Que Dios nos perdone

Hay dos formas de dejar de pertenecer a la iglesia católica: excomunión o apostasía

iglesia

Pablo MM. Enfoques

El 73,9% de los españoles se definen como católicos. O lo que es lo mismo, 3 de cada 4 dicen acatar los preceptos teóricos de la fe vaticana. Pero la práctica es bien distinta; apenas un 1,8% acude a misa varias veces a la semana y el 12,1% únicamente lo hace los domingos y fiestas de guardar. El resto, la inmensa mayoría, son los llamados católicos no practicantes. Aquellos que tan sólo comulgan con las tradiciones religiosas que con el paso de los años se han convertido en meros convencionalismos sociales. Esto es: bautizo, boda y funeral. Para ser un católico oficial basta con pasar por la primera fase. Una vez que el cura vierte el agua, la Iglesia se apunta en el registro un nuevo alma y en España, según datos de la Conferencia Episcopal, ya tiene más de 38 millones. Sin embargo hay dos formas de revertir el proceso; marcharse por propia voluntad o que te peguen una patada en el culo.

Excomunión

La segunda opción es la más complicada. Los pastores sobreviven gracias al rebaño así que muy descarriada tiene que ser la oveja para que sea sacrificada. Descarriada e ilustre. Los excomulgados son un selecto club formado por personalidades como Felipe I de Francia,Isabel I de Inglaterra, Martín Lutero, Madonna o José Saramago, que fue expulsado por su novela ‘El Evangelio según Jesucristo’. El Nobel publicó el libro en 1991 pero la Iglesia esperó a que falleciese, 19 años después, para proceder a su excomunión. ¿El motivo? Según el filósofo Paolo Flores d´Arcais, en los pasillos del Vaticano temían la pluma iracunda del portugués tanto como a la mala sombra de un carnero.

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Sinéad O´Connor

Pero, con permiso del maestro del Azinhaga, es muy probable que en el imaginario colectivo sea Sinéad O’Connor la anatema más recordada. El 3 de octubre de 1992, la cantante irlandesa versionó una canción de Bob Marley en el Saturday Night Live de la NBC. Al terminar la actuación miró fijamente a cámara y rompió en pedazos una fotografía del Papa Juan Pablo II, mientras gritaba: “Fight the real enemy!” (¡Lucha contra el enemigo real!). La cadena tuvo que disculparse públicamente y la carrera de O’Connor comenzó a diluirse entre prozac, depresiones y un público enfurecido que nunca le perdonó la blasfemia.

Apostasía

Descartando que el más común de los mortales pueda sulfurar las entrañas de Roma desde un programa de televisión, la opción más factible para dejar de pertenecer a la Iglesia es solicitar la baja voluntaria. En España no hay cifras oficiales sobre la apostasía. La Conferencia Episcopal dice no conocerlas y nos remite a las diócesis que a su vez, o responden con un matemático “muy pocas”, o aseguran que jamás han tenido “un solo caso”.

La Iglesia no quiere vociferar los números, pero cada vez son más las iniciativas ciudadanas que animan a la apostasía a los católicos que han perdido la fe o que nunca la tuvieron. “¿Qué sentido tiene formar parte de un grupo con el que no estás de acuerdo en nada?”, asegura Juan Vera, creador de la web apostatar.org, en la que cualquiera que lo desee puede encontrar la información necesaria para cesar su convivencia con la religión. Lejos de la creencia popular de que apostatar es un proceso tedioso, Vera, que abrió la web en 2013 mantiene, por contra, que sólo es algo de papeleo y un poco de voluntad. En la página hay decenas de testimonios que así lo confirman y aunque el éxito depende de la predisposición de cada diócesis, en general basta con la partida de bautismo, que se puede conseguir en la parroquia donde tuvo lugar el oficio, una fotocopia del DNI y un formulario.

