La derecha y la ultraderecha españolas han encontrado un terreno abonado para la xenofobia, la islamofobia y el racismo.

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José Antonio Aguilera Mochón, Nueva Tribuna | Observatorio del laicismo, 16 de septiembre de 2026
«Cuatro culturas, un solo corazón» es la consigna identitaria y comunitarista, a menudo oficial e incluso turística, que en Ceuta se repite estos días de «crisis migratoria». Cuatro cavidades para cuatro religiones –cristiana, musulmana, judía e hindú-, de modo que quien no profesa ninguna de ellas, o profesa algo distinto, se queda fuera del corazón de las identidades: es un extracardíaco. Muchos extracardíacos ni siquiera querrían montar un club propio, pues precisamente rechazan las comunidades, o tribus, de corte identitario.
¿No es necesario mirar lo humano -es decir, a las personas- desde una perspectiva que vaya más allá de la fe, o la ausencia de ella, que cada cual profese? El propósito de estas líneas es examinar la crisis de Ceuta desde las coordenadas del laicismo, que, como defiende Europa Laica, no se reduce a la mera neutralidad de los Estados en cuestiones de creencias.
«Se saldrá de la emergencia humanitaria, pero, al subsistir intactos los males de fondo, será sólo cuestión de tiempo que se presente una nueva»
A algunos les podrá parecer que este empeño en el laicismo y la libertad de conciencia es una cuestión menor frente a problemas tan acuciantes como la pobreza o la inseguridad. Pero no lo es: la libertad de conciencia es, precisamente, el núcleo de lo que nos hace humanos, y su defensa en condicioNueva nes de igualdad suele olvidarse en los análisis y en la búsqueda de soluciones, de modo que esta libertad -junto a otras relacionadas como la de expresión y manifestación- termina convertida en una perenne e injustificable víctima colateral de las urgencias del momento.
Un corazón que sólo late para ciertos creyentes
El fallo de fondo del eslogan ceutí, extensible a formulaciones similares en Granada, Melilla, Toledo u Olmedo, no es sólo aritmético -tres, cinco, ocho «culturas»-, sino conceptual: esos lemas equiparan «cultura» con «religión» y reducen la ciudadanía a una suma de credos y ocasionalmente etnias (como la gitana en Melilla), en lugar de una suma de personas libres e iguales. Dejan fuera la cultura humanista secular, la científica, las cosmovisiones ateas o irreligiosas, y los modos de pensar y sentir de quienes no se identifican con cultura alguna, o lo hacen los días pares. Corazones descorazonadores.
Esta lógica de cavidades reservadas no es inocente: en España coincide con el reparto de privilegios estatales a las confesiones, singularmente a la Iglesia Católica, pero también a otros credos declarados de «notorio arraigo». Notorio agravio: se ha sustituido el viejo confesionalismo católico por un multiconfesionalismo institucionalizado que continúa marginando a quien no cree, o cree de otra manera. Lo que necesitamos es laicidad, una aconfesionalidad estricta en la que el Estado no favorezca ni perjudique a ninguna clase o asociación de creyentes o increyentes, y en donde las creencias o increencias no disfruten de ningún «respeto», protección o consideración especial sobre otro tipo de ideas y convicciones.
Exclusión por aquí, mucha más por Alá
Pero, a propósito de la crisis ceutí, conviene no perder la proporción. En España, ser un extracardíaco conlleva carecer de grandes privilegios económicos, educativos (especialmente dolorosos porque perpetran el adoctrinamiento infantil), mediáticos o simbólicos.
«Aunque exista una encrucijada geopolítica compleja, al menos a Europa debería quedarle un poco de vergüenza para rechazar el chantaje marroquí»
Pero es que, en Marruecos, el país del que huyen la gran mayoría de quienes cruzan la frontera hacia Ceuta, la exclusión ideológico-religiosa adquiere tintes dramáticos. Su Constitución consagra el islam como religión del Estado (art. 3), y otorga al monarca la autoridad espiritual suprema como Amir al-Muminín, («Comendador de los Creyentes») (art. 41). El Código Penal castiga duramente el proselitismo no islámico, la ruptura pública del ayuno durante el Ramadán y la blasfemia. Y aunque la apostasía no está tipificada como delito penal, desencadena lo que se describe como una «muerte civil»: quien abandona el islam pierde derechos hereditarios sobre su familia, la custodia de sus hijos y el aprecio social -por decirlo suavemente-. El fundamentalismo dogmático conlleva otras desgracias, entre las que destaca una fuerte homofobia tanto a nivel legal como social, y una misoginia que se concreta en desigualdad sucesoria y laboral, la subordinación en la patria potestad, la penalización de las relaciones extramatrimoniales y del aborto, la persistencia del matrimonio infantil y la desprotección efectiva de las mujeres ante la violencia machista. Además, no se descuida el adoctrinamiento infantil para asegurar que se perpetúen los inicuos valores religiosos y monárquicos oficiales del Estado.
