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Pablo Martínez Corral, La Trókola, 15 de abril de 2026
Los asturianos en la Batalla de Saibigáin (abril de 1937)
Introducción
La batalla del monte Saibigáin, desarrollada en abril de 1937 en el contexto de la ofensiva franquista sobre Bizkaia, constituye uno de los episodios más representativos del frente Norte durante la Guerra Civil española. Más allá de su resultado inmediato, este enfrentamiento permite comprender las dinámicas estructurales que definieron el conflicto en la zona cantábrica: fragmentación política, debilidad material y, al mismo tiempo, una notable capacidad de resistencia por parte de las fuerzas republicanas, así como el potencial de las tropas sublevadas, nutridas por la ayuda alemana e italiana, factor decisivo en la ofensiva en el frente Norte.
El monte Saibigáin, con una altitud cercana a los 950 metros, se sitúa en una posición estratégica clave dentro del eje Urquiola-Mañaria. Desde su cumbre se dominan las comunicaciones hacia el Duranguesado, lo que lo convertía en una pieza fundamental del sistema defensivo republicano. En un frente caracterizado por el terreno montañoso, la posesión de las alturas no solo tenía valor táctico, sino también operativo, al permitir el control visual y artillero de amplias zonas.
La ofensiva franquista iniciada el 31 de marzo de 1937 en Euskadi, dirigida por el general Emilio Mola, marcó un punto de inflexión en la guerra en el Norte. Frente a una defensa republicana basada en estructuras heterogéneas, el ejército sublevado desplegó una estrategia moderna basada en la coordinación entre infantería, artillería y aviación. La participación de la Legión Cóndor y de la aviación italiana permitió la aplicación sistemática del bombardeo táctico, debilitando las posiciones republicanas antes de los asaltos terrestres.
En este contexto, la resistencia republicana en Bizkaia comenzó a ceder progresivamente. La caída de posiciones avanzadas como el santuario de Urquiola obligó a un repliegue hacia Mañaria, donde las unidades vascas intentaron reorganizarse en condiciones extremadamente precarias. La falta de fortificaciones, la escasez de refugios y la masa aérea que se cernía sobre ellas reflejan el estado crítico del frente.
A este escenario se suma un elemento fundamental: la falta de cohesión político-militar del Norte republicano. Las diferencias entre Euzkadi, Asturias y Santander no eran solo ideológicas, sino también organizativas, lo que dificultaba la coordinación de las operaciones. En este contexto, la intervención de las brigadas asturianas en Saibigáin representa tanto un intento de cooperación como un ejemplo de sus limitaciones.
Divergencias políticas y la génesis del mando militar en el Norte
El estallido del conflicto en julio de 1936 provocó en el Norte republicano la aparición de tres entidades de gobierno con naturalezas ideológicas contrapuestas. En el País Vasco, el predominio del Partido Nacionalista Vasco (PNV) paralizó cualquier asomo de revolución proletaria, apostando por un reformismo social moderado y la defensa de las instituciones autonómicas dentro de la legalidad republicana. Por el contrario, en Asturias y Santander, el vacío de poder fue llenado por comités y consejos regionales donde las organizaciones sindicales (UGT y CNT) y los partidos de izquierda (PCE y PSOE) impusieron un carácter marcadamente revolucionario a la resistencia.
Esta disparidad se tradujo en una gestión del mando militar caracterizada por lo que se ha denominado “cantonalismo defensivo”. Aunque el Gobierno central creó el Ejército del Norte bajo la jefatura del general Francisco Llano de la Encomienda, su autoridad fue sistemáticamente contestada por el lehendakari José Antonio Aguirre, quien asumió la cartera de Defensa y priorizó la creación de un “Ejército Vasco” (Euzko Gudarostea) autónomo. Mientras Asturias y Santander aceptaron con mayor presteza la militarización y la estructura de brigadas y divisiones dictada por el Estado Mayor, Euzkadi mantuvo una organización basada en sectores y columnas hasta abril de 1937, lo que dificultó enormemente la integración de los refuerzos externos cuando la ofensiva de Vizcaya se hizo inminente.
