que creen tener los ofendidos de que se cometió contra ellos un delito de ofensa es, precisamente, que están ofendidos.
Y más graciosas son las ofensas en diferido. La vaca que mostró Lalachús en las campanadas estaba tan lejos de ofender a nadie que nadie se ofendió. Los que se ofendieron solo se dieron cuenta de que estaban ofendidos cuando lo dijeron no sé qué abogados cristianos. Ya habían inventado el terrorismo invisible con los sucesos de Cataluña y con la sierpe de Bildu y Sánchez que mantiene a ETA más viva que nunca. El terrorismo, por definición, quiere ser visible y aterrorizar, esa es su esencia, qué clase de unicornio es el terrorismo subrepticio que quiere que no nos demos cuenta de que está ahí. Pues por qué no van a inventar la injuria no percibida, la ofensa que el ofendido no nota hasta que le explicas que está ofendido.

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En nuestras sociedades es normal que haya grupos de personas que, por unas razones u otras, se sientan diferentes a la población general y haya una pulsión de deshumanización. Puede ser porque generen alerta, porque no se les preste la atención normal y con ellos se anulen los protocolos sociales de respeto, o porque sean lo que nadie quiere ser ni parecer.
La izquierda siempre sintió de sí misma dos rasgos que pueden ser conflictivos entre sí. La izquierda, con mejor o peor fortuna, quiere estar con los humildes y quiere ser vanguardia. Estar con los humildes siempre supuso reclamar justicia distributiva y ser vanguardia supuso, según el momento, reclamar el derecho a no creer en Dios, la normalidad del sexo fuera del matrimonio y la procreación, la normalidad de ser homosexual y, por tanto, de casarse con alguien del mismo sexo, el derecho a abortar o interrumpir la propia vida cuando no queda más vida que el horror.
Cada derecho de este tipo supuso una quiebra cultural también en el alma de la gente humilde. Un hombre refiriéndose a otro hombre como mi marido era impensable e inadmisible en un barrio obrero de los ochenta. Pero la izquierda ni debe retirar la exigencia de igualdad y justicia económica ni debe relegar los derechos de la mujer y de los homosexuales, por ejemplo, para evitar el choque cultural que implican.
Había una palabra nacida en EEUU que podía manosearse para crear una caricatura a base de falsedades y a base de las chorradas excéntricas que siempre hay en todo movimiento colectivo: woke. La propaganda ultra está bien diseñada para insertar en las pérdidas, frustraciones y desorientaciones colectivas la materia prima preciosa que se necesita para que las masas apoyen lo que las perjudica: el odio.
El odio está en nosotros porque tiene su influencia en nuestra supervivencia. Supone un estado de alerta intenso y disidente. Nuestro sistema límbico tiene un arsenal de emociones que tienen todas, incluso las desagradables, su utilidad. Pero es ciego, puede no tener buena información de lo que pasa fuera y disparar emociones desajustadas a la experiencia. El odio es necesario para circule el bulo y la desinformación. Es necesario también para deshumanizar y aceptar la supresión de derechos y libertades para ciertos grupos y meter ese veneno en el sistema. El odio es una respuesta a una agresión continuada y la propaganda puede hacer sentir que las pérdidas propias son efecto de esa agresión de determinados grupos. La caricatura woke, la dictadura progre, es bien utilizada por esa propaganda bien financiada para crear bancos de rencor. Tanto derecho de negros, inmigrantes, musulmanes y mujeres me susurra que soy un privilegiado por ser varón, blanco y heterosexual, o mejor dicho, que, siendo varón, blanco y heterosexual, a quién le importa si no tengo trabajo o no puedo pagar el alquiler.
Así se desvinculan los problemas de sus causas y se transfieren a la afirmación y defensa de la identidad simbólica y así se convierte en imposición ideológica la resistencia de los demás a que tú impongas tu ideología. Supuestamente, el veneno woke nos fue haciendo a los progres ofendiditos por todo, porque ya no puede uno cachondearse de los gangosos ni atormentar al gordo gafotas en el recreo. Razón tuvo Trump en empezar su mandato apelando a la caricatura woke. Sus asesores saben lo que hacen. Pero mira por dónde los ofendiditos son los que no pueden tolerar una vaca con un corazón, una chirigota con la Santina (con lo que aguanta la pobre cada 8 de septiembre con los bramidos de Sanz Montes) y tienen la piel tan fina que quieren que sea delito cualquier rozadura. Un amigo me decía una vez «Teso, haz tú la cuenta, que sabes que yo al pensar hago mucho ruido». Él lo decía de coña, pero yo juraría que últimamente cuando fingen razonar los fachas oigo en sus tripas neuronales un ruido como de motosierra.


















