Política del Logos al Mythos

Alberto Jiménez, Asamblea digital, 4 de junio de 2019

Mezclar la religión y la política es un problema de una extraordinaria cotidianidad, siempre ha sido así, a pesar de que debieran ser absolutamente inmiscibles. Las élites religiosas han tenido siempre un enorme poder político, a lo largo de la historia ha habido Papas mas poderosos incluso que reyes; pero, ¿por qué en pleno siglo XXI aún somos testigos de la defensa a ultranza de las religiones mayoritarias por parte de grupos políticos? ¿Es tan solo defensa de la libertad de credo?

Los privilegios y trato de favor a las jerarquías religiosas (llegando a existir una estrecha, y mas que sospechosa, relación entre algunos grupos políticos y jerarquías del clero), demuestran que la defensa política a ultranza del mito local no es por tolerancia, ni por respeto de la libertad de credo. Son otras las explicaciones que encajan mejor en el proteccionismo religioso.

Creo que el motivo mas importante es que las religiones han tenido una enorme capacidad de manipulación y coerción sobre las masas a lo largo de la historia, y eso es una herramienta muy útil.

En esencia una religión consiste en una cosmogonía, en una explicación de lo inexplicable, de la creación del universo, de lo que es desconocido, explicaciones a sucesos y fenómenos naturales como la vida y la muerte, el sol o la tormenta; todo ello adornado con mucha publicidad y bastante inducción al miedo. En la católica podemos poner como ejemplos un Cristo enrollado que les ahorra el catering a los novios en las bodas de Canaan, y los terribles castigos aplicados a los que desobedecen lo que dice la palabra de la máxima autoridad (Dios), como el Génesis, con una humanidad castigada por culpa de una mujer desobediente en cuanto a su dieta o la mujer de Lot por el terrible delito de mirar. Estos cimientos faltos de empirismo y reflexión necesitaban una levadura llamada fe, fe ciega, necesitan que seamos un colectivo irreflexivo y obediente (como el rebaño al que nos asemejan algunos de estos mitos sin rubor), y a su vez nos convierte en esa masa aborregada que no buscará disentir del rebaño.

La doctrina que, de verdad, ha intentado descifrar la esencia de la naturaleza y pone en duda toda explicación que le damos al universo que habitamos, se llama ciencia, y requiere en su esencia de una falta de fe en sus conclusiones, las cosas deben estar respaldadas por pruebas aglutinadas por un método, y solo entonces, las conclusiones se asumen como ciertas (y sólo hasta que se descubran pruebas que lo desmonten, y vuelta a empezar).

De esta forma planteo la siguiente cuestión: ¿por qué las élites políticas y económicas tienen tanto interés en perpetuar mitos que requieren de fe ciega entre el pueblo? No es porque estos mitos se demuestren ciertos (desde luego), tampoco creo que sea por tradición (mas bien la tradición es la excusa, no el fondo); creo que el motivo es que las élites necesitan ciudadanos/as cuyas mentes funcionen en esencia con fe ciega, que sean obedientes, que la impronta cultural les imbuya un miedo cerval ante la desobediencia o la soledad intelectual de un pensamiento fuera del de la mayoría. Así consiguen una facilidad enorme en desempeñar sus tareas de dirección de un “rebaño”.

Un pueblo cuyas mentes sean inquietas, que quieran saber y conocer el fondo de una afirmación del tipo que sea, para sacar unas conclusiones propias al respecto y decidir de forma autónoma, resultaría un pueblo empoderado, difícil de manejar. Así que «programando» a la población en una defensa de las tradiciones y extendiendo el miedo por doquier, están provocando una involución abismal, con un colateral rechazo a algunos fundamentos y retroceso del «sentido común», de forma que colectivos enteros vuelven a creer que la tierra es plana sin ningún fundamento o traer la edad media al presente y difundir el miedo a reconquistas y guerras santas, buscar enemigos en otros colectivos solo por su credo, raza, etc.

Por esto me gustaría sembrar una semilla de sospecha en todos/as, hacia cualquier grupo político que defiendan estas religiones de forma visceral, quizá es que no pueden permitir que perdamos el miedo a la desobediencia, que no pueden permitir que dejemos de regirnos por fe y empecemos a cuestionar lo que se nos cuenta, necesitan mentes dúctiles, ignorantes de la realidad, fáciles de engañar. Les viene muy bien ciudadanos que, cuando sus vidas estén tocando fondo, en vez de analizar en profundidad la fuente del problema, les pasen por la cabeza la madre de todas las estupideces: esperar soluciones y tener esperanza mediante un «la fe mueve montañas», o «Dios aprieta, pero no ahoga».

Bueno, o quizá es que de verdad son muy devotos y cumplen a rajatabla sagradas doctrinas como el “no robarás”, “no dirás falso testimonio contra tu prójimo”, «No codiciarás los bienes ajenos» o “no matarás” (y por adicción, condenarás y no apoyarás ni te lucrarás a través del negocio de la guerra). Juzguen ustedes, pero sospechen, sin ningún reparo, sospechen y mucho.

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