En Asturias, el Consejo Provincial de Asturias y León, presidido por Belarmino Tomás, logró unificar a las milicias bajo una normativa disciplinaria estricta, transformando las columnas iniciales en batallones del Ejército Popular del Norte, con una numeración superior a 200 para distinguirlos de las unidades vascas (1–100) y santanderinas (101–200). En Santander, el Consejo Interprovincial de Santander, Palencia y Burgos, liderado por Ruiz Olazarán, coordinó fuerzas que llegarían a constituir el II Cuerpo de Ejército, aunque con una capacidad industrial y bélica menor que sus vecinos.

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A finales de marzo de 1937, la República mantenía una fuerza considerable en el Norte. El Cuerpo de Ejército Vasco contaba con unos 55.000 hombres, de los cuales 15.000 desempeñaban funciones de retaguardia. Asturias mantenía una fuerza similar de unos 55.000 efectivos, mientras que Santander movilizaba a cerca de 30.000.
El problema fundamental no radicaba en el número de combatientes, sino en la grave escasez, heterogeneidad y deficiente distribución del armamento, condicionadas en gran medida por el bloqueo impuesto por el bando franquista. El control marítimo ejercido por la armada sublevada, junto con la política de no intervención, limitó severamente la llegada de material bélico al Norte republicano, haciendo que las regiones cantábricas dependieran de envíos irregulares y difíciles de asegurar.
La industria de guerra local resultó claramente insuficiente para compensar esta situación. Fábricas como las de Trubia y Reinosa, aunque con capacidad para producir armamento, trabajaban a un ritmo limitado debido a su proximidad al frente, a problemas técnicos y a la falta de materias primas. En el caso de Euzkadi, se desarrolló una industria orientada a la fabricación de subfusiles, morteros y algunos vehículos blindados, pero esta producción no podía cubrir las necesidades del frente, por lo que dependía críticamente de las importaciones por vía marítima.
El reparto del material disponible se convirtió, además, en un foco constante de tensiones. Asturias y Santander denunciaban que el material llegado a través del puerto de Bilbao no se distribuía de manera equitativa, mientras que el gobierno vasco consideraba que asumía el peso logístico del conjunto del frente Norte. Estas divergencias reflejan no solo un problema material, sino también la falta de coordinación política y militar entre las distintas regiones.
Como consecuencia, a comienzos de 1937 gran parte de los fusiles en uso eran modelos anticuados —como los Remington, Gras o Lebel—, muchos de ellos en mal estado y con munición limitada. Esta precariedad obligó a las brigadas asturianas y santanderinas a combatir en condiciones de clara inferioridad material, especialmente en escenarios como el Saibigáin, donde la combinación de terreno montañoso y presión artillera y aérea enemiga amplificaba las carencias del equipamiento republicano.
Primeros contingentes y la guerra de 1936 en Guipúzcoa y Vizcaya
La colaboración militar comenzó mucho antes de la gran ofensiva de 1937. Durante el verano de 1936, grupos de dinamiteros asturianos acudieron a los frentes de Irún y San Sebastián. Eran mineros de Sama, Mieres y Ciaño, dirigidos por figuras como Celestino Fernández “Celesto” y Julio García Roza, cuya experiencia en el manejo de explosivos fue crucial en la defensa inicial del territorio guipuzcoano.
Por su parte, Santander envió el batallón Malumbres en septiembre de 1936, unidad que operó en Motrico y el sector de Eíbar. No obstante, estas primeras experiencias estuvieron marcadas por la falta de adaptación a la guerra de posiciones. Testimonios de la época describen la desbandada de algunos reclutas santanderinos en Arrate el 28 de septiembre, tras encontrarse en una emboscada de requetés navarros en condiciones de lluvia torrencial. A pesar de estos episodios, se estima que unos 1.000 combatientes asturianos y santanderinos se integraron de forma individual o en pequeños grupos en los batallones vascos del PCE y la CNT desde los inicios del conflicto.
