Llaman ideología de género a cualquier agenda de igualdad, como si abominar del racismo pudiera llamarse ideología de raza

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Enrique del Teso, Nortes, 8 de marzo de 2025
De pequeños nos entretenían con dibujos de cosas que, al juntarlas, formaban una distinta que no tenía nada que ver con los dibujos de partida. En política lo vemos a diario. Cada uno coge trozos de la actualidad y compone y recompone con ellos el relato que le da la gana. Ayuso cogió el poco ruido con el que nos fuimos deslizando hacia este 8M y lo juntó con Errejón, la acusación a Monedero y otras hojarascas, para componer el dibujo de una izquierda desenmascarada, que se calla avergonzada por no tener nada que decir. Y, apoyándose sobre las hojas de ese rábano, se anima con lo de cuándo se hace el día del hombre, que también mueren en las guerras, si de víctimas va la cosa. Y cuando tiene razón tiene razón.
No la tiene en que la izquierda se calla porque está para callarse. Si hay caso Errejón, es por las políticas de la izquierda en las que fueron permeando las luchas feministas, con la feroz oposición de las derechas. Y si Errejón sintió insostenible su situación, es porque militaba en un partido de izquierdas. En los primeros dos mil, todavía uno podía cometer abusos sexuales sin dejar de pavonearse por la vida pública, como bien sabe Nevenka. Y ahora en un partido de ultraderecha todavía se puede llegar a cargos públicos con abusos a cuestas y pactar gobiernos con el PP. Es la izquierda la que hizo inadmisible el abuso y es la izquierda quien no lo digiere en su interior, siempre al calor de la caldera feminista. La izquierda está para hablar, y fuerte, el 8M.
Pero decía que cuando tiene razón tiene razón. Feministas y partidos de izquierda, como dice Ayuso, dieron poca matraca en los días preparatorios del 8M. Pero no por la bobada que ella dice. La verdad es que el sentimiento dominante es la perplejidad.
La perplejidad es algo más que indecisión, es un tipo de parálisis. Se cae en ese estado por el estupor ante lo inesperado y por el desamparo ante lo complejo. La parálisis del perplejo es contraria a la movilización. La incredulidad y la desorientación inducen desmovilización. Otra vez Trump, claro. Cuando el capitán Picard de Star Trek, tras un viaje en el tiempo, ve la primera nave con motor de curvatura, la toca con sus dedos ensimismado. El androide Data le pregunta si la sensación táctil añadida a la visual hacía que la sintiera más real. No es que Trump y Musk estén haciendo cosas que no los creyéramos capaces de hacer. Pero, como le pasaba a Picard, una cosa es saberlo y otra palparlo. Palparlo nos deja perplejos.
El primer componente de la perplejidad es el pasmo ante lo inesperado. Trump, dicen los analistas del imperio, practica un tipo de cinismo desvergonzado que, desde cierto punto de vista, puede llamarse realismo. Lo realista es no buscar conflicto con los fuertes y vapulear a los débiles. Es un realismo de toda la vida. Margaret Thatcher fue altiva e implacable con Argentina, por el asunto de las Malvinas, y se humilló y permitió que la llamaran vieja vaca en China, por el asunto de Hong Kong. EEUU no está preparado para una guerra con China y tendría un coste absurdo buscar las cosquillas a Rusia. A los demás, amigos o enemigos, se les recuerda que les puede caer una hostia y que conmigo poco y sin mí el infierno. En una escena rápida le dijo a Zelenski que había perdido la guerra y a Europa que no pinta nada. Como digo, hay ángulo desde el que se puede llamar política realista a esto.

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El segundo componente de la perplejidad es la complejidad. Dos dictadores, Trump y Putin, poderosos y «realistas», le dicen a Europa que se hará en Europa lo que ellos digan. Las oligarquías financian a sus mastines de ultraderecha y ponen su empeño en teñir nuestra convivencia con el odio, exclusión, agresividad, desigualdad y autoritarismo que les es propio. Con una propaganda eficaz, unos medios que muestran el mundo distorsionado que ellos necesitan y una reverberación bien estudiada de sus falsedades y zafiedades en las redes, consiguen inflamar resentimientos en amplias capas de la población y que sientan rebelde y liberador apoyar a los mastines de los ricos. Quieren en la gente más odio a progres, estudiados y feministas que exigencia de sanidad y pensión.
