¡Ejerced la caridad! Comprad botas y zapatos para que los niños no vayan nunca descalzos

Propaganda católica en 1920: El Boletín de Híjar”, en Teruel, recoge el mensaje de la iglesia católica, claro y diáfano y profundamente conservador a nivel social, dirigido a los campesinos de Híjar.

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Zaragoza 1920. Vendiendo roscones frente a la iglesia de San Pablo. Fotografía de M. M. Chivite

Cándido Marquesán Millán Nueva Tribuna, 13 de mayo de 2020

El Boletín de Híjar (provincia de Teruel), cuyo Director era mosén Luís Turón, inserto en la “Hoja Catequística Semanal”, impresa por el Arzopispado de Zaragoza y creada por mosén Pedro Dosset, sacerdote hijarano y cuyo ministerio lo desempeñaba en los años 20 del siglo XX en la parroquia de San Pablo de Zaragoza, nos sirve para conocer el mensaje de la iglesia católica, claro y diáfano y profundamente conservador a nivel social, dirigido a los campesinos de Híjar.

En algunos Boletines de Híjar, en concreto, en los números 143, de 5 de diciembre de 1920; y en el nº 149 de 5 de abril de 1921, aparece un artículo, que por su amplitud debe insertarse en varios Boletines, bajo el título de Origen de la propiedad”. Las razones de ocuparse de esta cuestión se debía a que desde los movimientos socialista, comunista y anarquista preconizaban la abolición de la propiedad privada. La Iglesia católica debía buscar argumentos para que los propietarios pudieran sentirse aliviados, ante la posibilidad de su desaparición.

Las ideas principales del artículo susodicho son las siguientes. Comienza señalando que sobre el origen de la propiedad se han barajado fundamentalmente tres teorías.

1ª) La teoría del “Pacto Social”, defendida por Van Pufendorf, Ronrean y Hobbes. Según ella la propiedad surgió de un pacto o convenio que hicieron los hombres en un principio. Anteriormente todo era de todos, pero esto generaba problemas, ya que todo el mundo quería coger siempre lo mejor. Todo el mundo quería el mejor campo, los mejores frutos, los mejores productos, que ofrecían la naturaleza. Como consecuencia de las tensiones generadas ya que todos los hombres deseaban lo mejor para sí, se llegó a una situación en la que era imposible vivir en paz y concordia. Por ello en determinado momento, los hombres reunidos, acordaron, pactaron, convinieron que cada uno tuviese un trozo de tierra para cultivar, aunque no puede saberse si este reparto se hizo por sorteo, por mayoría de votos o por la fuerza. Este acuerdo, este pacto es, según esta teoría, el origen de la propiedad. El articulista la rechaza argumentando que en ningún pueblo ha quedado constancia de este proceder. Y si este hubiera sido el origen de la propiedad debería haber permanecido alguna documentación histórica. Y no la vemos por ninguna parte. Está teoría del pacto social debemos rechazarla como falsa. Es la que defienden en estos momentos los comunistas y los bolcheviques.

2ª) El derecho de propiedad se basa en una “Ley humana”. El derecho de propiedad, según el articulista, no puede tener su fundamento en ninguna Ley humana. Esta teoría no tiene menos inconvenientes que la del pacto social, y puede rechazarse con los mismos argumentos. Si una Ley humana crea el derecho de propiedad, ese derecho podría ser suprimido por los poderes públicos, a través de una nueva Ley derogando la Ley anterior. Esto es lo que persiguen los socialistas, quieren alcanzar una mayoría en el Parlamento para cambiar la Ley y privar de los bienes a los propietarios con una indemnización. Esta teoría es falsa y no vale, el derecho de propiedad es anterior a la Ley. La Ley no puede crear el derecho de propiedad en todo caso lo único que hace es sancionarlo.

3ª) El derecho de propiedad tiene un “Origen divino”. Es según el articulista la única verdadera. Argumenta del siguiente modo. Dios ha creado al hombre para vivir en sociedad; le dio el derecho de formar una familia, le impuso la obligación de criar a los hijos, le dotó de inteligencia y de razón previsora. Para poder cumplir todos estos objetivos le confirió el derecho de propiedad. Sin ella el hombre no puede socializarse, ni tener una familia, ni mantener a unos hijos. La propiedad es sagrada e ir contra ella es ir en contra de los designios divinos.