La Primera y Segunda Brigada Expedicionaria Asturiana: Organización y Despliegue
Con el inicio de la ofensiva del general Mola sobre Vizcaya el 31 de marzo de 1937, el mando del Norte ordenó el envío masivo de refuerzos. Las primeras unidades en llegar fueron las brigadas asturianas bajo el mando de Mateo Antoñanzas y Ramón Garsaball.

La Primera Brigada de Mateo Antoñanzas: Bajo la jefatura del capitán de infantería Mateo Antoñanzas Gutiérrez, esta unidad (denominada 2.ª Brigada asturiana en origen) llegó a Bilbao el 6 de abril y se alojó en el cuartel de Basurto. Estaba compuesta por tres batallones que se convertirían en protagonistas de los combates más encarnizados en Saibigáin y Urquiola:
Batallón 208 (Víctor): una unidad de filiación anarquista, organizada por Víctor Álvarez, que contaba con veteranos de la gran ofensiva sobre Oviedo de febrero de 1937. Batallón 225 (Lenin/Taboada): de mayoría comunista, liderado por José López Taboada. Era una unidad fogueada que sufrió una dura reestructuración tras su llegada a Vizcaya debido a las bajas masivas. Batallón 243 (Sotrondio/Críspulo): formado por mineros de la cuenca del Nalón, bajo el mando de Críspulo Gutiérrez. La
Segunda Brigada de Ramón Garsaball: Llegada casi simultáneamente, esta brigada incluía unidades vinculadas al socialismo y a la UGT de las cuencas mineras: Batallón 223 (Juanelo de Laviana): mandado por Fermín López Naves. Actuó inicialmente en el sector de Dima y Ceánuri. Batallón 228 (Mateotti): bajo el mando de José Torre Antuña, esta unidad se distinguiría por su tenacidad en los combates de Rigoitia y el Cinturón de Hierro. Batallón 234 (Somoza): liderado por José Rodríguez Somoza, fue uno de los batallones que más bajas sufrió en Euskadi.
El epicentro del dolor: la lucha por el monte Saibigáin (abril de 1937)
El monte Saibigáin representaba la llave del Duranguesado. Su dominio permitía batir el puerto de Urquiola y observar los movimientos de las reservas republicanas en el valle. La batalla por esta cota, desarrollada entre el 6 y el 15 de abril, constituye uno de los enfrentamientos clave de la guerra en Euskadi.
La participación asturiana fue fundamental dentro de la batalla. Como soldados ya experimentados y fogueados en los combates en torno a Oviedo, los asturianos asumieron la difícil misión de tomar el monte. La superioridad enemiga, la dura orografía y la falta de coordinación sobre el terreno entre los mandos asturianos y vascos fueron los principales obstáculos a los que tuvieron que enfrentarse.
La batalla por el monte Saibigáin: desarrollo de los combates (abril de 1937)
La batalla por el monte Saibigáin constituye uno de los episodios más sangrientos de la campaña de Bizkaia y el verdadero bautismo de fuego de la 1.ª Brigada Expedicionaria Asturiana (denominada inicialmente 2.ª Brigada), bajo el mando del capitán Mateo Antoñanzas. Esta unidad estaba integrada por los batallones milicianos 208 (antiguo nº 8, “Víctor”), 225 (nº 25, “Taboada”) y 243 (nº 43, “Críspulo”), que habían llegado al frente en un momento de máxima presión ofensiva por parte del ejército sublevado.
El 6 de abril, el sector de Urquiola, defendido por el batallón Meabe n.º 2 y el González Peña, se hundió bajo la presión del Tercio de Montejurra y un devastador bombardeo de la Legión Cóndor. Un error trágico de la aviación alemana, que bombardeó sus propias posiciones recién capturadas, generó un caos donde se mezclaron muertos de ambos bandos, inaugurando la “trágica lista del Saibigáin”.
