Que las sociedades cristianas se hayan vuelto progresivamente más laicas no es mérito del cristianismo, sino de los agentes sociales que han limitado la injerencia de la religión en los asuntos públicos.

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Xandru Fernández, Nortes, 21 de julio de 2026
Me gustó Águilas de El Cairo, la película de Tarik Saleh que seleccionó Suecia para competir en la última edición de los Oscar. Una historia de intrigas palaciegas en Egipto, con el mundo del cine como escenario. Soy lo que antaño se llamaba un completista, así que busqué otros títulos del director (aunque, a qué engañarnos, buena parte del mérito de Águilas de El Cairo es de su protagonista, Fares Fares) y di con Conspiración en El Cairo, premiada en Cannes, que también va de intrigas y tensiones entre poderes, en este caso el del gobierno egipcio y el de la Universidad Al-Azhar.
La cosa iba bien, pero echaba algo en falta. No sabía decir qué era hasta que, transcurrida más de media hora de película, caí en la cuenta de que aún no había salido una sola mujer. Lo cual no es de extrañar, siendo el escenario una universidad islámica. Pero que el director de la película no hiciera el menor subrayado al respecto sí me pareció chocante. Era como ver una película protagonizada exclusivamente por niños. Como Bugsy Malone o El señor de las moscas. Solo que en estas hay niños haciendo de adultos, mientras que en Conspiración en El Cairo son adultos portándose como niños. Y me vino a la memoria la novela Sumisión, del pérfido Houellebecq, que imagina un futuro en el que un partido islamista gana las elecciones presidenciales francesas y legaliza la poligamia, derogando la igualdad entre hombres y mujeres.
A Houellebecq se le dio cera por construir una distopía islamófoba, pero yo tengo mi voto particular: Sumisión es una mala novela por razones puramente literarias, pero aparte de esto no peca exactamente de islamofobia, sino de misoginia: ni se plantea que las mujeres francesas tuvieran algo que decir en una situación así. Por lo demás, mi discrepancia con Houellebecq y el resto de camisas pardas que cuestionan la posibilidad de que el islam sea compatible con la democracia no es porque yo confíe más que ellos en el islam, sino porque desconfío igual de las demás religiones y por razones análogas: que las sociedades cristianas se hayan vuelto progresivamente más laicas e igualitarias no es mérito del cristianismo, sino de los agentes sociales que han limitado la injerencia de la religión en los asuntos públicos.
Podemos discutir si un creyente crítico con los postulados más carcas de su tradición sigue siendo un creyente, pero no podemos cuestionar la existencia de esos creyentes, y yo creo incluso que deberíamos celebrarla
La misoginia cristiana no tiene nada que envidiarle a la musulmana, ni a la judía. No obstante, sería demasiado fácil reducir la religión a un complot patriarcal con tropezones orgiásticos. Podemos discutir si un creyente crítico con los postulados más carcas de su tradición sigue siendo un creyente, pero no podemos cuestionar la existencia de esos creyentes, y yo creo incluso que deberíamos celebrarla. Por lo demás, sería también demasiado simple identificar las condiciones de posibilidad del patriarcado con las de las religiones, como si no conociéramos otro tipo de contextos presuntamente profanos en los que los hombres se portan también como niños y refuerzan ese supremacismo de género que hace la vida invivible a millones de mujeres en todo el mundo con independencia de los hábitos religiosos de sus captores.
Digo captores porque de eso se trata: de cómo se captura el cuerpo y el alma de una sociedad, anulando a una mitad entera y a buena parte de la mitad restante. De cómo los caprichos y las gilipolleces de un grupito de niños maleducados y sinvergüenzas moldean las leyes, los horarios, el uso del espacio público, la organización del trabajo y el tiempo de ocio. La ocasión es lo de menos: fútbol, caza, sanfermines. Donde sea que los hombres hacen piña y se sienten inmunes a la vigilancia de un adulto responsable, los lazos sociales se deshacen y las posibilidades se reducen dramáticamente: o sumisión al grupo (o al líder que representa los valores del grupo) o violencia indiscriminada, sea contra el extraño o contra el disidente.

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Nada que imputar aquí a ningún instinto: cada vez que el pesimismo antropológico se viste de lagarterana, nos llueven análisis seudocientíficos que lo apuestan todo a la carta de los genes, o a la de las hormonas, o a la del principio del placer, del cual, por lo visto, carecen las mujeres. Miles de páginas de inspiración hobbesiana se duelen de la misma falla imaginativa: la de identificar naturaleza humana con naturaleza masculina. Sobre esos cimientos es ocioso dirimir si naturaleza o cultura.
Nada ganamos tampoco con buscar componentes patriarcales en la célula o en la doble hélice de ADN si con tan solo usar los ojos de la cara el paisaje se nos vuelve por completo diferente en cuanto alguien introduce en la ecuación la variable de la responsabilidad. Dicho en griego, que es como mejor se entiende todo cuando hablamos de ética, la seña de identidad del carácter autoritario parece ser la intemperancia (akolasia), más que la incontinencia (akrasia): el aspirante a macho alfa desdeña que le expliquen las razones por las que no es buena idea dejarse llevar por los deseos. Negará que exista la diabetes, si es preciso. O el cambio climático. O la violencia de género. Recubrirá la explicación racional con mil y una sospechas de mala fe y solo se plegará a la voluntad de un médico, o de un líder, en la medida en que este le dé la razón, esto es, le refuerce sus tendencias egotistas y, como mucho, le proponga posponer su satisfacción por un tiempo limitado. La manosfera tiene éxito porque predica la excelencia del irresponsable y celebra la sinrazón de una infancia cuartelaria.
Me acuerdo de Primo Levi rememorando la última noche que pasaron los prisioneros judíos antes de partir hacia Auschwitz, cuando ya se les había anunciado cuál sería su destino. Unos se emborrachaban, otros rezaban, pero las madres, dice, prepararon la comida de sus hijos para el viaje y lavaron a los niños, y al amanecer el alambre de espino estaba cubierto de ropa infantil puesta a secar. Dice madres, no padres. Podría haber mencionado a los padres, pero no los menciona. Y todos sabemos por qué, sobre todo nosotros, los hombres, los que hemos sido ungidos para heredar la tierra y hacer nuestra santa voluntad incluso la noche antes del apocalipsis. Si hubiera la menor posibilidad de que el fin del mundo saliera mal, no sería precisamente gracias a nuestra previsión y nuestro arrojo. Pero tampoco es justo que os pidamos, chicas, que nos salvéis. Si llega el caso, y llegará, salvaos vosotras.


















