Sobre el uso de la razón

Una reflexión sobre la importancia del raciocinio en la argumentación

Luis Fernández González, presidente de Asturias Laica
La Nueva España, 9 de julio de 2018

Leo con detenimiento una amplia reflexión sobre “el capitalismo y la pérdida del sentido moral originario del socialismo histórico” publicada en su diario con la firma de Francisco Javier Martínez, arzobispo***. Comienza con una reflexión sobre el presente que resulta asumible: “Es probablemente muy ingenuo, en el mundo en el que estamos, esperar que en un debate político se pueda introducir una razonable medida de razón”. El avance en la estructura de razonamientos del escrito me depara una primera sorpresa: “Ese amor a la razón, ese recurso a la razón, es tarea de la Iglesia como una de las exigencias primeras y más profundas de su fe en Jesucristo”. ¿Es posible que una iglesia que predica una fe fundamentada en un misterio (el de la santísima trinidad) y dos milagros (el fundacional de la resurrección de Jesucristo y el permanente de la transubstanciación) pueda tener como una de sus exigencias primeras el recurso a la razón? ¿Dónde queda entonces lo de la virginidad antes, durante y después del parto?

Dice Foucault que “el problema principal, cuando la gente intenta racionalizar algo, no consiste en buscar si se adapta o no a los principios de la racionalidad, sino en descubrir cuál es el tipo de racionalidad que utiliza”. Parece necesario abandonar la sorpresa e intentar descubrir el tipo de racionalidad del autor del escrito. Posiblemente arroje para ello alguna luz la descripción que hace de cómo materializó esa tarea (el recurso a la razón) la iglesia ya desde el principio: “Como lo fue en los primeros siglos del cristianismo, cuando tuvo que abrirse paso entre la proliferación selvática de “sentimientos religiosos” y de gnosticismos de todas clases”. La descripción de la realidad cultural del momento fundacional resulta un poco inquietante.

Pero más preocupante es la referencia a la aplicación de la racionalidad por parte de la iglesia con la expresión “abrirse paso”. Con ese modelo de racionalidad pasa a analizar la realidad. Comienza de una forma rotunda: “La introducción de un proyecto de ley sobre la eutanasia pertenece a ese tipo de cuestiones “virales”, donde, como en las guerras, la primera víctima es la verdad. La verdad, y la razón como vía de acceso a ella. Lanzado justo antes del verano, agazapando en su retórica falsamente compasiva motivos tan poderosos como el ahorro en gastos médicos y de Seguridad Social, es una de esas cuestiones, como el nacionalismo, como la ideología de género, como el optimismo felizmente reinante, que tienden a desalentar el recurso a la inteligencia”.

Según su análisis la introducción del proyecto de ley sobre la eutanasia ¡tiene el mismo efecto que las guerras en cuanto a que destruye la verdad, y la razón como vía de acceso a ella! Supongo que lo dice viendo como descalifica, sin análisis, todos los razonamientos de los que defendemos su necesidad (retórica falsamente compasiva) y afirma dogmáticamente (¿dónde está la razonable medida de razón?), con la sola idea de denigrarlo, que los poderosos motivos que impulsan el proyecto son “el ahorro en gastos médicos y de Seguridad Social”. Para dejar clara su postura equipara el hecho (sin razonamiento alguno) al nacionalismo y la ideología de género y condena a todos ellos como negadores del recurso a la inteligencia. Remata su análisis  mezclando infundada y malintencionadamente a los condescendientes con los coletazos coloniales (se olvida del colonialismo genocida de Israel) con los defensores del proyecto de ley “Por otra parte, no me escandalizo en absoluto por la propuesta de la eutanasia, en un mundo… que tolera sin rechistar la destrucción de Libia, o de Siria e Irak, o de grandes partes de África…” para cerrarlo con un “razonado” vaticinio de solución: ”Quienes son capaces de tan heroicas hazañas… no ganarán la guerra… La guerra está ya ganada, desde hace dos mil años, en el abrazo infinito de Dios a esta humanidad nuestra que no lo merece (que no lo ha merecido nunca), y que, sin embargo, está ya para siempre unida al destino y al triunfo de Jesucristo”.

¡El que me escandalizo soy yo!

 

*** Nuestra vida, nuestro piso, nuestra tierra...
La política capitalista que fomenta la eutanasia y la pérdida del sentido moral originario del socialismo histórico.

Fco. Javier Martínez, Arzobispo de Granada.
La Nueva España, 7 de julio de 2018

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