La mayoría de la población entre 18 y 44 años se define atea, agnóstica o indiferente. Pero entre las clases altas y medias altas, el catolicismo es aún mayoritario

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Vicent Flor, El Diario (en valenciano en el original), 2 de agosto de 2026
La visita del papa León XIV a Madrid, Barcelona y las islas Canarias el pasado mes de junio levantó una intensa atención mediática. El sumo pontífice se atrevió a posicionarse en el parlamento español contra los derechos al aborto ya la eutanasia. Continúa el objetivo permanente de la jerarquía de obediencia en Roma de intentar imponer una ética particular al conjunto de la sociedad, incluidos, por tanto, los no católicos.
Habrá que recordar que nadie obliga a nadie a abortar, a separarse, a morir anticipadamente ni a casarse con una persona del mismo sexo. Sin embargo, esta curia desea que todo el mundo actúe de acuerdo con sus creencias y, a quienes no, castigarlos. Todavía hoy.
Hubiera sido más justo una respuesta más contundente contra la pedofilia clerical, más aún después de que el Informe del Defensor del Pueblo estimara unas 400.000 víctimas en el Reino de España y, en consecuencia, propusiera el reconocimiento de un problema estructural gravísimo y medidas de prevención y reparación. Pero las cosas son cómo son.
Católicos, pero ¿cuánto?
En España, los católicos siguen siendo mayoría, pero cada vez menos rotunda, a pesar de la tradición religiosa centenaria, construida, conviene no olvidarlo, a base de reprimir disidentes. Según el barómetro del CIS de junio (estudio número 3.567), el 54,8% se identifica como católico. Habría que investigar lo importante que es la adscripción al catolicismo. No hace falta ser un águila para entender que tiene mucha menos, de relevancia, que hace décadas, por no hablar del siglo XIX.
Además, tan sólo un 17,4% se considera católico practicante. De hecho, de entre quienes se tienen por católicos o creyentes de otra religión (3,2%), sólo el 12,2% asiste a misa todos los domingos y días de guardar y aún un 4,6% repite más de una vez a la semana (debe haber más heavies que católicos de comunión diaria). La religiosidad actual es mucho menos eclesiástica.
En la misma dirección, la suma de indiferentes, agnósticos y ateos abarca ya el 40,1% del total, lo que muestra la creciente secularización incluso en un territorio del sur de Europa. Todo indica que estos porcentajes irán creciendo, puesto que representan el 55% entre las personas de 18 a 24 años, el 56,5% entre los de 25 y 34 años y el 49% entre 35 y 44 años. Por el contrario, se reduce al 17,1% entre quienes superan los 75 años y al 36,7% entre los de 65 a 74 años.
La religión tiene código postal
Si afinamos los resultados, encontramos respuestas conocidas pero interesantes. A mayor nivel de estudios, menor porcentaje de católicos. Mientras que el 69,2% de quienes no han estudiado se consideran creyentes del cristianismo romano, esta opción desciende significativamente entre quienes tienen estudios universitarios, el 47,1%. Asimismo, entre los católicos, tan sólo un 17,4% de quienes tienen estudios superiores asiste con regularidad semanal a misa. Por el contrario, llega al 40,2% entre quienes no tienen ninguna formación reglada.
La correlación entre religiosidad e ideología también puede verse con rotundidad: un 40,8% de los encuestados que se sitúan en el extremo izquierdo de la escala se consideran católicos (tan sólo un 9,7%, católicos practicantes) y en el extremo diestro sube casi al doble, el 80,8% (el 80,8%).
Asimismo, un 81,6 por ciento de los votantes del PP y un 69,9 por ciento de los de Vox se afirman católicos. Cabe señalar que existe un significativo menor número de católicos practicantes en el partido de ultraderecha, 20,4%, que en el de la derecha conservadora, 34%, lo que cuadra con las nuevas extremas derechas europeas, que, a diferencia de las americanas, no son, en general, tradicionalistas. Los datos de los electores de PSOE y Sumar son bastante distintos: 49,3% y 15,9%, respectivamente. De hecho, un 43,7% de quienes apoyan a Sumar se identifican como ateos.
Aunque hace falta prudencia porque la muestra no es lo suficientemente grande para realizar extrapolaciones excesivas (nuevamente, no podemos extraer resultados territoriales), resulta curioso que entre los partidos nacionalistas catalanes prácticamente no habría diferencias, ya que el 42,7% de los votantes de ERC y el 40,3% de los de Junts se consideran católicos. Por el contrario, entre los vascos, sí: 61,3% de los del PNV y 31,8% de los de EH Bildu.
Asimismo, el número de católicos es mucho mayor en la España rural que en la urbana. Mientras que en los municipios inferiores a 2.000 habitantes, el porcentaje de creyentes alcanza el 70,7%, en las ciudades superiores a 100.000 personas desciende hasta el 46,9%.
Cuestión de clase
Si nos atenemos a la clase social subjetiva (la que se atribuye al encuestado), la clase alta y media alta tiene una consideración de católicos prácticamente idéntica a la media (54,4%). Entre directores y gerentes se alcanza el 46,7%. Por el contrario, entre la clase trabajadora-obrera-proletaria (el nombre es del CIS) habría menos: 39,7%. Es el grupo en el que el ateísmo tiene mayor presencia, un 26% (la media es del 15,1%). Entre los desempleados, también hay buena cosa (25%).
Y aquí está, en mi opinión, una de las claves. Algunos datos anteriores muestran que habría más católicos entre gente con menos estatus, como estudios o hábitat, pero en esta jerarquización de clase, fundamental, no hace falta ni decirlo, la partida estaría más disputada y sería favorable a los apostólicos romanos. Entre una parte de las élites, el catolicismo tiene una presencia destacada, lo que facilita políticas favorecedoras de esa religión.
Sin esa variable no se entendería la presencia desproporcionada de la Iglesia católica en la propiedad de medios de comunicación, la financiación extraordinariamente generosa o, por otra parte, la fuerte presencia de la escuela concertada y privada religiosa, producto de décadas de nacionalcatolicismo, y el incremento de nuevas universidades católicas. Ni tampoco que no se hayan revisado los acuerdos de 1979 entre el Reino de España y el Estado del Vaticano que sustituyeron al concordato franquista de 1953.
Al fin y al cabo, ¿quién renuncia voluntariamente a los privilegios?


















