Caravaca: La cruz del fascismo español, la cruz de la Guerra Santa contra ‘los moros’. Pasado y presente

diciembre 28, 2025

Durante la dictadura, el régimen fusionó ritos católicos con propaganda política, usando cruces como la de Caravaca para legitimar la Guerra Civil como ‘cruzada’ por Dios y España

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Lucio Martínez Pereda, Nueva revolución, 28 de diciembre de 2025

El Pasado

La Cruz de Caravaca no es únicamente una inocente cruz patriarcal de doble travesaño, venerada en Caravaca de la Cruz (Murcia) desde el siglo XIII. Su aparición milagrosa se vincula a la conversión de un noble musulmán: el milagro sirvió como símbolo para estimular el ánimo guerrero de la reconquista cristiana en la frontera con Granada. La Iglesia le concedió al símbolo culto de latría relativa en 1736.

Durante la dictadura, el régimen fusionó ritos católicos con propaganda política, usando cruces como la de Caravaca para legitimar la Guerra Civil como “cruzada” por Dios y España. En la extensa liturgia patriótico religiosa del franquismo, la Cruz de Caravaca ocupa un lugar singular, a medio camino entre la devoción popular y la manipulación política. Si el nacionalcatolicismo fue el cemento espiritual del régimen, la cruz- no cualquier cruz, sino aquella que la tradición presentaba aparecida milagrosamente en la frontera de la cristiandad- se convirtió en emblema de una España que el fascismo pretendía redimir a través de la fe.

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Quemar el mantel · Sara Plaza Casares

diciembre 28, 2025

La tía Mariví fue una de las mujeres que pasó su adolescencia bajo el Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista creada para “enderazar” a las mujeres “descarriadas”.

Acto organizado por la Conferencia Española de Religiosos (CONFER) para pedir perdón público a las supervivientes del Patronato de Protección a la Mujer. Las víctimas interrumpieron el acto al grito de: “Verdad, justicia y reparación. Ni olvido ni perdón” | Dani Gago
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Sara Plaza Casares, El Salto, 28 de diciembre de 2025

La tía Mariví era la pequeña de cinco hermanos. Siempre reservada, ocupaba poco espacio en las reuniones familiares. Hablaba bajito y no aparentaba guardar secretos. En su contorno los allegados intuían una historia anodina reservada para las mujeres solteras, esas que se pasaban la vida acompañando a sus padres. Mariví nunca contó mucho, tampoco sus hermanos. Tampoco su madre. Tampoco su padre.

Un día, mientras sostenía la taza de café en la sobremesa con manos temblorosa, explicó a sus sobrinas que aquel mantel donde siempre reposaba la comida en días de celebración, aquel mantel que en esos mismos instantes estaba siendo poblado por gotas marrones producto de su temblor era el único recuerdo que guardaba de sus siete años con las monjas. 

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