Durante muchos siglos, la Iglesia católica negó la sepultura en tierra consagrada a los niños sin bautizar, mujeres que murieron durante el parto y madres solteras. Por ello en la isla de Irlanda crearon los ‘cilliní’, cementerios populares donde reposaban los restos de aquellos seres que no encontraron descanso en la ortodoxia

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13 de julio de 2024
Hoy Marcos Pereda en Público nos habla de esos cementerios, de uno de los «cillín» de Irlanda, el de Kells, recorriendo, narrando y describiendo un camino que, señala, no es fácil, «No es fácil llegar a Kells».
Pero antes de adentrarnos en ese recorrido, prestaremos atención a un estudio de Eileen M. MURPHY, Colm J. DONNELLY Children’s Burial Grounds (cilliní) in Ireland en el que tratan de de acercarse al origen y al contexto de estos lugares de enterramiento, de monumentos arqueológicos, para niños que se encuentran a lo largo de toda Irlanda, y del que extraemos algunos datos.
Explican en el estudio que los cilliní, se usaban frecuentemente para enterrar a niños no bautizados, aunque otros miembros de la sociedad irlandesa que eran considerados por parte de la Iglesia Católica Romana como inadecuados para ser enterrados en suelo consagrado, también fueron inhumados en estos lugares. Tal grupo incluía a los discapacitados, muertos en naufragios, criminales y víctimas de las hambrunas. Las localizaciones de estos cilliní son diversas e incluyen iglesias y cementerios abandonados, monumentos antiguos y lugares naturales conspicuos y que aún son bastante desconocidos
Los lugares escogidos para esta clase de enterramiento eran muy diversos e incluían iglesias y cementerios abandonados, monumentos antiguos (incluyendo tumbas megalíticas o castillos) o hitos naturales conspicuos en el paisaje; también aparecen en la orilla del mar o de lagos y en cruces de caminos
Hay un numero significativo de estos cilliní en Irlanda con concentraciones bastante importantes en áreas como la de Galway, dondeexisten más de 500 ejemplos (Crombie 1990), o la de Kerry, con alrededor de 250 (Dennehy 1997). Este tipo de monumento ha sido incluido en estudios arqueológicos e inventarios desde muy antiguo y algunos han sido objeto de excavación durante los últimos 40 años.
Contexto
En la Iglesia cristiana primitiva, el bautismo de un recién nacido era de importancia primordial para limpiar a las almas del Pecado Original, incluso en el siglo IV San Agustín de Hipona escribiría que que las almas de los niños no bautizados estaban condenadas al infierno, doctrina que fue modificada por la iglesia medieval con la creación del concepto de limbo. Pero ¿qué sucedía con los cuerpos de los niños y niñas fallecidos sin bautizar y que, de acuerdo con el canon eclesiástico, no podían enterrarse en suelo sagrado?
Estudios de estos últimos años relativos a la muerte y al ritual funerario en la Irlanda histórica, uno de ellos, el de Susan Leigh Fry, dedica un capítulo a los enterramientos de los “desdichados” (Fry 1999:180-187), refiriéndose a los que no podían ser enterrados en suelo consagrado: hombres muertos en el campo de batalla, mujeres fallecidas durante el parto o inmediatamente después de éste, extranjeros o niños que no habían recibido el bautismo, sin encontrar más referencias a este tipo de enterramientos.
Si el registro histórico de Irlanda no nos dice nada a este respecto, sí lo hace la evidencia documental de la Inglaterra medieval que nos habla de la prohibición de la iglesia de que fueran enterrados en suelo consagrado, teniendo que llevarse a cabo enterramientos separados para los no bautizados en suelo no consagrado.
La evidencia histórica más temprana que encontramos para el uso de los cilliní en Irlanda proviene del norte de la isla, en el periodo posterior a la repoblación por parte de gentes procedentes de Inglaterra y Escocia de las tierras del Ulster que habían sido confiscadas a los señores de la zona gaélico-irlandesa como consecuencia de la Guerra de los Nueve Años (1594-1603). Y el final de este tipo de enterramientos lo sitúan en el siglo XIX, si bien hay constancia de que estas prácticas continuaran hasta mediados del siglo XX
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Viajamos a un cillín
Marcos Pereda
Público
No es fácil llegar a Kells.
