Meter las procesiones con calzador en ciudades donde no tenían tradición las convierte en espectáculos vacíos de su sentido original, poco más que cabalgatas orientadas al turismo

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Silvia Cosio, Ctxt, 13 de abril de 2026
Me gustan mucho más las vacaciones de Navidad que las de Semana Santa. Y tengo razones más que convincentes para defender las primeras frente a las segundas. En primer lugar porque las vacaciones de Navidad son más largas y en segundo lugar, pero no menos importante, porque me gusta tanto dar como recibir regalos. Y además, cuando terminan, comienzan las rebajas. Son todo ventajas. Sin embargo las de Semana Santa se me hacen cortas, mi madrina y mi padrino hace ya muchos años que nos dejaron –demasiado pronto– y mi ahijado –mi hermanín pequeño– es ya un señor con barba, así que cero regalos para dar y recibir. Como punto a su favor, eso sí, hay que reconocer que es bastante probable que durante la Semana Santa tengamos buen tiempo, o algo parecido.
Y como a mí lo de ser creyente me duró de los nueve a los once años, estas fechas son simplemente días de asueto adornados con una serie de rituales vaciados de su sentido original, por lo que prefiero mil veces las Saturnales que los cristianos robaron a los romanos que esta apología del luto, la peineta, el himno nacional y la Legión y su uniforme XXXS de botones reventones y pecho depilado que acabamos de pasar.
Que el calendario laboral y lectivo lo sigan marcando efemérides cristianas es algo que deberíamos empezar a cuestionarnos seriamente como sociedad, por eso de adaptar los descansos a las necesidades escolares y laborales y por respetar la cosa esa del laicismo, de poner el bien común y público por encima de los intereses particulares y las cuestiones privadas.
Porque la fe es una cuestión privada. Y hasta se puede defender que la fe como cuestión privada que es no debería importarle a nadie ni ser cuestionada siempre y cuando esta se mantuviera en el ámbito de la privacidad y no se quisiera imponer a los demás. Lo que no sucede nunca. Porque la fe religiosa, al igual que el patriotismo, nacen como imposición y también como oposición, nutriéndose de la tensión y el enfrentamiento. Son pura antítesis que para sobrevivir han de rechazar la posibilidad de alcanzar la síntesis, el consenso. Se cree en un dios frente a otro/s dios/es, al igual que se defiende una nación frente a todas las demás.
Pero la fe –como el patriotismo– se sustenta, por encima de todas las cosas, en la abdicación de la Razón, que es sustituida por las pasiones y los miedos. Es pura sentimentalidad. Pero también consuelo. De ahí su éxito. Por eso es tan fácil -y peligroso- aplicar la “lógica” de la religiosidad y la fe a otras esferas: la política, la música, la literatura, el cine… entendidos en términos de absolutos y de confrontación. Pero también como herramientas que dan sentido a nuestra existencia ante la incertidumbre, el cambio o la insatisfacción personal. Cuando nuestro propósito vital está regido por la fe -laica o religiosa- desaparecen los matices, la posibilidad de discrepar, de experimentar, de incorporar otras visiones, otras formas de interpretar el mundo, pues solo cabe la ortodoxia y la subordinación ante el principio de autoridad, representado por la cúpula eclesiástica, el líder del partido o Sorrentino.
Es por eso mismo que la fe es un instrumento de salvación individual, no un artefacto de emancipación colectiva. Como pura subjetividad y emocionalidad, aunque sea compartida por muchos, es personal e intransferible pero también profundamente egoísta y revanchista; no solo garantiza la salvación propia, también el castigo al discrepante, al hereje, al descreído. Por eso cuando se ve amenazada, cuando se comienza a convertir en un eco del pasado, en un síntoma de una enfermedad que empieza a curar, se vuelve agresiva y ostentosa. Pura performatividad para disimular su irrelevancia, pero también pura provocación con la que sustentar su falso discurso de víctima.
En tiempos de Modernidad, de predominio de la Razón -a pesar de los embates de la Reacción-, la religiosidad se utiliza siempre como un arma arrojadiza contra el laico, el civil, el discrepante y lo común, de la misma forma que los patriotas te echan a la cara la bandera y el himno. Que en las procesiones de Semana Santa banderas e himnos de España se mezclen con la simbología católica y la apología de la muerte y el sufrimiento no es un hecho anecdótico, sino la consecuencia lógica de su razón de ser: identitarismo con la Legión de comparsa.
En tiempos de guerras culturales de la extrema derecha contra todos los principios de la Modernidad y los avances del movimiento obrero, del feminismo y del pensamiento LGTBIQ+ y decolonial, los ayuntamientos españoles, en manos de bi/trifachitos -por la incapacidad de la izquierda de estar a la altura cuando se la necesita-, han visto en la Semana Santa y en las procesiones su oportunidad de oro. Sin embargo meter con calzador en un país cada vez más laico y alejado del tenebrismo católico las procesiones y las madrugás y demás paradas de los monstruos, en ciudades donde estas no tenían ni tradición ni sentido, las convierte en espectáculos vacíos de su sentido original, poco más que cabalgatas orientadas al turismo. Ecos de un mundo agonizante.

















