Un caso de impotencia · Juan José Millás

Tiene Dios un cuerpo diplomático que es un desastre y una dirección de recursos humanos verdaderamente insoportable

«Ven a misa, no esperes a que te traigan» en ataúd, el llamamiento de un cura de Sevilla / Massimo Percossi-EFE/EPA
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Juan José Millás, El Periódico, 24 de septiembre de 2024

Decía César Vallejo en un poema memorable que él había nacido un día en el que Dios estaba enfermo. Y es que Dios tiene días malísimos, lo que no es de extrañar si pensamos que sus representantes en la Tierra están, sin excepción, completamente extraviados: los que no persiguen la homosexualidad condenan el sexo recreativo o prohíben a las mujeres mostrar su rostro y su melena y hasta les arrancan y arrojan a la basura el clítoris, una de las manifestaciones más sorprendentes y hermosas de la naturaleza.

¿Cómo no va a estar mal Dios, pobre? ¿Cómo no va a estar mal con este panorama de comerciales puerta a puerta, empeñados en anunciar el fin del mundo para el miércoles próximo? Un fin del mundo lleno de horror, por cierto, que a Dios, todo bondad, jamás se le pasaría por la cabeza. ¿Cómo no va a estar mal el Dios de los cristianos, no digamos el de los judíos (fíjense en Gaza) o el de los islamistas, cuando nos hablan de un Todopoderoso brutal, que detesta su propia obra de arte como un mal novelista sus novelas? Tiene Dios un cuerpo diplomático que es un desastre y una dirección de recursos humanos verdaderamente insoportable. 

Dios, seguramente, preferiría que sus delegados en la Tierra fueran ateos, pero los ateos estamos muy ocupados defendiéndonos de sus embajadores, de sus cónsules o procónsules, incluso de sus curas de pueblo que, cuando no amenazan con la ceguera al onanista, tronan desde el púlpito contra la eutanasia, tan piadosa y benéfica para el doliente. Aquí no hemos olvidado que Dios, o su aparato mercantil, estuvo cuarenta años sosteniendo a Franco o que Pío XII, por decirlo con piedad, guardó silencio frente a las atrocidades perpetradas por Hitler. Lo siento, Dios (permíteme que te tutee), tú puedes ser un tío estupendo, pero dale un toque al cazatalentos que se encarga de tu selección de personal porque no puede estar bien de la cabeza. Dicho esto, te confieso que rezo cada día no ya por esta calamitosa humanidad, sino por ti, impotente para salvarla de tus predicadores.

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