No es fácil llegar a Kells, dijimos. Tienes que coger una carretera ancha, luego una carretera más estrecha, luego otra carretera realmente angosta. Tienes que ir despacito por caminos sin arcenes, tienes que pasar rozando por ramas tiernas de fresnos o saúcos en flor nívea. Tienes que dar mil y un curvas, atravesar siete o veinte pueblos con olor a humo de pipa y mar que llega. A veces circulas bajo un túnel de vegetación, bajo las copas de árboles que juguetean a ser cielo con sabor a bosque. Luego, un cruce. Otro cruce. El último. Bajar desde el acantilado hasta la orilla, hasta el punto donde bailan el océano Atlántico y el An Mhuir Cheilteach. Despacito, muy despacito, rezando para que en cada curva no aparezca otro coche de frente, no comience esa danza del turisteo, arrima, invade finca, roces, saludo. No, no es fácil llegar a Kells. Es uno de esos sitios por donde no pasas… Uno de esos sitios donde terminas porque quieres ir.
Cillín, les dicen.
Cillín, también pueden verlo como killeen. Cillín (pronúnciese «kilín») significa «Iglesia pequeña» en gaélico. Suena bien, cillín, como suenan bien todos los nombres en gaélico, con aroma a mares y lluvias, a versos dulcísimos dichos con voz ronca, a brezo triscando entre céfiros y banshees que aúllan. Suena bien, cillín.
Aunque esconda tragedias.
Un cillín es, básicamente, aquel cementerio pagano, fuera de tierra consagrada, donde los irlandeses enterraban a niños sin bautizar. El escritor Peter Ross, autor del magnífico Una tumba con vistas. Historias y glorias de cementerios (recientemente editado por Capitán Swing con traducción de Isabel Hurtado de Mendoza Azaola), dice que hay unos mil cuatrocientos desde Donegal hasta Cork, desde Dingle hasta Antrim. Seguramente sean más, seguramente haya tantos otros perdidos.
Seguramente no sepamos, a veces, cuándo pisas los restos de un bebé…
Kells está al norte de la Península de Iveragh, justo mirando a Dingle. Condado de Kerry, Irlanda, por si quieren situarse mejor. A un lado miras el Atlántico inmenso (un Atlántico gris, perezoso, un Atlántico con aguas oscuras) y a la espalda queda Na Cruacha Dubha, que podemos traducirles como «Las Pilas Negras», y es cordillera culminante en Erin porque allí está el Carrantuohill. Espacio límite entre dos Gaeltacht, esos sitios de habla gaélica, con carteles en varios idiomas y una lengua saltarina que huele a musgos y petricor.
Hay, allí, cuatro casucas, una playa pequeñita con arena color beige, un espigón del que se tiran, riendo, chavales con pieles pálidas. Hay olas suaves que casi ni espumean contra bajíos, hay familias enteras aprovechando tres rayos de sol. Alrededor, monte y verde. Alrededor árboles, y maleza, y trébol blanco, y bardanas grandes como lagartos echando siesta. Le dicen la Isla Verde por algo.
Ah, y hay, allí, una caseta chica, de madera, con banderón de la Cruz Roja. Me acerco, furfullo. Pregunto a un chaval que no tendrá veinte años, me remite a su compañero, aun más joven. Él nació en Kells, quizá sepa. El otro sonríe (pelo naranja, pecas, me habla lento para hacerse entender). Está aquí, aquí al lado. Subes hasta ese muro, giras a la derecha, caminas y te encuentras la entrada. Cinco minutos, serán, y llegaste.
Al cillín.
Doy las gracias, salgo.
Los cilliní aparecen en lugares muy concretos. Bellos, tranquilos, vínculos con naturaleza e Iglesia pero sin violar la una o invadir la otra. En el interior de templos ya sin uso, en lindes de camposantos, circundados por piedras o dentro de un ráths, esos fuertes con forma de anillo que eran portones al mundo feérico. También hito entre aldea y otra, al pie de espino, junto a pozos sagrados, en pequeñas islas donde es difícil acceder. Hay una, en la costa de Donegal, que le dicen Oileán na Marbh. La Isla de los Muertos. Allí encuentras cillín.
O en acantilados como este.
Son, por así decirlo, lugares liminares, membranas muy estrechas entre paganismo y cristiandad, entre un mundo y otro. Son, por así decirlo, espacios donde sientes atmósferas puras y densas, tristes y pacíficas. Aunque no creas en atmósferas, aunque mires con ojos de la Ilustración. Están allí, es suficiente.
Están allí.

La cancela es de hierro negro, muy pesada. Curioso, lo de la cancela, porque no chirría aunque debiera hacerlo, no chirría aunque en tu mente emite sonido de novela gótica.
