La indignación de Henri Flachon

De lo nuestro / Historias heterodoxas por Ernesto Burgos

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico / Alfonso Zapico
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Ernesto Burgos, La Nueva España, 18 de diciembre de 2024

«Las Dominicales del Libre Pensamiento» fue un periódico editado en Madrid que llegó a los lectores cada semana desde el 4 de febrero de 1883 hasta el 27 de agosto de 1909. Descontando las prohibiciones gubernamentales, fueron 1.218 ejemplares que hoy serían difíciles de publicar por los artículos furibundamente anticlericales que siempre acompañaban a otras informaciones culturales y políticas.

En sus números podemos encontrar todas las corrientes heterodoxas que enmarcaron un momento tan delicado como el desastre del 98 y la pérdida de las colonias, con lo que ello supuso para este país. Entre sus firmas vemos desde personajes tan destacados como los expresidentes de la I República, Francisco Pi y Margall y Emilio Castelar, hasta sencillos colaboradores de todos los rincones de España y también mujeres, lo que resulta más extraño de encontrar en la prensa de la época.

Por ejemplo, la gaditana Amelia Carvia y la asturiana Rosario de Acuña, ambas sufragistas y masonas, tuvieron en el periódico un magnífico altavoz para dar a conocer las ideas feministas. Y junto a republicanos y masones, también encontramos en «Las Dominicales» a simpatizantes del espiritismo y la teosofía, que entonces estaban muy en boga en toda Europa. Todos unidos en su crítica contra la Iglesia católica.

Cada número tenía cuatro páginas y una de sus características era el espacio que se dedicaba a los comentarios y las noticias que mandaban los mismos suscriptores desde cualquier pueblo, contando casi siempre los abusos de los párrocos. En varias ocasiones llegaron protestas desde la Montaña Central denunciando las injerencias de los curas para dificultar los matrimonios o los entierros civiles que crecían en número en la misma medida que lo estaban haciendo los afiliados a las organizaciones obreras.

Hoy les traigo una de esas cartas que se envió desde Trubia el 24 de marzo de 1885 relatando un episodio curioso. La firmó un francés llamado Henri Flachon y el director del diario prefirió imprimirla en ese idioma, lo que también nos indica el buen nivel cultural que debía tener una buena parte de los lectores.

Alfonso Zapico
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Según él, lo hizo así para evitar poner en castellano ciertas cosas que le causaban una gran vergüenza como hombre y como español y de la misma forma se abstuvo de todo comentario porque seguramente le llevaría demasiado lejos y quería evitar otro de los cierres con los que el Gobierno castigaba de vez en cuando a su periódico. De cualquier forma, lógicamente yo les presento esta misiva traducida:

«Monsieur: He tenido el honor de escribiros el martes pasado para informar de la aventura que nos ha pasado en Mieres y que ocupa todas las conversaciones en Asturias. Habiendo escrito mal la dirección supongo que esta carta no ha llegado. Así que aquí está de nuevo la exposición de los hechos.

Hace unos meses pasó por allí el cura de Mieres portando el viático; mi hermano y yo al verlo venir de lejos decidimos entrar en el ayuntamiento para no encontrarnos en el paso de la procesión y para no saludar algo que nuestro modo de pensar se niega a admitir. Cuando juzgamos que el sacerdote debía de estar lejos con sus fieles, salimos y con gran sorpresa vimos detenerse la procesión a cien metros del edificio municipal. Tan pronto como él nos vio salir nos dio la orden de descubrirnos. Mi hermano y yo nos negamos a cumplir con esta increíble provocación y seguimos nuestro camino.

Al día siguiente el sacerdote presentó denuncia ante el juez de Mieres; este último pidió testigos y el sacerdote llevó tres, que declararon que no podíamos haber insultado a la religión cristiana puesto que nos habíamos retirado. Pero el caso se juzgó hace 15 días en Mieres y el cura tuvo tiempo de forzar a los testigos que dijeron esta vez ni más ni menos que lo contrario que en su primera declaración. Nos sentenciaron a cinco días de prisión y 25 francos de multa por medio de estos falsos testimonios. Recurrimos en Oviedo y no daremos marcha atrás e iremos a Madrid.

Entrego a la publicidad de tu valiente diario estos hechos que prueban de alguna manera hasta qué punto de intransigencia y de autoridad han llegado los curas en tu país desafortunado, que no recuperará la grandeza de antaño y su rango entre las naciones hasta el día en que se vea liberado de este terrible flagelo de las naciones llamado el clero.

