Un 13 de octubre de 1909 Francesc Ferrer i Guàrdia era ejecutado. Su grito por la libertad despertó una ola de solidaridad internacional cuyo recuerdo es un deber de memoria.

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Carles Garcia i Flores, El Salto, 13 de octubre de 2026
Foso de Santa Amalia, prisión de Montjuic, 13 de octubre de 1909, 9h. Francesc Ferrer i Guàrdia se niega a arrodillarse o a dar la espalda a sus verdugos. En un último acto de dignidad, proclama: “¡Viva la Escuela Moderna!”. Las balas quisieron silenciar eternamente al emisor, pero ni estas ni el tiempo consiguieron acallar la voz de un inocente. Resulta difícil condensar la figura de Ferrer i Guàrdia -pedagogo, pensador anarquista y fundador de la Escuela Moderna- por todo lo que representa. Su legado traspasó fronteras, y las numerosas muestras de solidaridad y de indignación por su detención y posterior ejecución se dejaron sentir en los rincones de Europa.
En septiembre se creó en París el Comité de Defensa de las Víctimas de la Represión Española. Hubo manifestaciones aquel mismo 13 de octubre en Oporto delante de la embajada española, y pocos días después una manifestación multitudinaria invadía la capital francesa. Se celebraron mítines en Londres y Bruselas, e incluso se convocó una huelga de estudiantes en San Petersburgo. La intelectualidad alemana también se posicionó, para sorpresa de algunos intelectuales patrios, a favor del pedagogo catalán. Incluso la figura de Ferrer i Guàrdia estuvo presente en la Revolución Mexicana.
Ferrer i Guàrdia fue un auténtico “mártir de la Libertad de Conciencia”, como reza una estatua en Bruselas. Una memoria que ha sido más reivindicada fuera que dentro de nuestro país
Ferrer i Guàrdia fue un auténtico “mártir de la Libertad de Conciencia”, como reza la estatua que se erigió en su memoria en 1911 por suscripción popular en Bruselas. Una memoria que, lamentablemente, ha sido más reivindicada fuera que dentro de nuestro país: Ferrer i Guàrdia fue el chivo expiatorio de las élites de la Restauración ante la Barcelona insumisa de la Semana Trágica.
Entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909, la ciudad Condal y otras localidades catalanas como Sabadell y Manresa vieron como en sus calles se escenificaba el descontento de las clases populares. Un descontento cuyo detonante fue la leva de reservistas, la mayoría padres de familia obrera que no podían permitirse pagar los 6.000 reales valía poder quedar exento. Los privilegios de clase te salvaban de ir al matadero que era la guerra de Melilla. El espectáculo de barricadas y edificios ardiendo, en el que los sentimientos anticlericales hicieron acto de presencia, hizo que la capital catalana fuera bautizada por el periodista Antonio Loredo como “la Rosa de Foc”. La educación laica, personificada en Ferrer i Guàrdia, fue señalada por las élites religiosas y políticas como la responsable de todo lo acontecido. El Estado, juez y verdugo, ya tenía a su culpable.
La denuncia internacional ante la represión de las autoridades españolas provocó un auténtico revuelo en los sectores conservadores: España estaba siendo atacada. La indignación del ministro Juan de la Cierva o de intelectuales como Azorín y Miguel de Unamuno -sin obviar la poca simpatía que despertó el caso Ferrer para la Lliga de Francesc Cambó y Enric Prat de la Riba- ayudó a presentar y redirigir esa crítica internacional en clave nacionalista. La crispación duró años: durante la invasión de Bélgica en el marco de la Primera Guerra Mundial por las tropas alemanas, estas destruyeron la estatua de Ferrer como gesto de cordialidad hacia el monarca español. Como añade la historiadora Berta Lillo a propósito de las discusiones que envolvieron la figura del pedagogo durante la Gran Guerra: “En un país [España] dividido en filias y fobias, Francisco Ferrer reactualizaba su carga simbólica, pues su figura evocaba el eco internacional del proceso judicial y la imagen de España como país bárbaro y atrasado consolidada en paralelo”.
Hay quien compara –y no le falta razón– el caso Ferrer i Guàrdia con el affaire Dreyfus, que hizo temblar los cimientos de la Tercera República
Hay quien compara -y no le falta razón- el caso Ferrer i Guàrdia con el affaire Dreyfus, que hizo temblar los cimientos de la Tercera República. La condena en 1894 por espionaje y alta traición del capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, de origen judío-alsaciano, convulsionó y dividió a todo el país. El nacionalismo de derechas francés supo concentrar en la figura de Dreyfus el antisemitismo y el miedo y frustración económica de las clases medias. Otra vez, un chivo expiatorio. De todas las figuras que alzaron su voz tanto dentro como fuera del país galo, la más célebre sin duda es la del escritor Émile Zola con sus escritos mordaces como el famoso J’Accuse…! o su Carta a Francia, donde sentencia: “¡Francia, con esto formas tu opinión pública, con el deseo del sable y de la reacción clerical que te hace retroceder siglos, con la ambición voraz de quienes te gobiernan, se nutren de ti y se niegan a dejar de comer!”.
El miedo al anarquismo y al otro, que marcaron los casos de Ferrer i Guàrdia y Alfred Dreyfus, volvería a aparecer en el juicio contra Bartolomeo Vanzetti y Nicola Sacco. El proceso, dirigido por el infame juez Webster Thayer, se tiñó de sentimientos antianarquistas y xenófobos, un reflejo esperpéntico de la sociedad estadounidense de la época. A la crítica interna de figuras como el jurista Felix Frankfurter se sumó una movilización internacional con protestas masivas en Latinoamérica y Europa, que llegaron incluso a Tokio y Johannesburgo. Incluso el propio Unamuno, que despreció a Ferrer i Guàrdia, firmó una petición de clemencia a favor de los acusados. Aun con esta presión internacional, Vanzetti y Sacco fueron ejecutados en la silla eléctrica el 23 de agosto de 1927.
El “¡Viva la Escuela Moderna!” de Ferrer i Guàrdia con el que abríamos este artículo era mucho más que una reivindicación de su obra. Era un grito a favor de la libertad. El eco del grito de Ferrer se dejó escuchar más allá de los Pirineos. Aunque no consiguieron evitar su injusta ejecución, resonó en todo el mundo un sentimiento de solidaridad que hallamos también en los otros casos comentados. Ante la aparente impunidad con la que actúan ciertos regímenes, existe un espíritu de justicia que no entiende de fronteras. Y es que, al echar la vista atrás, vemos que la solidaridad internacional es un auténtico elemento movilizador que atraviesa la historia.
Un eco de justicia resuena en el mundo. O, mejor dicho, nunca ha dejado de sonar. Hoy el grito está en Gaza. Escucharlo o no es también una responsabilidad tanto colectiva como individual.
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Carles Garcia i Flores es Investigador predoctoral en la Universitat de Girona


