En otro Boletín de Híjar, de abril de 1921, nuestro redactor se adentra en un problema arduo y difícil, como es el poder explicar y justificar las enormes desigualdades que se presentan en la sociedad. ¿Hasta qué punto se puede mantener incólume la propiedad privada frente a la miseria de muchos hombres? Aparece una respuesta clara y contundente a esta pregunta. La argumentación es la siguiente.

Nadie, dice León XIII en su Encíclica Rerum Novarum, está obligado a aliviar el prójimo, disponiendo de lo que le es necesario para sí o para su familia, ni disminuyendo nada de lo que el decoro impone a su persona; pero, una vez satisfecha la necesidad y el decoro, es un deber emplear lo superfluo en beneficio de los pobres y menesterosos. Pero ahí está el problema; ¿Qué podemos entender por superfluo?

Nuestro articulista continua argumentando que según Santo Tomás existen tres tipos de bienes; los primeros, los que son necesarios para poder vivir y mantener a la familia; los segundos, los que nos permiten vivir conforme a nuestra condición social (pagar a los criados, mantener la casa con todos sus lujos, coches, conforme al nivel social de cada uno); los terceros son aquellos no indispensables ni para vivir ni para mantener nuestro rango social. Hecha esta distinción de raíz tomista, afirma que los primeros no debemos ni tenemos la obligación de usarlos para socorrer a los pobres; los segundos podemos darlos pero no es obligatorio; los terceros si que debemos usarlos para satisfacer las necesidades del prójimo necesitado. Como vemos, se inclina por la vía de la caridad como solución de los problemas sociales, sin entrar a fondo en la auténtica raíz de las injustas desigualdades sociales, que no es otra que la insultante e injusta repartición de la propiedad. Esa vía de la caridad queda perfectamente reflejada en la poesía del final del artículo, de la cual he extraído un fragmento para titular el escrito.

En el Boletín de Híjar, nº 148, de 9 de enero de 1921, aparece una especie de parodia, bajo el título “Un Ensayo de Comunismo”. El objetivo es claro, transmitir la idea de que es inviable cualquier doctrina de carácter socialista o comunista, pero, dicho todo ello, en un lenguaje claro que lo pudiera entender cualquiera. Didácticamente es todo un alarde en el uso de unos medios adecuados para transmitir claro un mensaje, para un público con muy escaso nivel cultural. Merece la pena reparar en el desprecio que se vislumbra a la hora de caracterizar a determinados personajes, difícil de comprender siendo un Boletín de la Iglesia católica. Es como sigue:

“En el pueblo de Villatonta, provincia de Babia, y partido judicial de Bóbilis, arraigaron tan hondamente las teorías socialistas y comunistas que un día se llegó a proclamar la república de los soviets, para imitar a la afortunada Rusia. Elegido jefe del Soviet el barbero de Villatonta, en cuya casa venía funcionando el Club comunista, se procedió al ensayo del reparto social en la forma que van a ver mis lectores.

Ciudadanos- decía el barbero presidente del Soviet a los vecinos de Villatonta, congregados en asamblea magna-, llegó por fin la hora feliz en que vamos a proceder al reparto de bienes entre los vecinos del pueblo. Si, señores, se procederá a hacer justicia equitativa y se atenderán todas las reclamaciones de los pobres. Los ricos… ¡Qué se revienten! ¡Ya era hora!

-¡Bravooooo!- vociferaron a una todos los que solamente poseían la camisa que llevaban.

-¡Mueran los ricos!- gritó el Canillas, el enterrador.

-Pido la palabra- dijo un jornalero- Yo quiero que se apruebe su mercé al presidente y los que repartan de que mi amo traga como un buitre, y tiene auto, y yo quiero el auto y mucho parné, y fumar buenas brevas… Mi amo será mi chofer.

-Bueno, se concederá lo que pide el ciudadano.

-¡Viva la igualdaaaaaa! ¡Vivaaaa!

-Yo también quiero auto-vociferó otro -y fumar buenos puros, y beber champán y comer bien, y descansar, que ya hi trabajao bastante.

-¡Y yo también! ¡Y yooo! -gritaron todos.

-Señores, eso no puede ser -dijo el barbero- porque no habrá autos, ni brevas, ni champán para todos.

-¡Abajooo!, contestaron muchos.

-Señores, repitió Rapabarbas, disimulando el mieditis que sentía al ver aquella tormenta incipiente, haiga calma y serenidá en el pueblo soberano. Exponga cada cual sus justas aspiraciones y se atenderán las reclamaciones endeviduales de cada uno.