Trump dice que su país fue un país de pardillos, que todo el mundo se aprovechó de ellos, que abrieron sus fronteras a inmigrantes hasta hacerse una hernia y que los progres abusaron de esa población bonachona e incauta con sus chorradas woke para sacarles los cuartos. Todo ataque finge ser una defensa, todo abusón finge estar harto de que abusen de él. Es todo tan complejo como para sentirse atónito. Ursula von der Leyen, como una gallina ciega manoteando, sale de la confusión exultante con lo de los 800.000 millones de euros en armamento y toda la tecnología que nos darán las armas. Trump y Putin deben troncharse de risa. Las portadas rugen que la UE, por fin, actúa. Mala señal es que coincidan los periódicos. Tanto bajan las aguas europeas, que Macron vuelve a ser visible, como esos pueblos anegados en pantanos que vuelven a asomar en momentos de sequía.
Trump dio orden de cerrar el Departamento de Educación. No es nuestro Ministerio de Educación, pero es una barrabasada parecida a la de cerrar el MEC. No se habló gran cosa de esto. No es que a la izquierda ya no le preocupen la educación y el conocimiento. Es que, en el ruido de la balacera, casi ni se ve la educación. Cuando la amenaza aprieta, los debates se adelgazan y el foco se desplaza a la urgencia crítica. Es lo que le pasa al 8M este año. Habrá movilización, pero por la inercia de las cosas cíclicas y por la reacción que suscita la desfachatez e impudicia de los ultras. El relativo silencio previo no es por Errejón. Es el silencio de la perplejidad y el desconcierto.
La ultraderecha, incluidos los pliegues más reaccionarios de las derechas clásicas, tienen una aversión especial al feminismo y la igualdad. La expresan como expresan lo demás. No tienen principios confesables que oponer a la idea imbatible de la igualdad de derechos y roles en lo profesional, social y familiar. Se enfrentan a las ideas que no pueden combatir atacando a sus portavoces, intentando denigrar a progresistas y feministas, fantaseando chorradas de guerra de sexos y odio a los hombres y delirando chiringuitos de aprovechadas.
Llaman ideología de género a cualquier agenda de igualdad, como si abominar del racismo pudiera llamarse ideología de raza. Es la pieza predilecta de los ultras en la guerra cultural. La guerra cultural es en parte una de sus cortinas de humo para que no reparemos en la eliminación de impuestos a los ricos, en la privación de servicios para los demás y en la eliminación de regulaciones para que no haya más regla que la de los ricos.
Pero solo en parte es para eso. Recordó en un artículo reciente Alba Rico que la Iglesia, como decía Stalin, no tenía ejército. Pero tiene una capacidad única para compactar multitudes y construir colectividades. De eso va la guerra cultural. Crear cuerpo social es poder.
En el 2023 Justo Braga recordó las cifras que sintetizan lo más mostrenco de la desigualdad, que es la violencia de género (no costaría actualizarlas con los datos de 2024): en 2023 murieron por violencia machista en España 53 mujeres; desde 2003 eran ya 1237; 51 huérfanos y huérfanas en 2023 y 428 desde 2013. Son cifras parecidas a las que dejaba ETA cuando existía. Estos son los picos de infamia de una desigualdad que se manifiesta en muchos otros aspectos, más aparatosos unos que otros.
Hay dos evidencias ligadas al 8M: una es que las mujeres tienen exactamente los mismos problemas que los hombres, y siempre uno más, con notables consecuencias; y otra es que el feminismo es el movimiento que frena con más contundencia a la ultraderecha. Del dato machacón de que los jóvenes varones se inclinan a la ultraderecha se deduce la resistencia femenina a tal ideología. Pero no se olvide que Die Linke (el partido de izquierda alemán) fue el mayoritario entre los y las menores de 25 años. El 8M reivindica lo justo, irrita al facherío y flota como una certeza en la perplejidad y la confusión. Que sea un feliz 8M.

















