El Holocausto franquista: los judíos a los que el dictador no quiso salvar

enero 28, 2025

El régimen se negó a repatriar a los judíos sefardíes y condenó a miles a morir en las cámaras de gas mientras diplomáticos españoles en diferentes países pedían que se les extendieran documentos para salvarlos. «Por la gracia de Dios y la clara visión de los Reyes Católicos, hace siglos nos liberamos de tan pesada carga«, Francisco Franco.

Una de las muchas soflamas antisemitas que vertió Francisco Franco
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Carlos Hernández, El Diario, 28 de enero de 2024

Berlín, verano de 1943. Los diplomáticos franquistas que trabajan en la embajada española de la capital del Reich son plenamente conscientes de que sus aliados nazis están exterminando a la población hebrea. Saben, también, que tienen una baza para salvar a miles de ellos de las cámaras de gas.

Bastaría con que informaran a los dirigentes alemanes de que España, nación amiga, está dispuesta a proteger y a repatriar a los judíos sefardíes, apelando a su origen hispano. Algo tan sencillo como sellarles un documento oficial que les reconociera como compatriotas supondría un pasaporte hacia la vida. Pero Francisco Franco, a través del Ministerio de Asuntos Exteriores, había ordenado a todas sus embajadas en la Europa ocupada por Hitler que solo se preocuparan por aquellos judíos “de indiscutible nacionalidad española”.

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La Iglesia española y la propaganda antirrepublicana del Miedo: el antijudaísmo

agosto 1, 2022

Los judíos, para la iglesia española, eran malévolos en su difusión del libertinaje moral pero también como propulsores del bolchevismo. Resultaban un peligro constante para la Fe y el contacto con ellos era una amenaza permanente para los cristianos. El antijudaísmo de la derecha española buscaba su conversión religiosa y no su desaparición étnica. 

Lucio Martínez Pereda, Nueva Revolución, 1 de agosto de 2022

El miedo resulta fundamental en la propaganda política. Movilizado como temor ante la pérdida de un bien tiene gran capacidad para influir en las toma de decisiones políticas de la ciudadanía. La llegada de la república en 1931 supuso la apertura de un horizonte de incertidumbre. El futuro al que se tenía temor aún no se había manifestado en ninguna realidad conocida. El peligro, que aun carecía de rostro concreto, podía ser múltiple. La falta de conocimiento sobre el desenlace de los hechos futuros derivó en la posibilidad de que los escenarios y contenidos de ese miedo fueran innumerables. La toma de conciencia de múltiples amenazas fue astutamente desencadenada por un conjunto propagandístico que consiguió enlazar unos temores con otros y estimular un estado de consciencia colectiva de peligro. La estrategia de esta propaganda abierta coincide con la estructura psicológica del miedo humano. Jean Delumeau en su magnífica obra “El miedo en Occidente” hablaba de un miedo único, idéntico a sí mismo e inmutable en las especies animales: el miedo a ser devorado. El miedo humano, en cambio, hijo de la imaginación, no es uno sino múltiple, no es fijo sino perpetuamente cambiante. Esta condición de apertura e indeterminación del miedo humano fue aprovechado por la derecha española como basamento psicológico para activar toda la propaganda antirrepublicana.

Desde abril de 1931 la anterior sensación de seguridad de la etapa monárquica desapareció con la llegaba de la república. Los católicos perdieron la seguridad en sí mismos. El sentimiento religioso y la perdida de seguridad ligada al cambio de régimen fue un factor de cohesión social común a las distintas ideologías de derechas, hábilmente recogido por la propaganda. La apelación a la inseguridad y a la religión dañada se activaron como factores de cohesión situados por encima de las diferencias ideológicas de los partidos de derechas.

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