¡Hemos tenido un democristiano! · Ignacio Peyró

septiembre 21, 2024

Recuperado el lince ibérico, también hemos recuperado el humanismo cristiano en la figura de Salvador Illa

Illa, con el abad de Montserrat, Manel Gasch, antes del inicio del acto institucional de apertura del milenario de la abadía celebrado el día 7 en el monasterio benedictino / Quique García (EFE)
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Ignacio Peyró, El País, 21 de septiembre de 2024

Ni el influencer más sabueso puede adivinar cuándo volverán los pantalones de campana ni el cronista con más horas de vuelo podía vaticinar que el “humanismo cristiano” iba a volver a la política española. Algunos lo hemos vivido como el terremoto de San Francisco, pero todo el mundo podría, como mínimo, haber tirado el café. Porque uno piensa en política española y humanismo cristiano y su imaginación vuela de inmediato a una escena: un señor de la derecha elegíaca, quizá Jaime Mayor Oreja, en algún acto convocado en Madrid para deplorar —no diré que sin razón— la marcha del mundo. Esta vez, sin embargo, no fue así. Mientras Carles Puigdemont entraba y salía por la muga, el nuevo presidente de la Generalitat, Salvador Illa, afirmaba en su investidura que iba a aportar a su Gobierno una visión basada en el humanismo cristiano. Fue como para agarrarse a la botella de Aromas de Montserrat. Y no contento con esta primera andanada, Illa, más pertinaz que la sequía, ha peregrinado estos días justamente a Montserrat y ha convocado a su Gobierno a un retiro político en Poblet.

Al hablar de humanismo cristiano hay quien lo tiene claro: ni humanismo, ni cristiano, punto este curiosamente capaz de hermanar el pensamiento tradicionalista con unas asociaciones laicistas que ya se han apresurado a dar a Illa un coscorrón espiritual. Y no cabe duda de que para algunos “humanismo cristiano” es sinónimo de derecha claudicante, mientras que para otros es fascismo con sonrisas. El término, en verdad, ofrece una indeterminación muy satisfactoria: para la derecha puede ser un liberalismo con rostro humano o un conservadurismo compasivo, en tanto que para la izquierda puede encarnar un socialismo no sectario.

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No callarás

julio 15, 2022

En una sociedad que ha dejado de ser católica estaría bien contar con alguna voz católica de referencia, siquiera para no tener que avergonzarnos de algunos silencios, como el de los abusos sexuales

Miguel Hurtado, víctima de abusos sexuales en el monasterio de Montserrat, en el interior de la abadía en 2019 / Susana Vera / REUTERS

Ignacio Peyró, El País, 15 de julio de 2022

Vivíamos mucho peor con Diocleciano, pero quien hoy siga considerándose católico tendrá que conllevar algún que otro estupor. En apenas dos generaciones hemos pasado del catolicismo unánime a la ruptura en la transmisión de la fe: los abuelos tal vez rezaban el rosario en familia, pero los nietos ya no han sido bautizados. A mediados del XIX, el poeta Matthew Arnold escuchaba la bajamar de la fe en Inglaterra como “un clamor largo y melancólico”: por contraste, en España, el proceso de secularización ha sido mucho más tardío pero mucho más veloz. La contestación a la antropología cristiana ya es mayoritaria tanto en la política como en la sociedad españolas: este fenómeno, quizá previsible en países noreuropeos, lo era mucho menos en un país de monocultivo eclesiástico, y sin embargo el catolicismo ha perdido batalla tras batalla cultural desde la Transición. Por otra parte, la ilusión del catolicismo de masas —aquellas Jornadas de la Juventud impulsadas por el papa Wojtyla— ha cedido paso a un reajuste de los números, del mismo modo que hay una relación directa entre el avance de las comunidades protestantes en América Latina y el declinar de las católicas. En fin, cómo olvidarlo: tenemos dos papas. ¿La nave zozobra? Como mínimo, volvemos a las dimensiones —según había visto Ratzinger en la posguerra— del pequeño rebaño.

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