Y así entras al cillín. Mejor, al camino que lleva hasta el cillín. Trail of the innocents, te avisan carteles. Tú, que conoces el asunto, haces por no estremecer.
Trail of the innocents.

Serán unos ciento cincuenta metros. Camino estrechuco, grava grisácea, camino crujiendo bajo las botas como acículas en hoguera. Hay pinos enormes colgando hasta la mar, hay helechos enormes que quieren lamer tus pies. Niebla, gotitas esféricas, perlas de agua, juegan a equilibrios sobre el verde oscuro. Mira, un acebo, qué hará aquí un acebo, qué raro se me hace ver un acebo. Casi pareciera pasillo, el Trail of the innocents, hasta que se abre, y todo salta a tu mirar.
Take Care. Danger of tripping, dice otro cartel, modesto, como en voz bajita.
Hemos llegado al cillín.
Los cilliní surgen por una doble necesidad. De tipo religioso, de tipo práctico. La segunda es sencilla… si no podemos enterrar a nuestros hijos en cementerios… ¿dónde recordar a la criatura, dónde llorar su ilusión, dónde amartelar mirares para el futuro que no fue? El niño o niña debía ser enterrado entre la puesta de sol del día que fallece y el alborear. Labor de tinieblas, casi furtiva.
Porque, segunda causa… Si mi hijuco no está bautizado… ¿dónde va? Al limbo, señores, al limbo me dice el cura, al limbo me dicen los misales. Culpables del pecado original por no haber recibido sacramento que lo borra, inocentes por no tener tiempo para contravenir a Yahvé. Otro límite, como el de los cilliní. El limbo es un lugar negro y quieto, un lugar entre Cielo e Infiernos. Hay una expresión en gaélico que es terrible y bella. Dorchadas gan phian, la oscuridad sin dolor. Existencia dentro de la no existencia, por siempre jamás. Qué padre querría eso, qué madre podría soportarlo. Si la ortodoxia católica no me permite salvar al mozo por un quítame allá esas aguas… bueno, yo mismo tomaré iniciativa. Sin oponerme al clero, eso sí, porque los cilliní son, también, equilibrio complicado y doloroso.
Es casi un círculo. Casi un círculo, un claro en el bosque, un mirador sobre las aguas. Si nadie te explica pensarías en jardines. La mesa de piedra, el banco. Y centenar largo de losas en el suelo.
No, no piensas en jardines.
Son piedras pequeñas, picudas las más, algunas con forma de lápida, otras como tejas de hogares caídas al albur. Tienen color marrón o color gris agua, y están limpias, muy limpias. Aparecen, a este lado y aquel, cantos amusgados en verde, o con líquenes cubriendo una cara, líquenes como piel pálida que cuartea. Pero, si preguntan, todo está cuidadísimo.

Las losas (pues eso son, recuerdos de quienes yacen bajo tierra, hitos donde detenerse a recordar) aparecen sin orden preestablecido. A veces pareciera que crean espirales, o que buscan hacer líneas contra los vientos del Atlántico, o que se apelotonan en cierto túmulo, en cierta linde, que recrean monumentos megalíticos, misterios de cielo y vez. Pero son impresiones vacuas, impresiones que provoca el sitio. Acostumbrados a nuestra geometría de la muerte, nos cuesta reconocer cuánto hay de natural en dejar que el recuerdo viva de manera anárquica.
Cuesta, sí, contemplar los killeen con ojos racionales. Cuesta, porque son espacios bellos y horribles, tranquilos y tumultuosos. Aquí, en Kells, hay flores, muchas. Hay flores blancas, y flores azules, hay flores rojas, hay palmas, hay juncos, hay bueyes grandes que se disfrazan de hortensias y crían pétalos color lila y color añil, pétalos color crema con hojas grandísimas de nervios duros. Sumen la brisa, sumen el césped, sumen cada árbol y cada murmullar del viento en cada árbol.
Luego bajen la vista a sus pies. Otra placa. Lees, traduces, esta es fácil. «Dejad que los niños se acerquen a mí, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos». Lees, traduces.
Evocas lo que significa cada una de esas piedras.
