La Gestapo franquista para mujeres jóvenes, por Consuelo García del Cid Guerra

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Consuelo García del Cid / Foto  Isabel Permuy
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Consuelo García Cid, La Independent, 29 de mayo de 2025

Estaba sola y no sabía cómo ni por dónde empezar. No podía entender cómo no había ni rastro del Patronato, una Gestapo a la española, que condenó a adolescentes y menores por ser hembra. Mujeres, todavía niñas, que no habían cometido ningún delito, fueron encerradas en reformatorios franquistas hasta 1985. Yo fui una de ellas.

«Velar por la mujer caída o en riesgo de caer que desea recuperar su dignidad», era el lema de una institución dependiente del Ministerio de Justicia que se llamó Patronato de Protección a la Mujer. Sus orígenes datan de 1902, desapareció durante la Segunda República, para regresar en 1941, presidido por la esposa del dictador Carmen Polo. Tutelaban niñas de 16 a 25 años, a pesar de ser mayores de edad a los 21. Cualquier chica que saliera de la norma franquista podía terminar en el reformatorio: ser pobre, huérfana, estar desamparada, saltarse las clases, bailar cogido, pensar por una misma, rebelarse para el Patronato para más, o manifestarse tutelada.

La institución contaba con una figura llamada visitadoras sociales o guardianas de la moral. Eran mujeres civiles que se paseaban a pie por la calle por las llamadas zonas calientes o de conflicto: piscinas, cines, bailes, bares… cualquier chica que caminara por la calle fumando, fuera del horario colegial, podía ser detenida. Llamaban a la policía, se las esposaba, sin leerles sus derechos, y eran conducidas a una especie de comisaría encubierta llamada Centro de Observación y Clasificación. Cada comunidad contaba con el COC, gestionado por monjas. Allí permanecían una semana en observación y se les hacía un examen ginecológico, constante como «completa» si era virgen e «incompleta» la que no lo era. Se decidía su destino a un reformatorio o a otro, más o menos severo. Estaban los centros de preservación y los de reeducación.

Reformatorio de las Oblatas de Alaquàs en 1966 / (Archivo personal de María Palau)
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Las congregaciones religiosas favorecidas por el Patronato eran, entre otras, las Oblatas del Santísimo Redentor, Adoratrices, Trinitarias, Bon Pastor, el orden secular de las Cruzadas Evangélicas, Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, Lanua Coeli, Filipenses y otros con menor presencia. Fundamentalmente Adoratrices y Oblatas eran las órdenes más fuertes y con mayor número de reformatorios en toda la geografía española.

El día a día era peor que una cárcel. Correspondencia censurada, trabajos forzados, adoctrinamiento religioso extremo, control constante sobre las internas, humillaciones, habitaciones en aislamiento, traslados, trato vejatorio y castigos diversos.

Las internas se autolesionaban, otras intentaron incluso quitarse la vida y algunas lo consiguieron arrojándose por la ventana. Estas muertes se justificaban como “intentos de fuga”. de permanecer en los reformatorios.

Absolutamente todo se tapaba, sosteniendo, sobre el papel, situaciones extremas no tratadas de forma individual. Cada interna ingresaba por un motivo, con el consecuente trauma: Conflictos familiares graves, hijas de presos, de madre soltera, de familias desfavorecidas o violadas por su propio padre, abuelo, hermano, primos. Se cerraba a la víctima y el agresor campaba libremente, incluso acudía, displicente, a las visitas semanales, con el consentimiento de las religiosas, que conocían el delito y no lo denunciaban.

Se trataba de imponer por la fuerza el patrón femenino basado en el sometimiento, el sueño franquista hecho carne a manos de esta institución, que se prolongó hasta 1985. En plena democracia. Mientras España tenía tanta prisa en legalizar el porno, el cine de “destape”, los casinos y los bingos, miles de adolescentes estaban encerradas en reformatorios por motivos que no se sostenían ni con cemento armado. Tratadas como delincuentes, pérdidas, buhardilla e irrecuperables.

Reformatorio de Baeza, conocido por las internas como “El Penal”, por ser uno de los más duros. Única imagen conocida de las instalaciones / Archivo personal de María Palau
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«La letra con sangre entra. Quien te quiere te hará llorar…» En los reformatorios lloramos por una vida entera. Las monjas no tenían ni la más mínima compasión. Ni ninguna empatía. Prohibían terminantemente hablar entre compañeras, las fugas eran diarias, pero se escondían. Quien se atreviera a rebelarse era trasladada a un lugar peor, siendo la escala final San Fernando de Henares, Villalba o Baeza. De esos lugares, ninguno volvía para explicarlo. En cada reformatorio se levantó una industria disfrazada de talleres de trabajo (confección, punto, bordado, imprenta, manipulado, muñequería…) argumentando que nos estaban enseñado un oficio, cuando no era cierto. Se trataba de trabajos en cadena que cualquiera podía realizar. Nadie nos enseñaba absolutamente nada. Y así, con mano de obra gratuita, llenaron las arcas y construyeron grandes conventos en las mejores zonas de las grandes ciudades, ocupando islas enteras y su patrimonio inmobiliario creció como la espuma. Trabajando para grandes marcas, confeccionando ropa, bordando vestidos de torero, casullas de sacerdote, palis, tapices, trapos litúrgicos y ajuares de novia, que las congregaciones venían a honorables clientes. Mientras nosotros pasábamos hambre. Se supone que teníamos que pagar nuestra comida y el techo que nos cobijaba. ¿A qué escuela te pasas el día frotando, trabajando y rezando? Sólo teníamos tres horas de clase al día y la formación académica no era su prioridad.

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Por los reformatorios franquistas pasaron grandes librepensadoras, opositoras al régimen, artistas, extranjeras, gitanas, comunistas y homosexuales. Contra nosotros caía la peor de las famas: descarriadas, rebeldes e irrecuperables. perjudica al resto de sus compañeras. Claras tendencias homosexuales.

La institución nunca se escondió, simplemente se olvidaron de nosotros, porque hasta el 2012 no se empezó a publicar al respecto. Las congregaciones religiosas del Patronato se convirtieron en ONG en 1985 y dirigen gran parte de los actuales centros de menores[1]. No han resuelto su terrorífico pasado reciente, pero siguen recibiendo y manejando grandes cantidades de dinero público. Y además están siendo reiteradamente premiadas: Las Adoratrices (2014, 2017, 2021, 2023) y las Oblatas (2018 y dos premios en 2021) como “Defensoras de Derechos Humanos” (sic)… Sabemos que todo pueblo que oculta, ignora o miente sobre su propia. ¡Nunca nos harán callar! Y continuaremos con nuestra lucha…

Consuelo García del Cid Guerra es escritora, investigadora y activista española. Sus libros, entre otros: Las desterradas hijas de Eva/ Patronato de Protección de la Mujer/ Ruega por Nosotras/ Las Insurrectas del Patronato/ La niña del rincón.

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Nota de Asturias Laica

[1] Sobre la «reconversión» de congregaciones que pasaron de reprimir a las jóvenes en el franquismo a recibir subvenciones en programas para mujeres

Monjas Adoratrices: de reprimir a las jóvenes en el franquismo a recibir subvenciones en programas para mujeres

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