La cuarta pregunta

agosto 9, 2021

La respuesta es fácil. Entenderla no lo es en absoluto. Las religiones han pretendido requisar las respuestas desde hace 10.000 años, en los orígenes del neolítico, y quién sabe desde cuánto más atrás, pero jamás han dado ni una. 

¿De dónde venimos? ¿qué somos? ¿adónde vamos? de Paul Gaugin, 1897 (fragmento) / Fuente

Javier Sampedro, El País, 9 de agosto de 2021

De dónde venimos, qué somos, adónde vamos, tituló Gauguin un cuadro tahitiano de 1897 que, francamente, no parece guardar una relación obvia con esas tres cuestiones profundas que atormentan a la humanidad desde la noche de los tiempos. No es que el gran pintor parisino hubiera caído víctima de un calentón metafísico. Más bien estaba dando cuenta de lo que le preguntaban todos los nativos de la isla polinésica en cuanto le veían: quién eres, de dónde vienes y adónde vas. En fin, los rudimentos de la cortesía internacional.

Un siglo antes, Kant había enfocado la cuestión de una manera más sobria y analítica. El pensador de Königsberg (Prusia Oriental), un icono de la Ilustración, concluyó que toda la filosofía cabe en cuatro preguntas: qué puedo saber, qué debo hacer, qué me cabe esperar, qué es el ser humano. Kant también percibió que las tres primeras preguntas se reducen a la cuarta. Lo que puedes saber, lo que debes hacer y lo que te cabe esperar depende por entero de lo que seas. Un mono no puede aprender la teoría de la relatividad así lo tengas encerrado media vida en la oficina de patentes de Berna y otra media en el gabinete del doctor Caligari.

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El sentido de la vida

agosto 8, 2021

Hay grados de ateísmo en la ciencia. Newton reconocía la existencia de Dios, Einstein lo identificaba con la elegancia matemática del Cosmos y Steven Weinberg rompe la báscula

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Steven Weinberg, premio Nóbel de Física fallecido el 23 de julio de 2021

Javier Sampedro, El País, 8 de agosto de 2021

Con Steven Weinberg (1933-2021), el mundo no solo ha perdido a uno de los grandes físicos de la historia, sino también a uno de los ateos más correosos de nuestro tiempo. “Cuanto más comprensible parece el universo, menos sentido parece tener”, escribió en su influyente libro de 1977 Los primeros tres minutos del Universo. Ese punto de vista desolador le procuró los vituperios del público y las críticas de sus propios colegas. Los creyentes, como es natural, lo vieron como una embestida a su Dios, su fe y su sed de trascendencia. Lo que inquietaba a los científicos, sin embargo, era una cuestión aparentemente similar, pero muy diferente en el fondo.

Hay grados de ateísmo en la ciencia. El grado cero es el de Newton, que pese a haber descubierto el mecanismo matemático que rige los cielos, era en realidad un fervoroso creyente que interpretó sus hallazgos como una prueba de la existencia de Dios: “Este precioso sistema del Sol, los planetas y los cometas solo puede emanar del consejo y el dominio de un ser inteligente y poderoso”, escribió en los Principia de 1687. Vale que en la época convenía tener cuidado con estas cosas, vistas las que habían pasado Kepler y Galileo con la santa madre Iglesia. En el siglo anterior, Copérnico ni siquiera se había atrevido a publicar en vida su modelo heliocéntrico. Cabrear a los obispos seguía sin parecer una buena idea en tiempos de Newton.

Darwin, que estudió teología en Cambridge y se vio obligado a abandonar poco a poco esa doctrina por culpa de sus propios hallazgos, teorizó correctamente que todos los seres vivos que pueblan la Tierra provienen “de uno o unos pocos organismos muy simples y primordiales” ―hoy los llamamos bacterias y arqueas―, pero nunca se atrevió a ir más allá, hasta la generación de la vida a partir de la materia inerte, y dejó así un margen de actuación para el Dios de los cristianos.

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Coronavirus: La fe pierde puntos

abril 11, 2020

Javier Sampedro, El País, 11 de abril de 2020

Para un ateo como yo, la cualidad más asombrosa de las religiones es su plasticidad, su resiliencia, su capacidad para adaptarse a cualquier nuevo entorno tras estrellarse contra el duro suelo de la realidad. No pretendo criticar ese talento, más bien quiero elogiarlo, y hasta creo que otras instituciones y corporaciones harían bien en copiarlo. Adaptarse o morir. En un sentido profundo, ese es uno de los cimientos de la ciencia. La teoría más bella y elegante vale menos que un dato bien tomado que la contradiga. Pero la religión ha sufrido en estos días y semanas una ducha de realidad para la que, tampoco ella, estaba preparada, y sus reacciones han sido bien interesantes, a veces poéticas.

“No deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”, le soltó el papa Francisco a la Virgen del Divino Amor el 11 de marzo. En el lenguaje laico, eso quería decir que el líder católico acataba las medidas antipandémicas que acababa de declarar el Gobierno italiano, incompatibles con los atascos humanos que se suelen producir en la plaza de San Pedro. De hecho, la Virgen del Divino Amor reside a 30 kilómetros del Vaticano, que es desde donde el Papa emitió su mensaje profiláctico. Pese a su poesía gongorina, Francisco se portó de acuerdo con los criterios científicos, lo que es muy de agradecer. Aunque hubo en España alguna misa evangelista que tuvo que dispersar la policía, ninguna voz de la jerarquía se ha opuesto a la suspensión de las procesiones de Semana Santa. Han entendido perfectamente los argumentos de la razón sanitaria y han emitido ese mensaje a sus fieles. Lee el resto de esta entrada »