William Wakerman, un escritor irlandés del siglo XIX, los define como «lugares lóbregos y profanos que el celta moderno observa horrorizado y a donde, en ningún caso, se acercará después del anochecer». Wakerman avisa, igualmente, de que no todas las tumbas eran pequeñas y frágiles. Allí también enterraban a los excomulgados, a los suicidas, a los asesinos, a los cadáveres de desconocidos que llegaban (pasto de pez y caloca) arrastrados por mareas. También inhumaban mujeres que murieron durante el parto, madres solteras, pecadoras…
Hubo una época en que todos los miembros de la comunidad conocían los cilliní. A veces por visitarlos, otras porque iban, susurro tras susurro, desde una familia a la siguiente. Las piedras, el lugar. Descanso, responso, respeto. Hoy es más complicado. Sí, existen los más «marcados», como este en Kells, y algunos asoman por libros o artículos universitarios. Pero es complicado, no hay mucha información, no aparecen en guías y fotos de Instagram, no tenemos un mapa que marque cilliní en este o aquel Contae. Cayeron en desuso, parecen caer en olvido. Recuerdos de un pasado que llegó con lágrimas.
Recuerdos de un pasado que fue hace poco, muy poco.

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El cillín está rodeado por muros de piedra seca. Morios, les decimos en Cantabria, morios. En Irlanda son casi emblema nacional, y tienen casi medio millón de kilómetros. Medio millón… son muchas piedras. Aquí hay enredaderas (enredaderas de hojas grandes, enredaderas que vetean verdes como si fueran culebrillas del Amazonas) trepando morios, y dos o tres piñucas posadas allí, como durmientes.
El cillín de Kells se abre (se abisma) sobre un ancón y un arenal. Hay, de fondo, gritos felices, carcajadas. Hay barquitos anclados que se mecen en baile, hay boyas amarillas que flotan como si les diera rubor hacerlo. Pescadores, caminantes. Y, pese a todo, silencio. Silencio no como ausencia de sones… silencio que sientes, silencio de miruellos y corvatos.
Frío que se cuela desde el Atlántico, frío que viene de muy lejos.
El viento, tímido, silba entre cantos.
También el limbo está hoy en… bueno, un poco en el limbo. Figura incómoda para la Iglesia católica, difícil de explicar, difícil de justificar. ¿Qué condena merece, dígame, una criatura que solo hizo lloriqueos durante sus doce horas de vida? Así que pasemos página… desde los años setenta la doctrina permite enterrar en tierra consagrada a personas sin bautizar. Si el bebé murió sin sacramento, el propio cura puede proporcionar nombre durante rito funerario. Es, también, reminiscencia pagana, si quieren… la importancia de nombrar, que todo lo que existe tiene una denominación. Sigue existiendo, con todo, el miedo, las prevenciones, porque siglos de cultura (de cultura profunda, de cultura incardinada) no se borran con dos papers desde la academia, por muy Vaticana que se precie ser.
Existe el «bautismo de deseo», administrado por laico. Será su fe la que limpie de pecados al pequeño. Es lo que hizo, nos cuenta Peter Ross, Siubhainin Ni Chutgnneagam. Siubhainin se encarga de localizar cilliní en Milltown, justo entre las penínsulas de Dingle e Iveragh. Busca entre papeles y memoria, halla, respeta. Luego comunica a las familias dónde reposan sus seres queridos, porque a veces el sitio exacto se pierde, lo devora la vegetación, se mimetiza entre selvas y helechos. Es importante saber dónde están los tuyos, es importante, quién podría negarlo, qué desalmado podría negar. Pues esta Siubhainin hizo el bautismo laico sobre su nieto, mientras iba en una incubadora de una clínica a otra.
Por si acaso.
Es una cuestión de miedo, dice Ross que dijo Siubhainin.

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Vas mirando inscripciones, en el cillín. Vas mirando inscripciones, porque hay piedras mudas, pero otras cuentan días, relatos. Tiempos de hambre, tiempos que ya crees lejos. Eso, de alguna forma, tranquiliza. Espejo de otro mundo, uno que ya no es. Y, entonces, te detienes, no respiras, vértigo.
Un nombre, un apellido, una fecha.
Trece de febrero, año 2001.
Justo al lado hay otra lápida. Distinto nombre, mismo apellido. Veintisiete de junio, 1971. Treinta años antes. Un tío que no fue, quizá un tío abuelo. Año 2001, hace tan poco. El sitio torna, instantáneamente, más real.
Junto a la mesa de piedra hay otra inscripción. The mass rock was a feature of Irish ligfe in the 1700’s.
Empieza a llover. Despacio, como un manto dulce.
Al fondo, risas.

















