Los expertos auguran una explosión de casos de abusos en España, que conllevará una sangría económica para las arcas eclesiásticas

Por José Manuel Vidal, director de Religión Digital

Religión Digital, 12 de marzo de 2019

Por fin, el próximo jueves, día 14 de marzo, el presidente del episcopado, cardenal Blázquez, y el secretario general, Luis Argüello, se van a reunir con dos de los líderes de la asociación ‘Infancia robada’ de víctimas de abusos. Vale más tarde…pero ¿será suficiente el gesto, que tanto ha tardado en escenificarse? ¿Qué resultados concretos va a dar?

Al encuentro van a ir, por parte de las víctimas, Juan Cuatrecasas, padre del niño abusado en el colegio Gaztelueta del Opus Dei, y Javier, una víctima de Ramos Gordon, el cura abusador de La Bañeza, en la diócesis de Astorga.

Y seguramente las víctimas le pedirán a los obispos explicaciones de la distancia mantenida, hasta ahora, por la Iglesia, asi como acompañamiento y decisiones concretas. Entre ellas, que las víctimas pasen a formar parte de la Comisión antiabusos del episcopado y que salgan de ella tanto el presidente de la misma, el obispo de Astorga monseñor Menéndez, como Silverio Nieto, asesor jurídico de la CEE y el hombre que engañó a Juan Cuatrecasas.

Los obispos, convencidos de que la de los abusos del clero es una tormenta de verano, que hay que esperar a que pase

Y es que, como casi siempre, nuestra jerarquía llega tarde y a remolque. Mientras los grandes episcopales mundiales, desde USA a Alemania, pasando por Francia o Irlanda, han hecho los deberes, para intentar hacer frente al cáncer con metástasis aguda de la pederastia del clero, el episcopado español seguía negando, hasta anteayer, la magnitud del problema, mientras arremetía contra los medios de comunicación, que están destapando los casos. Lo de la ‘campaña orquestada’ y lo de ‘matar al mensajero’ es una cantinela recurrente entre nuestros obispos.

La jerarquía española, como decía recientemente el jesuita Hans Zollner en Madrid, parece convencida de que la de los abusos es una tormenta de verano y, por eso, su actitud ante ella es esconderse y esperar a que pase. Por miedo a los medios, por incomodidad ante los abusos y porque la mayoría de los prelados han tenido casos en sus diócesis, pero han hecho al vista gorda ante ellos, han mirado para otro lado o los han solucionado a escondidas, pagando dinero a las víctimas.

Por eso, la Conferencia episcopal se niega a facilitar a las autoridades civiles la lista de abusadores o el número de abusos. No por mala voluntad ni por no querer colaborar, sino, simplemente, porque no la tienen. Los casos los resolvía cada obispo en secreto, como en confesión y se tapaban tanto que no dejaban rastro. Ni siquiera los registraban en los archivos ni se anotaba nada ni se daba cuenta a la congregación vaticana de Doctrina de la Fe, encargada de estos temas.

Y es que la jerarquía española sigue anclada en las viejas inercias. Porque la antigua mentalidad sobre los abusos consistía en banalizar el problema: “No es para tanto, otros son peores que nosotros, un joven abusado olvida pronto o, incluso, pudo haberle gustado”. Cambiar esa vieja mentalidad exige, por un lado, reconocer el problema y, por el otro, obediencia a Roma.

Nuestros obispos que, en otros tiempos, como decía Tarancón, tenían “tortícolis de tanto mirar a Roma”, ahora no están aplicando ni el derecho canónico, en cuyas normas está clara la defensa de las víctimas y el castigo de los abusadores ni las nuevas normas del Papa Francisco y, mucho menos, el Evangelio. “Al que escandalizara a uno de estos pequeños…más le valiera atarse una rueda de molino al cuello y arrojarse al mar”(Mt. 18,5). ¿Hacen falta más leyes que ésa?

Pero, por ahora, la jerarquía española está sorda, no sabe lo que es una víctima ni lo quiere saber. Aunque, últimamente, presionada por la opinión pública y por el propio Vaticano, está haciendo algunos tímidos intentos de acercarse a ellas.