El comandante Juan Ibarrola, jefe del sector, ordenó a los asturianos de la brigada de Antoñanzas recuperar la posición de inmediato. El 7 de abril, los batallones 208 y 225 lanzaron un contraataque que recuperó dos lomas menores (Saibichiqui), pero debieron desistir de la cumbre principal debido a lo que los informes asturianos denominaron “nuevos abandonos de los vascos” en los flancos, lo que dejaba a las unidades expedicionarias en peligro de ser copadas.
El desarrollo de los combates estuvo marcado por la dureza extrema del fuego enemigo, la precariedad de los medios republicanos y las dificultades de coordinación con el mando vasco, factores que condicionaron decisivamente el resultado de las operaciones.
7 de abril: el primer contraataque y la loma de Saibichiqui. Tras la caída inicial del monte en manos de las fuerzas del Tercio de Navarra el 6 de abril, las tropas asturianas iniciaron un contraataque en la madrugada del día 7. El batallón 208, apoyado por el 225, lanzó un asalto frontal que logró desalojar al enemigo de dos de las tres lomas que componían la posición defensiva, entre ellas la conocida como Saibichiqui.
El combate, desarrollado durante aproximadamente una hora, fue intenso y costoso, pero permitió a las fuerzas republicanas recuperar parcialmente el control del terreno. Sin embargo, cuando las unidades asturianas se encontraban en condiciones de avanzar sobre la cumbre principal, recibieron la orden de suspender el ataque. Esta decisión se debió a la retirada de las unidades vascas que cubrían su flanco derecho —en particular el batallón Gordexola—, que había abandonado sus posiciones ante la presión enemiga, dejando expuesta la maniobra asturiana.
El abandono de las posiciones por parte del batallón vasco Gordexola tuvo consecuencias directas y desastrosas para el contraataque asturiano en el monte Saibigáin el 7 de abril de 1937.
Cuando los batallones asturianos 8 (luego 208) y 25 (225) ya habían conquistado dos lomas y estaban a punto de tomar la cumbre principal tras un asalto inicial exitoso, recibieron la orden directa de suspender el ataque y detener su avance. Esta contraorden se emitió porque las fuerzas vascas (el batallón Gordexola) habían abandonado la loma que protegía el flanco derecho asturiano tras ser apenas “ligeramente hostilizados” por el enemigo. Al parecer, el Gordexola, posiblemente por escasez de munición, no había acatado las órdenes de atacar el Saibigáin y había decidido por iniciativa propia ocupar posiciones en el cordal de Eskubaratz.
La situación empeoró a las doce del mediodía, cuando se produjo un nuevo abandono de las tropas vascas, esta vez dejando al descubierto el flanco izquierdo. Este hueco en las líneas obligó a los mandos asturianos a desviar urgentemente dos compañías del batallón 8 para tapar la brecha, impidiendo así que las fuerzas enemigas se infiltraran y avanzaran por ese sector. El abandono de los flancos por parte del batallón Gordexola frustró una ofensiva que estaba a punto de coronar la cima, dejando a las fuerzas expedicionarias asturianas completamente expuestas. Esto las forzó a pasar de la ofensiva a cubrir apresuradamente los huecos defensivos y, finalmente, propició su retirada hacia Mañaria tras ser sometidas a un duro castigo por parte de la artillería y la aviación enemigas.
Este episodio evidencia las dificultades de coordinación entre las distintas unidades republicanas, así como la fragilidad del dispositivo defensivo en el sector.
10 y 11 de abril: órdenes contradictorias y desorganización operativa. Tras unos días de reorganización en condiciones adversas —marcadas por la meteorología, el desgaste físico y la presión constante del enemigo—, el mando republicano ordenó nuevos intentos de recuperación del Saibigáin. Los días 10 y 11 de abril de 1937 estuvieron marcados por intentos fallidos de asalto por parte de las fuerzas asturianas, lastrados por órdenes contradictorias del mando y problemas de orientación en el terreno.