Si en España ser extracardíaco es malo, en Marruecos es peor. Y, por cierto, la marginación por motivos religiosos o sexuales trae consigo claros perjuicios económicos para los excluidos, que asimismo repercuten negativamente en la sociedad.
Pobreza fabricada e instrumentalizada
La precariedad económica explica en buena medida el impulso migratorio hacia Ceuta desde países como Marruecos. Este combina un desempleo juvenil cercano al 40 % con una enorme desigualdad de ingresos y una cada vez más masiva pobreza urbana marginal. El crecimiento macroeconómico del país no se traduce en oportunidades para su juventud, que sufre una falta absoluta de horizonte vital. Su desesperación al contrastar su situación con la ostentación en infraestructuras de escaparate y la corrupción de la oligarquía que acapara el desarrollo, la lleva a autoorganizarse al margen de las instituciones tradicionales o lanzarse a la emigración como única salida. En definitiva, los aspectos económicos forman una amalgama con los derivados de la intolerancia religiosa y el autoritarismo político.
«El régimen alauita se siente geopolíticamente blindado; para EEUU es una pieza demasiado útil como para arriesgarla por aparentar que son los paladines de los derechos humanos»
Organismos como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Federación Internacional por los Derechos Humanos y hasta diversas instancias de la ONU -pese a su inanidad- han denunciado reiteradamente las violaciones de derechos humanos en Marruecos, que incluyen la persecución de la disidencia, el espionaje, las campañas de difamación, la represión de activistas saharauis, las detenciones arbitrarias y las confesiones bajo tortura, más toda la misoginia y homofobia antes comentada, entre otras violaciones sistemáticas de derechos fundamentales.
Entiendo que existe una correlación directa entre el autoritarismo ideológico-religioso del régimen marroquí, su corrupción y las pésimas e injustas condiciones materiales de vida: la imposición y la exclusión dogmática funcionan como válvula de escape y legitimación moral de un modelo socioeconómico profundamente desigual. Esto perjudica a toda la ciudadanía -aunque aquí se trata de súbditos más que de ciudadanos-, pero las niñas y mujeres jóvenes sufren una doble vulnerabilidad: huyen tanto de la miseria económica como del destino de subordinación patriarcal que el ordenamiento legal, social y religioso marroquí les impone.
El régimen no sólo desatiende a la población excluida y empobrecida, sino que la instrumentaliza implacablemente; y deberíamos distinguir siempre entre denunciar al régimen que instrumentaliza y proteger a quienes son usados como peones. Como han señalado diversos analistas y el propio Parlamento Europeo (pese a su cobardía e inoperancia), la presión fronteriza se ha utilizado sistemáticamente como un «arma migratoria» para imponerse o chantajear diplomáticamente a España en lo que denominan una «guerra híbrida». Convertir a la propia población empobrecida y desesperada en munición de presión geopolítica y de pretensiones territoriales constituye un acto cruelísimo de deshumanización.
Entre los derechos humanos y la reacción xenófoba
La reacción española a la crisis de Ceuta ha sido desigual. Desde el Gobierno ha resultado tardía, improvisada y muy deficiente, como se reconoce de modo amplio, y poco prometedora es la falta de autocrítica gubernamental y socialista. Ha habido esfuerzos genuinos de acogida humanitaria, pero no han evitado ni muchas muertes ni miles de personas malviviendo semanas en la calle… así como que muchos otros miles de ceutíes estén sobrellevando una situación insoportable. Se observan medidas de emergencia, pero no se plantea, aunque sea a medio plazo, ninguna que intente acercarse a las raíces de los problemas, que pienso que deben incluir las antes esbozadas.
«Está claro que, sin unas condiciones materiales mínimas, el desarrollo y el ejercicio igualitario de la libertad de conciencia es una quimera. Un corazón sin riego no late»
Sobre ese fondo de mala gestión, la derecha y la ultraderecha españolas han encontrado un terreno abonado para la xenofobia, la islamofobia y el racismo. Haciendo un uso extensivo de la mentira y la apelación al miedo, califican a los migrantes como «invasores» islámicos a los que hay que «cazar», o directamente como «terroristas», promueven la «prioridad nacional» para restringir el acceso a los servicios públicos de los migrantes, y señalan a los menores más vulnerables como amenazas. Tales vilezas son otras formas de deshumanizar y de reservar para unos elegidos aquellas cavidades cardíacas, no menos deplorables porque se vistan de patriotismo y de defensa de nuestros supuestos orígenes y valores cristianos.