Sin embargo, no todos los testimonios son tan benévolos con la actitud de los curas. En 2008, el Ayuntamiento de la localidad madrileña de Rivas-Vaciamadrid inauguró una Oficina de Defensa de los Derechos Civiles que, entre otras materias, ofrece un servicio de asesoría para apostatar. En menos de un mes atendieron más de mil consultas, un volumen que con el paso de los años ha disminuido pero que continúa siendo constante.

Luis Miguel Sanguino fue uno de los abogados que participó en la puesta en marcha de la Oficina porque “la iglesia católica no facilita las cosas”. Denuncia que la jerarquía eclesiástica participa de una campaña de desinformación para “dar capotazos antes de permitir que la gente se dé de baja”. En los ocho años que llevan en funcionamiento se han visto obligados a recurrir en más de una ocasión a la justicia ordinaria, ante la negativa de la Iglesia a tramitar las solicitudes de exclusión del registro de bautizados. Pese a todo, insisten desde el Ayuntamiento, “la apostasía es un derecho de cualquier ciudadano a la protección de sus datos”.

En primera persona

El primer intento de Marcos fue en 2012. Acudió a hablar con el cura que le bautizó en Gijón: “Fui sincero con él a pesar de que en internet te recomiendan mentir para conseguir la fe bautismal”. Marcos no siguió el consejo y en consecuencia, obtener el certificado le costó “cuatro visitas y alrededor de unos 15 euros, creo recordar”. Envió toda la documentación pero no recibió contestación alguna, así que “hice alguna llamada al Arzobispado de Oviedo pero siempre estaban ocupados o me daban respuestas esquivas”. Dos años después, en 2014, volvió a probar suerte y, aunque con idéntico resultado, reconoce que “tuve parte de culpa por dejarlo pasar y olvidarme”.

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Autor  Karl Fredrikson

Antonio fue a la parroquia de San Nicasio de Gavá a mediados de 2014. “El cura no estaba por la labor”, recuerda, “pero después de ir tres días a hablar con él me mandó a Barcelona que es la diócesis a la que pertenece su parroquia”. Solicitó un día libre en el trabajo para acudir a la ciudad condal “y me dijeron que precisamente ese día no estaba el que tramitaba lo de apostatar”. Casi un año después, en septiembre de 2015, logró concertar una entrevista “donde expuse mis razones. Me emplazaron para otro día y después de ir llamando y que me dieran largas lo he dejado aparcado. No puedo faltar al trabajo cada vez que ellos quieran”. Pese a las trabas, Antonio no tira la toalla, alude falta de tiempo pero asegura que “tarde o temprano lo conseguiré”.

“La verdad es que resultó bastante fácil”, recuerda David. “Yo soy de Getafe y no tuve que irme lejos. Por desgracia aquí tenemos Obispado”. En 2008 se presentó en la diócesis de su ciudad para mantener una reunión con “un señor con alzacuellos”. Aquél sacerdote intentó persuadirlo para que David se replanteara su postura pero “después de una pequeña charla, amena y de buen rollo, me dijo que recibiría una carta”. Al cabo de dos semanas, le fue notificada su baja de la fé católica con una tentadora proposición en el último párrafo “donde me ofrecían volver a la Santa Madre Iglesia si recuperaba la fe”, recuerda con una sonrisa.

El mito de la financiación

Entre los mentideros populares corre la leyenda de que el bolsillo de la Iglesia depende directamente del número de fieles. Luis Vega, presidente de la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores lo desmiente: “Sus ingresos no dependen del número de afiliados. Están definidos en los presupuestos del Estado, en el 0.7% de los que marcan la cruz en el casillero de la declaración de la renta (unos 250 millones de euros) y las subvenciones de ayuntamientos, comunidades autónomas y donaciones de instituciones privadas”.

Según un informe llevado a cabo por la organización Europa Laica, la Iglesia católica recibe cada año en España más de 11.000 millones de euros de dinero público, lo que supone un 1% del PIB nacional.

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Breve entrevista a Juan Vera, de Apostatar.org  (14 de enero de 2017)

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