10 de abril: El batallón 225 (antiguo nº 25) recibió la orden de iniciar un ataque de madrugada contra la posición del Saibigáin. Cuando las fuerzas asturianas habían avanzado con éxito y se encontraban a tan solo 30 metros de alcanzar la cumbre, recibieron una sorpresiva e inexplicable contraorden del jefe del sector, el comandante vasco Juan Ibarrola. Esta directriz les obligó a detener el asalto y replegarse a las posiciones que ocupaban en un principio.
La retirada, realizada bajo el fuego enemigo, resultó en bajas inútiles, costándole a la unidad 2 muertos y 10 heridos (aunque algunos diarios de operaciones de la época registraron únicamente 2 heridos). Mientras esto ocurría, el batallón 208 fue trasladado temporalmente a Elorrio.
11 de abril: En la madrugada del día 11, nuevamente bajo las órdenes del comandante Ibarrola, se intentó una nueva incursión protagonizada esta vez por el batallón 208 (antiguo nº 8), que salió desde Mañaria en dirección al Saibigáin con el objetivo de atacarlo. Sin embargo, el total desconocimiento del terreno provocó que dos de sus compañías se desorientaran y se perdieran en el monte.
Esta desorganización obligó al resto del batallón a abortar el asalto y retirarse cuando ya se encontraba en las inmediaciones de la posición enemiga. La unidad regresó a Mañaria para quedar en reserva, sufriendo en este frustrado intento 2 muertos y 3 heridos, y viéndose obligada a abandonar los cadáveres y la munición durante el repliegue.

12 de abril: la conquista del Saibigáin. El 12 de abril de 1937 constituyó una jornada decisiva dentro de la batalla por el Saibigáin, enmarcada en una ofensiva general ordenada por el Cuerpo de Ejército de Euzkadi con el objetivo de rectificar la línea del frente y recuperar posiciones estratégicas previamente perdidas. Entre los objetivos fijados se encontraban el macizo de Altún, las Peñas de Arralde y, de forma destacada, el monte Saibigáin, cuya reconquista fue encomendada a la Brigada Expedicionaria Asturiana.
Durante la jornada, se desarrolló una operación cuidadosamente coordinada. Los batallones asturianos 208 (antiguo nº 8) y 243 (nº 43) se desplazaron desde Mañaria hacia la posición de las Peñas de Artzate , donde ya se encontraba desplegado el batallón 225 (nº 25). Las tropas permanecieron concentradas en este punto durante varias horas, a la espera de la orden definitiva, que no llegó hasta las 17:45 horas, momento en el que se dispuso el inicio de la operación contra el Saibigáin.
El asalto principal se produjo a partir de las 21:00 horas, cuando las fuerzas asturianas se lanzaron al ataque en condiciones nocturnas. El batallón 208 encabezó el asalto frontal, apoyado por dos compañías del batallón 225, mientras que el batallón 243 y el resto del 225 proporcionaban fuego de cobertura, contribuyendo a sostener el avance y a fijar las posiciones enemigas.
El combate se desarrolló con una violencia extrema, prolongándose durante aproximadamente hora y media de tiroteo ininterrumpido. Previamente, la cumbre había sido intensamente batida por la artillería republicana, lo que facilitó parcialmente el avance de la infantería. En este contexto, la combinación de la preparación artillera, la coordinación de las unidades y, sobre todo, el empuje de los milicianos asturianos permitió finalmente doblegar la resistencia enemiga. Hacia las 22:30 horas, la cumbre del Saibigáin había sido tomada.
En el desarrollo de la acción destacaron por su actuación el capitán de ametralladoras del batallón 243, José Ortiz, y el capitán de la 2.ª Compañía del batallón 225, Emiliano García Martínez, cuya intervención fue clave en el éxito del asalto.
La intensidad del combate queda reflejada en el extraordinario consumo de munición registrado en los partes militares de la jornada. Las fuerzas asturianas dispararon 136.000 cartuchos de fusil, 3.000 cartuchos de fusil ametrallador y lanzaron 1.296 bombas de mano, lo que da cuenta del carácter cercano y prolongado del enfrentamiento.
