Paisaje después del Papa | Xandru Fernández

La democracia no es ceder ese espacio hoy a los católicos, mañana a los evangélicos y pasado mañana a los musulmanes: es no cedérselo nunca a ninguno de ellos.

León XIV en el Congreso
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Xandru Fernández, Nortes, 14 de junio de 2026

La actualidad informativa conoce sacudidas periódicas, sobresaltos que el público tiende a saludar con el ánimo cotilla de quien padece una catástrofe y sabe que nada se puede hacer para evitarla. Como cuando pasa un tifón: una vez superado el terror, una vez asumida la inevitabilidad del duelo por las víctimas y las pérdidas materiales, llega el momento de interesarse por detalles triviales que hacen la herida más llevadera. Así los escándalos políticos, con la salvedad de que, en el fondo, por muchos aspavientos que hagamos, hieren a muy poca gente, y a casi nadie de gravedad. Otra cosa son sus consecuencias, o mejor aún: sus causas. Pero ni unas ni otras llegan a la primera página de los diarios ni a los reels de Instagram.

Lo que sí llega es el ansia de saber más. De atracarse con datos y noticias. Dónde comió la diputada el día de la primera comunión de la nieta del juez mientras el fiscal jugaba al pádel con el ministro. ¿Cómo puede uno dormir con semejante laguna en la agenda pública? Los pueblos ágrafos inventaban continuamente episodios con los que rellenar esos huecos en las vidas de los héroes, haciendo crecer las epopeyas hasta adquirir las fabulosas dimensiones con las que han llegado hasta nosotros y en la feliz ignorancia de que un día Christopher Nolan las convertiría en potitos.

Por nuestra parte, impedimos por todos los medios que los protagonistas de nuestra épica doméstica lleguen a convertirse un día en referentes literarios: ni Leire Díez ni el juez Peinado sustituirán en el futuro a Medea o a Odiseo, no les damos tiempo a sedimentar como personajes de ficción. Pero entretanto volcamos en ellos nuestra curiosidad. Nos repele la idea de permanecer en la ignorancia.

Así con la última visita del Papa al reino de España, digna de un culebrón versallesco, uno de los miles de acontecimientos que sacuden, como digo, la actualidad informativa y en seguida caen en el olvido, por fortuna. O por desgracia, puesto que la única forma en que ese tipo de eventos adquiere cierta trascendencia es como material narrativo en manos de maestros como Proust o Valle-Inclán. No sé si está en el ánimo de Raquel Peláez o Juan Tallón novelar los encuentros de León XIV con las celebridades de la España de 2026: ojalá. Si no es así, esos encuentros no me interesan. Salvo por las consecuencias que puedan tener, o mejor aún: por sus causas.

«No es que no entendamos la separación entre la Iglesia y el Estado, es que no entendemos la democracia»

Tendrían que preocuparnos las causas que hicieron posible que los secretarios generales de CCOO y UGT compartieran escenario con el Papa. Y tendrían que preocuparnos mucho, pues entre ellas están la confusión conceptual, el error táctico, el infantilismo estratégico y una carencia absoluta del sentido del decoro. Vale que la política-espectáculo implica que cualquier hueco es trinchera y que ay del que pierda la ocasión de hacerse la foto con la celebridad del momento. Y quizá en la mente de Unai Sordo y Pepe Álvarez estaba la intención de arrimar al Papa a su sardina, pero lo cierto es que no cabe otra posibilidad que la contraria: es el Papa el que resignifica a su interlocutor, y caben pocas dudas acerca del sentido de esa resignificación. De un modo análogo, cualquier lugar donde hable el Papa se convierte en púlpito. Y así ha ocurrido con el Congreso de Diputados y Diputadas, mágicamente transmutado en un adosado virtual de la basílica de San Pedro del Vaticano.

Si nada de esto nos extraña, si no despierta en nosotros la menor señal de alarma, no es solo por carencias vitamínicas en materia de laicismo, esto es, la culpa no la tiene la historia de España y su tradicional sumisión a la Iglesia católica. No es que no entendamos la separación entre la Iglesia y el Estado, es que no entendemos la democracia: no entendemos que el espacio público no debe cederse al capricho individual ni a un capricho colectivo de parte. Que el espacio público es un lugar vacío de dogmas, creencias, ritos esotéricos, devociones marianas y delirios cristológicos. La democracia no es ceder ese espacio hoy a los católicos, mañana a los evangélicos y pasado mañana a los musulmanes: es no cedérselo nunca a ninguno de ellos. Tampoco se les causa por ello ningún perjuicio, por cierto: si algo han sabido hacer las religiones es construir templos. Nadie se los quita, pero cederles un aula o un parlamento es realquilar lo que es de todos y de nadie.

La izquierda se equivoca siempre que busca el apoyo de una religión a sus demandas históricas, y no solo porque ese apoyo inevitablemente contenga trazas de misoginia y pensamiento mágico. Se equivoca porque esa operación no conduce a la secularización del mensaje religioso, sino a la privatización de las ideas progresistas y del espacio público en el que se proyectan. Y porque invierte causas y efectos: en una democracia los derechos y las libertades son básicos, esto es, no dependen de dogmas de fe ni de adhesiones emocionales a ideales de naturaleza sobrenatural. Los ayatolás podían ser un aliado rentable para los que luchaban por la democracia en el Irán del Sha, pero sus objetivos políticos eran muy diferentes. León XIV nos cae bien porque hace rabiar a los fachas, pero no deja de ser un líder de masas que se cree representante de un personaje de ficción. No me imagino a Unai Sordo o a Pepe Álvarez tratando con la misma reverencia a un cosplayer de Doraemon.

La democracia es siempre un proyecto inacabado, pero no puede ser nunca un proyecto constantemente cuestionado. Como si fueran las iglesias y las empresas las que ejercieran la tolerancia con respecto a las veleidades democráticas de unos pocos. Es al revés: es la democracia la que tolera la expresión de formas de pensamiento que, llevadas al límite, reventarían las costuras de la democracia. Pero hemos llegado a normalizar que los hosteleros defiendan su derecho a ocupar la vía pública y lo asumimos como el ejercicio de un derecho cuando, en realidad, es una cesión del común al interés individual y como tal solo se debería permitir cuando el común obtiene un beneficio mayor sin conculcar los derechos de nadie, incluyendo los de las personas con movilidad reducida. Pues lo mismo con la enseñanza de la religión católica o la carnavalada papal, solo que aquí, encima, es el común el que, en vez de cobrar, paga.

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