-Pués yo lo que pido es mucho parné -gritó un zanganote muy devoto del dios Baco.

-Y nosotros lo mismo -contestaron a una todos los malos trabajadores de Villatonta.

-Pero señores -repuso el presidente Rapabarbas-, ustedes piden la luna y eso no puede ser. Todos quieren mucho dinero y no hay dinero para todos. Hay que armonizar el capital con le trabajo, y limitar las aspiraciones para que así se pueda conceder a los ciudadanos lo que pidan.

-Pues yo -contestó un vago de profesión- nunca hi trabajao, ni pienso, porque me prueba muy mal, y ahora que va a ser el reparto de bienes, menos que menos. Lo que quiero es vivir muchos años pa gozar. ¡Viva la igualdaaa ¡

-¡Que trebajen los ricos!- gritó el Chupahuevos que, desde su más tierna infancia, le pegó 5 tiros al trabajo.

-Señores- replicó el presidente Rapabarbas- si no limitan sus aspiraciones no nos entenderemos. Tengan muy presente que el trabajo es la fuente de la riqueza, y si todos quieren el dinero. ¿Quién trabajará? Y si no quieren trabajar. ¿Para qué servirá el dinero? Hay que armonizar el capital con el trabajo, entiéndanlo bien.

-¡Viva la armonía y la igualdá!- gritó Crispín el zapatero.

-Pido la palabra- gritó el tío Cuco- Yo quiero que cuando hagan el reparto, me den el olivar del Seco y la viña del Caparranas, que están junto a mis campos.

-El olivar es mío, ¡so mostillo!- vociferó el Seco.

-Y si alguien me quita la viña- añadió Caparranas- lo trataré como a las ranas; mi trabajo me ha costao.

-Es que ahora- replicó Rapabarbas- ya no hay mío, ni tuyo, sino que todo es de todos.

-¡Fuera, ese embustero!- gritaron varios propietarios, al ver los humos que gastaba el Caparranas; y al mismo tiempo voló por los aires un pedrusco anónimo que aterrizó en las costillas del repartidor, y le hizo besar el santo suelo.

-¡Burros, animales!- vociferó el barbero, levantándose y huyendo acosado de puntapiés y cachetes sin firma.

Entonces se armó la más gorda. Unos pedían dinero en abundancia, otros los mejores campos de la huerta, etc, etc.

-La casa de Caparranas será mía desde hoy- vociferó el enterrador que sólo tenía las sepulturas donde caerse muerto.

Y acto continuo, Caparranas defendió su derecho de propiedad, alegando como prueba justificante un garrote de carrasca con el cual dio al pretendiente una paliza fenomenal.

Unas mujeres se agarraron del moño por disputar de quién habían de ser 8 lechoncitos y la puerca criadera del molinero.

-¡Ladrona, más que ladrona!- decíanse mutuamente-, los lechoncitos son míos. Y tirón va, tirón viene, llegaron a decirse raca, se arrancaron el moño, los maridos tomaron parte en la cuestión, y allí hubo gritos, palos, y sobró leña para toda la generación de Villatonta.

Si antes de la cacareada repartición no se entendieron los villatontinos. ¿Qué sería cuando llegará a ser un hecho? Esto es lo que se preguntaban, al retirarse a sus casas después de la pelea, mustios los semblantes, y rascándose en las costillas el escozor, que les habían dejado como recuerdo los estacazos repartidos, antes de la repartición de bienes.

Y esto deben de preguntarse también los bobalicones que se tragan las famosas patrañas del comunismo.”

En la misma línea, sin apartarse lo más mínimo de las líneas anteriores, en otro Boletín de Híjar, el nº 132, de 19 de septiembre de 1920, aparece la siguiente poesía:

-Siendo ayer día de moda
¿Por qué no fuiste al teatro?
-Preguntó a la niña Pura
su buena amiguita Amparo.

-Porque ayer vi a un pobre niño
pisando nieve descalzo,
y hoy voy a comprarle botas
con lo que costaba el palco.-

Imitad, jóvenes bellas,
de Purita el noble rasgo;
privaos algunos días
de ir a ciertos espectáculos,
y con el mismo dinero
que allí pensabais gastaros,
¡ejerced la caridad!
comprad botas y zapatos
para que los niños pobres
no vayan nunca descalzos.

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