El castigo infligido a las tropas franquistas fue considerable. En la posición se recogieron 50 cadáveres enemigos y se capturaron 9 prisioneros, entre ellos un alférez y un sargento, cuyos interrogatorios proporcionaron información de interés al mando republicano. Asimismo, el botín de guerra obtenido resultó significativo: varias ametralladoras con su trípode, tres cañones de repuesto, una careta antigás, 42 fusiles polacos, un mortero de 50 mm con ocho proyectiles y cuatro proyectiles de 81 mm.
Sin embargo, el coste de la victoria fue extremadamente elevado. La brigada asturiana sufrió casi un centenar de bajas en el transcurso de unas pocas horas de combate, quedando seriamente debilitada. El batallón 208 registró 24 muertos, 10 desaparecidos y 33 heridos; el batallón 225 sufrió 9 muertos, 19 desaparecidos y 40 heridos; mientras que el batallón 243 contabilizó 4 heridos.
De este modo, la conquista del Saibigáin, aunque exitosa desde el punto de vista táctico, se logró a un precio humano muy elevado, dejando a las fuerzas asturianas en una situación de gran desgaste que condicionaría su capacidad para sostener la posición frente a los contraataques enemigos posteriores.
Acciones paralelas en Altún y Altunaga. Mientras la Primera Brigada Expedicionaria Asturiana llevaba a cabo el asalto principal sobre el Saibigáin, otras unidades asturianas —en concreto los batallones 23 y 28, bajo el mando del capitán Ramón Garsaball— actuaban de forma simultánea en el sector contiguo de Altún y Altunaga, desarrollando operaciones paralelas de gran intensidad.
En el caso del batallón nº 23, la ofensiva se inició a las 19:00 horas del 12 de abril. El avance se produjo en condiciones muy difíciles, encontrándose desde el inicio con una fuerte resistencia en la primera línea enemiga. Tras un combate duro y prolongado, los milicianos asturianos lograron superar estas defensas y ocupar la loma de Altunaga, en una acción que evidenció su capacidad ofensiva y determinación.
Sin embargo, el éxito fue efímero. Apenas alcanzada la posición, las fuerzas franquistas reaccionaron con un contraataque inmediato y contundente que obligó a las tropas asturianas a replegarse. A pesar de la retirada, la intensidad del combate fue extremadamente elevada. El batallón 23 llegó a consumir 4.250 cartuchos de fusil polaco, 4.000 cartuchos Mauser y 400 granadas de mano, lo que da cuenta de la dureza del enfrentamiento.
Las pérdidas fueron considerables, incluyendo la muerte del sargento Arturo González Álvarez y del soldado Paulino Díaz Cabal, además de varios heridos. No obstante, durante la acción lograron recoger tres cadáveres enemigos y capturar diverso material, entre el que se encontraba un patín de fusil ametrallador y 17 peines de ametralladora Hotchkiss con 4.200 cartuchos.
De forma simultánea, el batallón nº 28 avanzó a través de un desfiladero en dirección al pueblo de Undurraga. A las 19:10 horas, sus fuerzas lograron coronar un pinar situado entre Baraza y Altún, infiltrándose hasta unos 400 metros de las posiciones enemigas. Desde esta posición, mantuvieron el contacto con el enemigo, abriendo fuego y soportando los disparos durante toda la noche.
En la madrugada del día siguiente, una de sus escuadras se vio obligada a retirarse tras un breve enfrentamiento con fuerzas franquistas que trataban de obstaculizar su avance, lo que refleja la presión constante ejercida por el enemigo en este sector.
