Hay días para sentirse orgulloso de ser español · Íñigo Domínguez

febrero 4, 2024

Somos una auténtica anomalía en Europa en la relación con nuestro pasado. Un extranjero siempre flipa de que vivamos con esa carga de secretos, leyendas urbanas, cosas no dichas, no sabidas, no reconocidas, y aniversarios no celebrados

Un cartel que reza: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas liberadoras», ante la entrada de los soldados estadounidenses en el campo de concentración de Matthausen, el 6 de Mayo de 1945/ Universal History Archive (Getty Images)
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Íñigo Domínguez, El País, 4 de febrero de 2024

El pasado sábado, 27 de enero, el Marca hizo algo admirable: publicó un reportaje de 12 páginas (doce), de José Ignacio Pérez sobre la increíble historia de Segundo Espallargas, alias Paulino: “Yo boxeé en Mauthausen”. Era un mozo como un armario que se alistó con 16 años con los republicanos en la Guerra Civil y llegó a Mauthausen con 21. Los nazis lo pusieron a boxear. Organizaban combates entre prisioneros los domingos, con la amenaza de mandarle al crematorio si perdía. Sobrevivió cuatro años y salvó a otros compañeros, a los que pasaba comida a escondidas, y también a sus contrincantes, con los que alargaba el combate para no tumbarles rápido y que no fueran ejecutados. No sabemos bien lo que fueron aquellos españoles. En Hollywood ya habrían hecho una película.

El diario publicó este relato porque era el Día de la Memoria, conmemoración del día de la liberación de Auschwitz-Birkenau en 1945. Es una fecha a la que España siempre permanece muy ajena. Ya, no vivimos la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo no nos interesa, y esto siempre me ha sorprendido. Bueno, no tanto: del pasado no queremos saber, es algo muy nuestro. Paulino fue uno de los 7.251 españoles deportados a Mauthausen, de los que murieron el 65,5%. Hablas de ello y aún la gente no tiene ni idea. Así estamos. Quizá les sorprenda, bueno, no tanto, pero no hay en España un museo de la Guerra Civil. Están construyendo uno en Teruel. De donde era Paulino, por cierto.

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Al fuego eterno · Manuel Vicent

febrero 4, 2024

Desde el momento en que le advirtieron de que el sexo era pecado, ese niño comenzó a tener la mirada sucia

Una vidriera en la colegiata de Notre-Dame, en Dole (Francia) / Tim Bieber (Getty Images)
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Manuel Vicent, El País, 4 de febrero de 2024

A su alrededor se apareaban los insectos, los pájaros, las palomas, los conejos, las cabras, los perros, los gatos; todos los seres vivos, incluidas las moscas, se apareaban con naturalidad ante la mirada inocente de ese niño que había nacido en el campo y había aprendido las primeras lecciones del sexo impartidas por los animales.

Su mirada era tan limpia como su pensamiento viendo el juego que se traían aquellos seres irracionales para reproducirse, impulsados por la naturaleza, hasta que al anochecer de un día de fiesta en el pueblo descubrió en la penumbra de un jardín público a una pareja de novios que estaba realizando lo mismo que tantas veces había visto ejecutar a los perros. Huyó despavorido.

Según le había enseñado el cura en la iglesia, ese acto era un pecado mortal y aquella pareja estaba quebrantando un mandamiento de la ley de Dios y, por tanto, iría al infierno. Desde el momento en que le advirtieron de que el sexo era pecado, ese niño comenzó a tener la mirada sucia. Fue peor todavía cuando se le hizo saber que los malos pensamientos también llevaban aparejado un castigo eterno.

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