Dentro de unos días, tendremos que regresar a París y apenas podremos hacer creer lo que está pasando en España a finales del siglo XIX. Esperando, señor editor jefe, que tendrá la amabilidad de publicar esta carta reciba mi más alta consideración. Firmado: Henri Flachon«.

Como vemos, una vez más los hechos concretos y puntuales vienen a contradecir lo que se escribe en los manuales de historia. Cuando el francés fue llevado a los juzgados por no descubrirse al paso de una procesión, estaba vigente la Constitución de 1876 que reconocía el derecho de asociación y las libertades de imprenta y de enseñanza, y también en su artículo 11 la tolerancia religiosa para la práctica privada de las religiones, sobre la base del reconocimiento del catolicismo como religión oficial: «La Religión católica, apostólica y romana es la del Estado. La nación se obliga a mantener el culto y sus ministros. Nadie será molestado en el territorio español por sus opiniones religiosas, ni por el ejercicio de su respectivo culto, salvo el respeto debido a la moral cristiana. No se permitirán, sin embargo, otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado».

El 19 de junio de 1911 volvió a repetirse en Mieres la misma escena, aunque en esta ocasión con protagonistas locales y un sacerdote más iracundo, que en vez de recurrir a los jueces se tomó la justicia por su mano. Ya se lo he contado hace veinte años, pero supongo que no sobra recordarlo.

Esa tarde, otra procesión cruzaba el barrio de La Villa cuando un grupo de mozalbetes, de entre 16 y 20 años, tampoco se descubrió al paso de las imágenes. Entonces, uno de los frailes pasionistas que formaba parte de la comitiva consideró que aquello era una ofensa al culto y se dirigió hasta uno de los rapaces para aventarle la boina de un manotazo. Esta ya fue una acción violenta, pero aún más lo fue la intervención de otro de los religiosos que abría la marcha con un estandarte y para sorpresa de todos decidió aprovecharlo como arma, primero como garrote, golpeando con él al joven y luego como lanza para volverlo por el lado del recatón y empujarlo contra la pared.

El diario «El Noroeste» identificó al agresor como un tal «padre Toro», sin dar más detalles sobre su nombre, y contó como en esta ocasión la reacción popular estuvo a punto de provocar un drama, ya que parte del público se enfrentó a él recriminando su violencia y fue necesaria la intervención de la Guardia Civil para evitar que la cosa pasase a mayores. De cualquier forma, la procesión se suspendió.

El periodista también quiso recordar que España era el refugio de muchas órdenes religiosas llegados desde Francia a partir de 1904, cuando en aquel país laico se les había alejado de las escuelas expropiándoles numerosos edificios y calificó a «los frailes que aquí por desgracia nos tocaron al verificarse la desbandada en la vecina república» como «esa gente sin cultura que nuestros vecinos los franceses nos importaron en un rato de mal humor».

También en España el presidente José Canalejas, de orientación liberal progresista acababa de promulgar en diciembre de 1910 la llamada «ley del candado» prohibiendo por dos años el establecimiento de nuevas congregaciones religiosas sin autorización expresa; sin embargo, parece que las que estaban implantadas no tuvieron problema en mantener sus privilegios.

Y la cosa no quedó ahí. El Viernes Santo de 1913, cuando la procesión del Entierro estaba a punto de finalizar volvió a repetirse una escena parecida, aunque en esta ocasión fue un representante de la autoridad quien le quito la gorra a otro joven descreído que se la había dejado puesta al paso de las cruces y tras propinarle unos mamporros delante de sus compañeros lo condujo hasta el «cuartón» municipal. Inmediatamente, una comisión de obreros socialistas acudió al Ayuntamiento y aunque el alcalde se comprometió a ponerlo en la calle inmediatamente, a las ocho de la tarde continuaba encerrado.

A esa hora, estaba preparada para salir otra procesión nocturna y se produjo el inevitable enfrentamiento con la Guardia Civil que la acompañaba: hubo alborotos, carreras y palos y al día siguiente el secretario del Sindicato Minero, Manuel Llaneza, tuvo que prestar declaración y fue conducido hasta la cárcel de Pola de Lena donde pasó encerrado seis días por interrumpir el culto católico.

El francés Henri Flachon no podía imaginar las consecuencias que todo esto iba a traer en la década de 1930

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