En conjunto, estas acciones ponen de relieve que la noche del 12 de abril de 1937 fue escenario de un combate generalizado para las fuerzas asturianas en distintos puntos del frente. Mientras la Brigada Expedicionaria se enfrentaba en el Saibigáin en uno de los episodios más sangrientos de la campaña, los batallones 23 y 28 combatían simultáneamente en el sector de Altún y Altunaga en condiciones igualmente duras. Aunque lograron avances puntuales y ocupar posiciones como Altunaga, la intensidad de los contraataques enemigos y la superioridad material franquista impidieron consolidar estos éxitos.
13 de abril: el contraataque y la pérdida definitiva. El 13 de abril de 1937 supuso la pérdida definitiva del monte Saibigáin para las tropas republicanas y el final de la primera y extenuante intervención de la Primera Brigada Expedicionaria Asturiana en este sector.
El infierno de fuego al amanecer: La victoria conseguida durante la noche anterior tuvo una duración muy breve. Al amanecer, las fuerzas franquistas lanzaron un contraataque masivo con el objetivo de recuperar la cumbre. Los milicianos asturianos, atrincherados en posiciones improvisadas y carentes de abrigos adecuados, tuvieron que soportar una intensa preparación artillera enemiga que se prolongó durante tres horas ininterrumpidas.
Este bombardeo, de enorme intensidad, fue ejecutado de manera conjunta por cañones antiaéreos alemanes de 88 mm emplazados en Ochandiano y por 22 aviones Junkers-52 de la Legión Cóndor, contando además con el apoyo de refuerzos enemigos procedentes de Vitoria. La combinación de artillería y aviación generó una situación insostenible para las fuerzas republicanas.

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Abandono de la posición y pérdida de material. Ante este despliegue de medios —calificado en los partes como un “gran alarde de fuerzas”— y la imposibilidad material de resistir bajo un fuego cruzado tan intenso, las unidades asturianas se vieron obligadas a abandonar la posición que habían conquistado horas antes. El repliegue se produjo de forma precipitada y en condiciones caóticas.
Durante la retirada se perdieron 50 fusiles y un fusil ametrallador; en particular, el diario de operaciones señala que solo el batallón nº 25 perdió 25 fusiles franceses en la huida. Las bajas durante este repliegue fueron muy elevadas: el batallón 8 (posteriormente numerado como 208) registró por sí solo 67 bajas a lo largo del día.
Retirada del frente y reorganización. El nivel de desgaste acumulado por las unidades asturianas resultaba ya insostenible. Desde el inicio de sus operaciones el 7 de abril, la brigada había sufrido un total de 43 muertos, 19 desaparecidos y 134 heridos, reflejo de la intensidad de los combates en el sector.
Ante esta situación, el Jefe de Operaciones del Cuerpo de Ejército de Euzkadi ordenó la retirada de la brigada de la primera línea. Los tres batallones se concentraron inicialmente en Mañaria y posteriormente marcharon hacia Durango. Desde allí, a partir de las 15:00 horas, fueron evacuados en tren hacia retaguardia: los batallones 208 y 225 se trasladaron al cuartel de Basurto en Bilbao, mientras que el batallón 243 fue enviado a Llodio, donde pudo iniciar su proceso de descanso y reorganización.
A pesar de haber sido expulsadas del Saibigáin, las fuerzas asturianas no mostraron signos de desmoralización. Un informe militar redactado ese mismo día señalaba que, aunque el agotamiento físico de los milicianos era evidente tras varios días de combate continuo, la moral de las tropas seguía siendo excelente, lo que pone de manifiesto su capacidad de resistencia y compromiso a pesar de las duras condiciones sufridas.
La batalla del Saibigáin constituye un ejemplo paradigmático de la guerra en el Norte republicano. Por un lado, demuestra la capacidad ofensiva y la determinación de las unidades asturianas, capaces de ejecutar una operación compleja en condiciones extremadamente adversas. Por otro, evidencia las limitaciones estructurales del Ejército republicano, especialmente en lo relativo a la falta de coordinación, la escasez de medios y la inferioridad frente al poder artillero y aéreo del enemigo.

