Quemar un Corán. Por Sanaa Elaji

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Sanaa Elaji, M´Sur, 29 de agosto de 2023

Dice una historia que últimamente circula por redes sociales que un periodista le preguntó al Dalai Lama:

— ¿Qué haría usted si alguien cogiera un libro sagrado del budismo y lo tirase por el váter?

Y el Dalaí Lama respondió sin dudar un momento:

—Señor, si alguien tirase un libro sagrado del budismo por el váter, lo primero que haría es llamar a un fontanero.

Cuando el periodista terminó de reírse, le dijo que era la respuesta más lógica que había escuchado nunca.

El Dalai Lama añadió que cualquiera puede dinamitar unas estatuas de Buda o quemar un templo budista o incluso matar a un monje o a una monja budista. «Pero lo que nadie puede conseguir con eso es hacer que el budismo aparezca como una religión violenta. Claro que se puede tirar un libro sagrado al váter, lo que nunca puedes tirar al váter es la tolerancia. Ni tampoco la paz ni el amor».

El libro no es la religión. Ni lo es la estatua ni el templo. Todo esto son ejemplos de «contenedores de religión».

«Podemos imprimir más libros, edificar más templos, podemos incluso formar e instruir a más monjes y monjas. Pero si perdemos nuestro amor y nuestro respeto a los demás y a nosotros mismos y reemplazamos estos sentimientos con la violencia, entonces, y solo entonces, la ‘religion’ entera se va por el desagüe».

No sabemos si esta historia es verdad o se la ha inventado alguien. Y francamente tampoco importa que sea verdad. Porque lo que importa es su moraleja, y esa se puede aplicar al islam o al judaísmo o al cristianismo y a cualquier otra religión, ideología o creencia: ¿es el «libro» lo que importa o las ideas, el pensamiento y el espíritu que contiene? ¿Importa el «templo» o los valores, las actitudes y la fe espiritual que debe llevar a gala el creyente? Lo fundamental ¿es el clérigo o los valores y el espíritu de la religión?

Nos planteamos todo esto con ocasión de las repercusiones y reacciones, tanto populares como oficiales, tras los dos sucesos de quema del Corán en Suecia y Países Bajos.

Que alguien se ponga a quemar un Corán es, desde luego, una actitud extremista. Es más: es una actitud estúpida. Porque ¿quemar un ejemplar del Corán surte algún efecto en los musulmanes o en sus creencias? En un siglo en el que las imprentas producen millones de copias al año y se distribuye el texto digital por internet, ¿qué finalidad tiene quemar un ejemplar, salvo la de una provocación estúpida y beligerante?

Por lo tanto, las reacciones crispadas alimentan al bando que realiza la quema y satisfacen su deseo de provocación. Es más: le demuestran, a cualquiera que no lo tenía claro, que efectivamente los musulmanes son gente extremista de reacciones violentas.

Además ¿cuándo aprenderemos que lo que nosotros consideramos sagrado no lo es para los demás? Al igual que nosotros nos extrañamos de ciertas creencias de otros o hasta nos burlamos de ellas, hay quienes no consideran una mezquita o un Corán desde el mismo punto de vista que un musulmán practicante y por eso ni siquiera comprenden plenamente las reacciones crispadas por dos incidentes de quema del Corán.

Finalmente, el Corán, como libro, es un objeto material. Su verdadero valor está en lo que contiene, en su espíritu y en los valores que de él puede sacar un musulmán. El contenedor físico sufre deterioro por parte de los propios musulmanes, por accidente o por simple desgaste. Y no tenemos ninguna necesidad de buscarle profundas y enormes interpretaciones a un deterioro cualquiera, sea natural o intencionado.

Nuestros valores y nuestros conceptos sagrados son objeto de crítica de otros, incluso objeto de burla y de actos beligerantes por parte de algunos. Y nosotros debemos respetar eso, porque es parte de un intercambio de ideas, siempre que esta burla y estos actos beligerantes no amenacen la vida de otros ni vulneren su integridad física o su dignidad como individuos. Pues esto es parte de la libertad que exigimos. Al igual que la ley exige castigar toda actitud que amenace la vida de otros o su integridad física, exige que, si no concurren estas circunstancias, el asunto se quede en un debate, una crítica tranquila, sin exageraciones ni crispaciones.

La realidad es que ningún musulmán va a olvidar el islam porque se queme un Corán. Y que el contenido del Corán, como texto, no desaparece por quemar el libro, porque hay millones de ejemplares por ahí. Por otra parte, incluso entre no musulmanes, ninguna persona inteligente se alegrará ante una actitud estúpida, racista y extremista como la que exhibieron quienes quemaron dos ejemplares del Corán. Por lo tanto, toda reacción crispada por nuestra parte no significa más que el que seguimos inmersos en la fantasía de que somos el centro del universo… y hace que nosotros mismos, desafortunadamente, alimentemos los discursos morales de los extremistas del otro bando.

Sobre la autora: Sanaa El Aji el Hanafi es socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario Nichane en 2006 con un reportaje sobre chistes irreverentes, por el que se le condena a tres años de cárcel (con pena suspendida). Continúa publicando en diversos medios marroquíes y hasta 2017 fue columnista del diario arabófono Al Ahdath Al Maghribia, uno de los diez periódicos más vendidos de Marruecos.

En 2016, El Aji se doctora en la universidad de Aix-en-Provence con un estudio sobre prácticas sexuales de heterosexuales marroquíes antes del matrimonio. También ha trabajado como actriz en varias películas y es autora de la novela Majnounat Youssef, que explora la sexualidad de una mujer soltera. Vive en Casablanca.

El artículo fue primero publicado en Al-Hurra · 26 Enero 2023 | Traducción del árabe: Ilya U. Topper

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