Se están preparando bufetes especializados y las diócesis van a empezar a recibir una cascada de querellas y reclamaciones

Como es lógico, el Papa está muy preocupado por esta actitud de los obispos españoles y les está pidiendo encarecidamente que acojan, escuchen y empaticen con las víctimas. Que las coloquen en el centro. Que palpen el dolor de una vidas rotas para siempre, desequilibradas psicológicamente o arruinadas por las drogas. Sin salida, sin futuro. Pasar de torearlas, de ningunearlas y de minimizar sus quejas, a compartirlas, a asumirlas, a rezarlas y a repararlas.

Y, en la reparación, se va a jugar el futuro de la Iglesia española. Porque se están preparando bufetes especializados de abogados en España y las diócesis van a empezar a recibir una cascada inmensa de querellas y reclamaciones. Con peticiones de resarcimiento enormes. Como en Estados Unidos, donde varias diócesis quebraron para poder pagar a las víctimas de los abusos del clero.

El ‘a la fuerza ahorcan’ es una máxima que, desgraciadamente, suele cumplirse a menudo en la Iglesia española que, en el caso de los abusos, se prevé que tenga que desembolsar tales cantidades de dinero, que muchas diócesis se verán obligadas a vender sus palacios episcopales o sus curias diocesanas para hacerles frente. Sobre todo, si se amplía el plazo de prescripción de los abusos y a la mayoría de los obispos se les pueda inculpar, entonces, por encubridores.

Por lo tanto, en este caso, parece que la salvación de la Iglesia española vendrá de fuera, en forma de demandas millonarias, interpuestas por bufetes especializados, una vez que, además, las víctimas están perdiendo el miedo y la vergüenza social, para asociarse y desenmascarar a sus abusadores, que les han arruinado la vida, el cuerpo y el alma. Porque, como es lógico, la mayoría de los abusados pierde la fe y se convierten en enemigos declarados de la institución.

Porque, además, los expertos prevén que la explosión de denuncias se producirá los próximos años. En toda España y, especialmente en Andalucía, donde proliferan los casos de sacerdotes homosexuales muy desmadrados, que, a veces, abusan de menores, y diócesis corrompidas.

“Ya se cansarán de denunciar El País y El Periódico”, suelen decir algunos obispos, que no acaban de asumir el problema y que siguen pesando que son “padres que tienen que defender a sus hijos, curas, aunque sean sacerdotes descarriados”. Una actitud propia de una jerarquía autorreferencial, sorda y profundamente desobediente al Papa.

Francisco lo sabe y la inquietud en el Vaticano respecto a los obispos españoles es enorme por su actitud pasiva ante los abusos.

Los obispos están como sonados, como un boxeador a punto del KO, refugiados en sus pequeños reinos de taifas, remando contracorriente, en la época de la información globalizada de las Redes.

Por eso, el enviado extraoficial del Papa, el jesuita alemán Hans Zollner, presidente de la Comisión para la Protección de los Menores, vino recientemente a Madrid, a traerles un recado a los obispos: que no pueden seguir con la técnica del avestruz, que tienen que escuchar y acoger a las víctimas y aplicar las leyes del derecho canónico y del Evangelio. Y si no lo hacen y con rapidez, Roma invita a los laicos a ponerse al frente y suplirlos en esta tarea.

“Las víctimas buscan en la Iglesia empatía y cercanía. Esa es la cara que buscan y no encuentran en la Iglesia. Es muy triste decirlo pero la gente no encuentra esa misericordia en los que proclaman el Evangelio. Tenemos que cambiar de actitud”, pidió el jesuita, convertido casi en un profeta indignado, en su reciente conferencia en la Universidad Comillas.

Por eso, ante la falta evidente de iniciativa de “los líderes de la Iglesia”, el jesuita invitó a las bases, a los católicos de a pie “a actuar y crear centros de escucha” para las víctimas de abusos. Porque, a su juicio, “si hay un buen nivel de escucha en la base, los líderes de la Iglesia no tendrán otra opción que seguir sus pasos”, concluyó.

 

 

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