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Sociología del combatiente y crisis final del frente vasco
La llegada de combatientes asturianos y santanderinos a Euzkadi estuvo marcada por importantes tensiones sociales y culturales. Las diferencias políticas y organizativas entre el nacionalismo vasco y las unidades de origen obrero y revolucionario generaron desconfianza mutua. Testimonios como los del periodista George Steer reflejan la percepción negativa que parte del mando vasco tenía sobre estos combatientes, a quienes acusaban de indisciplina.
Uno de los principales focos de conflicto fue el problema logístico. Muchas unidades asturianas llegaron al frente sin armamento suficiente ni suministros, lo que las obligó a requisar alimentos en zonas rurales, provocando enfrentamientos con la población civil y las autoridades locales. A ello se sumaron diferencias culturales, como la presencia de mujeres combatientes en las unidades asturianas, que contrastaba con la política más conservadora del gobierno vasco.
Estas tensiones se manifestaron también en incidentes de orden público, contribuyendo a una imagen negativa de las brigadas expedicionarias. Sin embargo, estas fricciones deben entenderse en el contexto de una situación de guerra extrema, marcada por la escasez y el desgaste continuo.
En el plano militar, la caída del Saibigáin en abril de 1937 marcó un punto de inflexión en el sector de Urquiola y evidenció la creciente incapacidad del Ejército republicano para sostener posiciones clave frente a la superioridad material del enemigo. La pérdida de esta altura estratégica dejó expuesto el dispositivo defensivo del Duranguesado y facilitó el avance progresivo de las fuerzas franquistas hacia el interior de Bizkaia.
Tras estos combates, el frente republicano entró en una fase de desgaste continuo. Las unidades asturianas, gravemente castigadas en Saibigáin, fueron replegadas y posteriormente redistribuidas en distintos sectores del frente, participando en acciones defensivas cada vez más desesperadas. La presión constante de la artillería y la aviación enemigas, unida a la falta de reservas y de fortificaciones adecuadas, impidió estabilizar la línea.
Durante el mes de mayo, la ofensiva franquista continuó avanzando sobre posiciones clave como el Bizkargi, el Sollube o Peña Lemona, obligando a sucesivos repliegues del Ejército republicano. En este contexto, las brigadas asturianas fueron empleadas como fuerzas de choque en sectores críticos, acumulando nuevas bajas y evidenciando signos de agotamiento físico y moral tras semanas de combate ininterrumpido.
La situación se volvió insostenible en junio de 1937. La ruptura del Cinturón de Hierro, principal sistema defensivo de Bilbao, supuso el colapso definitivo de la resistencia organizada en Vizcaya. La desorganización de las líneas defensivas, la falta de coordinación entre unidades y la superioridad técnica del enemigo aceleraron la caída del frente.
En este escenario, las brigadas asturianas participaron en los combates finales en condiciones extremadamente adversas, enfrentándose a una retirada progresiva y desordenada. A pesar de ello, algunas unidades desempeñaron funciones relevantes en la cobertura de la retirada y en la evacuación de material, contribuyendo a evitar un colapso aún más caótico.
La caída de Bilbao el 19 de junio de 1937 no solo supuso la pérdida del principal núcleo industrial del Norte republicano, sino también el fracaso definitivo del intento de sostener un frente coordinado entre Euzkadi, Santander y Asturias. Para las brigadas asturianas, esta fase final representó la culminación de un proceso de desgaste iniciado en combates como el de Saibigáin, donde, pese a su capacidad combativa, quedaron expuestas las limitaciones estructurales del esfuerzo militar republicano.
Asturianos muertos en Saibigain, relación en PDF

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Archivo Histórico de Asturias (A.H.A.). (s. f.). Fondos documentales guerra civil.
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Nota Asturias Laica
Con ocasión del homenaje, este pasado domingo, que Asturias y Euskadi han rendido a los desaparecidos en la batalla de Saibigain en 1937, en el blog de Asturias Laica:
Luz y reparación para los milicianos asturianos muertos en el ‘monte de la sangre’

















