La palabra desorden | Martín Caparrós

Teníamos una buena cantidad de acuerdos y hemos dedicado estas últimas décadas a romperlos

Un hombre parado escucha música mientras transeúntes pasan a su alrededor | Gremlin (Getty Images)
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Martín Caparrós, El País, 17 de octubre de 2026

Sí, podría ponerme más pomposo, más grandilocuente, pero lo que vi fue el pajarito. Un pájaro bonito, negro intenso, su pico anaranjado, su porte distinguido, esa manera de comer sin prisas —como si el mundo tuviera que esperarlo. Vi el pajarito, mediodía de octubre y, una vez más, me maravilló que la larguísima sucesión de azares de la selección natural haya podido pasar de una ameba invisible a estas plumas espléndidas. Un vez más, la pregunta de cómo pudo suceder y la envidia -la relativa envidia- de aquellos tiempos en que la respuesta era que un dios.

Fue terrible, admirable, fácil y difícil. Al principio los hombres se inventaron unos dioses que se les parecían: grandes familias donde todos se disputaban todo, cada cual quería conseguir lo que quería y, para eso, cada quien hacía lo que podía. La confusión reinaba en el Cielo como en la Tierra hasta que ciertos egipcios, babilonios, indios, pensaron que si cada banda tenía un jefe indiscutido, único, las de los dioses también debían tenerlo. Después otros darían el gran paso: no solo habría un dios jefe; se cargarían a todos los demás, se inventarían un dios único. (No, no voy a acusar a nadie de genocidio de dioses.)

La consecuencia de esa idea era radical: un monodiós perfecto tenía que haber creado un mundo perfectamente perfecto, el producto de una mente todopoderosa: un universo donde cada cosa, cada acción tendrían su lugar y su razón. Y así vivimos, durante muchos siglos, en esta urba llamada Occidente: aceptando el orden supremo de ese ser supremo que llamaban dios y el orden supremito de ese ser supremito que llamaban rey. Así vivimos, con el alivio de saber que si pasaba tal o cual, tantas cosas horribles, no era inútil ni gratuito: todo tenía sentido porque Él lo había decidido, por nuestra culpa, para nuestro bien.

“Nuestra Era cristiana” fue el triunfo de la idea de que una sola voluntad guía mejor que muchas y que rendirse ante esa voluntad es lo más sensato que un pueblo puede hacer. El dios único impuso su orden, poder omnipotente.

Hasta que empezamos a rebelarnos, hace dos o tres siglos. Los más lanzados y los más valientes ya no creían en Él ni le creían. La rebelión llegó a su cumbre borrascosa cuando el doctor Darwin y compañía limitada empezaron a mostrar y demostrar que aquel mirlo -y todos los demás, las víboras, los chinos, las uñas, las orquídeas- no resultaron de la inspiración de un ente mágico sino de millones y millones de años de ensayo y error de nadie, una búsqueda que no sabía qué buscaba o, mejor, millones y millones de búsquedas que no sabían que buscaban y, por eso, terminaron encontrando todo esto.

Fue uno de los momentos más reveladores, más aterradores de la historia. Había que ser muy valientes para pasar de la comodidad y el alivio de aquel mundo creado por un ser superior a este mundo azaroso, confuso, sin reglas ni comandos: reemplazar, en unos pocos años, el orden más perfecto por la conciencia del desorden. Y aceptar, entonces, el desafío de vivir en un mundo que debemos ordenar todo el tiempo.

El gran cambio de la modernidad fue renunciar a la ilusión de un orden perfecto, inmutable, y enfrentarse a la realidad. No hay orden natural; el estado natural es el desorden y debemos esforzarnos para organizarlo. Hubo momentos en que el inmenso set de reglas con que intentamos establecer un orden funcionó; hubo otros, como este, en que no. Entonces el desorden aparece, casi desnudo, obsceno, como en estos días.

Ahora, aunque nos joda, sabemos que cualquier orden que intente organizarnos es un invento -uno entre tantos posibles-que puede desarmarse cualquier día. De hecho ahora estamos en un momento desarmado: nos falta ese consenso, modelos diferentes chocan y, por supuesto, no nos entendemos.

Acordar un orden común permite, entre otras minucias, ponerse de acuerdo en qué es verdadero y qué no. Es un trámite que ayuda bastante: eso es un pajarito; no, eso es un robot; te digo que es un pajarito; bueno, para mí es un robot.

La idea es encontrar un entendimiento que nos permita asegurar que es un pajarito -o un robot-. Cuando no lo tenemos se hace muy difícil conversar, porque no hay forma de saber qué dice el otro. Y claro, a esta altura tampoco podemos extrañar los tiempos en que los pajaritos eran criaturas del Señor, así que estamos complicados. Teníamos una buena cantidad de acuerdos y hemos dedicado estas últimas décadas a romperlos. Vaya a saber cuánto nos costará construir los próximos.

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