Un laicismo integral: de la justicia económico-social al compromiso internacional
Volvamos a la insuficiencia cardíaca del eslogan ceutí. Por una parte, es imprescindible defender la laicidad en cualquier lugar del mundo para garantizar que la convivencia no dependa de cuántas cavidades religiosas -o identitarias en general- se reservan. Hay que rechazar cualquier corazón que sólo palpite para los «nacionales» o para determinados creyentes. Los golpes de pecho religiosos, con su retórica de amor al prójimo, sólo acaban dañando el pecho: producen consignas que a muchos les suenan bien pero que dejan fuera a demasiados (y para ser demasiados basta uno, aunque aquí son muchísimos). Hacen falta menos alardes piadosos y más respeto efectivo a los derechos de todas las personas, sin miedo a su diversidad.
Como se está viendo, evidentemente el laicismo no es, por sí solo, la solución. Pero es una pieza fundamental de cualquier respuesta democrática y respetuosa con los derechos humanos, especialmente porque no se queda en una simple neutralidad e independencia institucional ante los credos. Una solución efectiva tiene que incluir la exigencia internacional de igualdad de derechos —también económicos— y de libertad de las personas en un mismo paquete indivisible. En la perspectiva laicista, está claro que sin unas condiciones materiales mínimas, el desarrollo y el ejercicio igualitario de la libertad de conciencia es una quimera. Un corazón sin riego no late.
No pretendo aquí un análisis geoestratégico de la región —para eso hay especialistas mejor cualificados—, pero conviene no perder de vista el contexto: Marruecos no es un caso aislado, sino una pieza más de un patrón regional en el que Occidente sostiene regímenes autoritarios —el propio Marruecos, pero también Egipto, Túnez o las distintas facciones libias— a cambio de estabilidad, control migratorio o alineamiento geopolítico, sin que el respeto a los derechos humanos entre apenas en la ecuación.
La solución de fondo exige por tanto una política internacional valiente que rompa con la complicidad histórica con el autoritarismo marroquí, sobre todo la de países que presumen de defender los derechos humanos en el mundo. Destaca en este sentido la hipocresía de Estados Unidos y Europa, que priorizan sus intereses geoestratégicos y comerciales, y optan por sostener y financiar al régimen represor marroquí.
En el mismo sentido, no olvidemos que Estados Unidos reconoció en 2020 la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental -pese a las resoluciones vigentes de la ONU- a cambio de que Rabat normalizara relaciones con Israel dentro de los Acuerdos de Abraham; ese gesto arrastró después a varios aliados europeos, España entre ellos, a plegarse al plan de autonomía marroquí sobre el territorio. El régimen alauita se siente geopolíticamente blindado; para EEUU es una pieza demasiado útil como para arriesgarla por aparentar que son los paladines de los derechos humanos, sobre todo cuando están más desenmascarados que nunca dentro y fuera de sus fronteras.
Aunque exista una encrucijada geopolítica compleja, al menos a Europa debería quedarle un poco de vergüenza para rechazar el chantaje marroquí, condicionando de forma rigurosa y estratégica su apoyo político y económico al progreso social y democrático real. Un progreso que incluya el respeto a los derechos de las personas, como el de la libertad de conciencia, junto a la justicia en las condiciones materiales que permitan ejercerla en situación de igualdad.
No podemos aceptar el perpetuo aplazamiento táctico que subordina la libertad de conciencia y el laicismo al pretexto de que siempre existen urgencias más complejas. Si los derechos fundamentales siguen siendo la víctima colateral de cada crisis, jamás se abordará la raíz del problema. Atajar esta raíz será la única manera de que el corazón de Marruecos deje de generar y arrojar periódicamente sus propios extracardíacos. De lo contrario, se saldrá de la emergencia humanitaria pero, al subsistir intactos los males de fondo, será sólo cuestión de tiempo que se presente una nueva.
Al mismo tiempo, en Ceuta y en cualquier lugar, esperemos que las consignas se acerquen a «Todas las personas, un solo corazón».
Juan Antonio Aguilera Mochón, Grupo de Pensamiento laico


















