El “Juicio del Mono”: el aula de pueblo a la que entró Charles Darwin y abrió el enfrentamiento global entre ciencia y religión

julio 12, 2025

Hace exactamente cien años, el profesor John T. Scopes fue condenado por no aferrarse a los textos bíblicos dentro de un salón de clases. El caso abrió un gran debate sobre los derechos civiles

John T. Scopes tenía 24 años cuando fue convocado para luchar por la libertad dentro del aula. Sería condenado rápidamente / (Wikipedia: Smithsonian Institute)
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Fuentes. Infobae (Julieta Roffo)/ La Provincia (Fernando Hernández Guasch) 12 de julio de 2025

«Aquel que cree disturbios en su casa heredará el viento, y el tonto se convertirá en el sirviente del sabio de corazón» (‘Libro de los Proverbios’ 11:29, palabras del Rey Jacob, pronunciadas por John Scopes al comenzar el juicio.

No muchos estadounidenses conocían en detalle cómo era Dayton, una ciudad de Tennessee, en el sur del país. Pero eso cambió radicalmente en julio de 1925, cuando un juicio en apariencia local se volvió una discusión de dimensión nacional. Lo que estaba en tensión era nada menos que la convivencia entre la religión y la ciencia, y la disputa entre esos dos universos respecto de cuál terminaría por ser el eje que organizara la educación pública norteamericana.

El proceso judicial fue breve y empezó hace exactamente un siglo, el 10 de julio de 1925. En el banquillo de los acusados estaba John T. Scopes, un profesor de educación física de apenas 24 años que, además, daba clases de ciencias. Estaba imputado por la presunta violación de una ley estatal, sancionada unos meses antes y conocida como Ley Butler, que establecía que estaba terminantemente prohibida “la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores”.

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Cien años del “juicio del mono de Scopes”, la condena a la enseñanza de la evolución

mayo 19, 2025

Un joven profesor de biología fue encausado en 1925 por enseñar las teorías de Darwin en EE UU, un conflicto que sigue coleando un siglo después. El juicio fue tan popular que fue el primero retransmitido en directo por la radio

El abogado y político estadounidense William Jennings Bryan defiende a la fiscalía durante el «juicio del mono» de Scopes, en Dayton, Tennessee, en 1925 / Archivo Hulton/Getty Images
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Javier Yanes, El País, 19 de mayo de 2025

Hace 100 años, en la Norteamérica rural se celebró un juicio del que podría decirse que merece una película, si no fuera porque ya se hizo: en 1960, Stanley Kramer dirigió Inherit the Wind (La herencia del viento), basada en la obra de teatro homónima de Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee, y que ficcionaba el famoso litigio en el que John Scopes, un joven profesor de biología de instituto, fue encausado por enseñar la evolución darwinista. El “juicio del mono de Scopes”, como se conoció entonces, fue un hito en la eterna batalla del pensamiento científico racional contra el negacionismo basado en creencias, un conflicto que sigue coleando un siglo después.

La historia comienza un domingo de 1921 con un sermón en la iglesia baptista de Dayton, Tennessee. Un predicador relata cómo una mujer perdió la fe después de asistir a un curso sobre evolución en la universidad. Entre los feligreses se encuentra un rudo granjero llamado John Washington Butler, que no se limita a escandalizarse como los demás; aterrado por la posibilidad de que alguno de sus hijos siga el camino de aquella mujer, al año siguiente se presenta a las elecciones de la Cámara de Representantes de Tennessee con una promesa electoral: en ningún centro educativo público se enseñará la teoría de Darwin.

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La fe no es ciencia · Senén Barro Ameneiro

enero 2, 2025

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Jaime Mayor Oreja / Aránzazu Navarro – Fuente
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Senén Barro Ameneiro, El Diario, 2 de enero de 2025

Desde un atril privilegiado, el del Senado[1], Jaime Mayor Oreja, un político español que fue ministro de Interior, afirmó que la mayor parte de los científicos creen en “la verdad de la creación ante el relato de la evolución”. Cualquier persona es libre de creer y decir lo que considere conveniente ante las muchas incógnitas e incertidumbres con las que convivimos. El problema es hacerlo suplantando los resultados de la ciencia, lo que supone autoengañarse, y, peor todavía, intentar engañarnos a los demás con información falsa. La ciencia ha demostrado la veracidad de la teoría de la evolución, por lo que no podemos calificarla de “relato”, a modo de invención interesada y sin fundamento. 

Son populares los dibujos en los que se representaba a un mono con la cara de Darwin para ridiculizar a este por atreverse a cuestionar científicamente las creencias basadas en la fe. Aunque no es seguro del todo, la etiqueta del famoso Anís del Mono podría responder también a este fin. No está mal poner humor incluso en lo serio. De hecho, escuchando a Mayor Oreja yo mismo imaginé que desde el atril del Senado hablaba un cerebro simiesco, y me preguntaba qué clase de involución se está produciendo en una parte de la sociedad, y en el Senado mismo, para que haya tenido lugar este esperpento desde tan singular tribuna. 

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