La larga conspiración contra la República (III) | La cuenta atrás hacia el 18 de julio

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Requetés navarros, voluntarios
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Pedro María Fernández Sandino, Errepublika Plaza, 18 de julio de 2026

La cuenta atrás hacia el 18 de julio: apoyos internacionales, el asesinato de Calvo Sotelo y la decisión definitiva de los conspiradores

La victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 supuso el punto de no retorno para quienes llevaban años preparando el derribo de la Segunda República. Aquellos comicios, celebrados con todas las garantías legales y reconocidos por las instituciones del Estado, devolvieron el Gobierno a una coalición de partidos republicanos y de izquierda que se comprometía a reactivar las reformas paralizadas durante el bienio conservador. El resultado fue recibido con esperanza por amplios sectores populares y con auténtica alarma por buena parte de las élites económicas, militares y religiosas.  Desde ese momento, la conspiración dejó de ser una posibilidad para convertirse en un plan operativo.

Los contactos clandestinos se multiplicaron. Los enlaces militares intensificaron sus desplazamientos. Las organizaciones monárquicas aceleraron la captación de recursos económicos, los requetés incrementaron su instrucción paramilitar, la Falange recrudeció su campaña de violencia callejera, y los principales generales comprometidos con la conspiración comenzaron a preparar el reparto de responsabilidades para el futuro golpe.

Lejos de improvisarse durante el verano de 1936, la sublevación respondía ya a un calendario cuidadosamente elaborado.

Mola: el Director de la conspiración

La coordinación del golpe quedó en manos del general Emilio Mola, destinado en Pamplona tras la victoria electoral del Frente Popular. Entre los conspiradores era conocido simplemente como «el Director». Desde Navarra, Mola mantuvo una intensa correspondencia clandestina con numerosos mandos militares, dirigentes monárquicos y responsables carlistas. Sus conocidas Instrucciones reservadas, redactadas durante la primavera de 1936, constituyen uno de los documentos fundamentales para comprender la naturaleza del golpe, en ellas aparece con claridad un principio que marcaría el desarrollo posterior de la guerra y de la represión:

«Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta.» Aquella frase no respondía a un arrebato retórico, expresaba una estrategia política perfectamente definida. Los conspiradores sabían que una parte importante de la población defendería la legalidad republicana. Por ello consideraban imprescindible sembrar el terror desde las primeras horas mediante detenciones masivas, ejecuciones ejemplarizantes y la eliminación física de quienes pudieran organizar cualquier forma de resistencia.

Décadas después, abundante documentación militar y administrativa demostraría que aquella violencia no fue consecuencia exclusiva del desarrollo de la guerra, sino un componente previsto en numerosos planes elaborados antes incluso del 18 de julio.

Franco: de la prudencia al compromiso definitivo

La figura de Francisco Franco continúa siendo objeto de debate historiográfico, a diferencia de Mola, Franco no se incorporó inmediatamente a la conspiración, durante varios meses mantuvo una actitud calculadamente ambigua. Su prestigio militar era enorme tras las campañas africanas y la represión de la Revolución de Asturias de 1934. Sin embargo, conocía perfectamente las consecuencias que tendría un nuevo fracaso como el de la Sanjurjada, su incorporación definitiva dependía de dos condiciones fundamentales. La primera consistía en asegurarse de que el golpe contaría con suficientes apoyos militares para tener posibilidades reales de éxito. La segunda, garantizar el control del Ejército de África, la fuerza mejor preparada y más experimentada del Ejército español, cuando ambas circunstancias comenzaron a perfilarse durante la primavera de 1936, Franco terminó comprometiéndose plenamente con la conspiración.

Sanjurjo: el símbolo del futuro régimen

Aunque residía exiliado en Portugal tras el fracaso de la Sanjurjada, el general José Sanjurjo seguía siendo considerado el jefe natural del futuro Estado surgido del golpe, su prestigio entre los monárquicos era considerable. La mayoría de los conspiradores imaginaban un gobierno provisional presidido por Sanjurjo que reorganizaría el país antes de definir su estructura política definitiva.

Paradójicamente, el hombre destinado a encabezar la nueva dictadura nunca llegaría a ejercer ese papel, su muerte el 20 de julio de 1936, al estrellarse la avioneta que debía trasladarlo desde Portugal hasta España, alteraría profundamente el equilibrio interno del bando sublevado y facilitaría, meses después, la concentración del poder en manos de Franco.

Los requetés: el ejército del tradicionalismo

Uno de los elementos decisivos de la conspiración fue la extraordinaria organización alcanzada por los requetés carlistas. Especialmente fuertes en Navarra, habían pasado años preparando una auténtica fuerza paramilitar. Bajo la dirección política de Manuel Fal Conde, miles de voluntarios recibieron entrenamiento militar, realizaron maniobras clandestinas y acumularon armamento con la colaboración de oficiales comprometidos con la conspiración.

Cuando llegó el momento del golpe, los requetés podían movilizar varios miles de combatientes perfectamente organizados, su disciplina, unida al apoyo social del que disfrutaban en buena parte de Navarra, permitió asegurar rápidamente el control de aquella provincia. Mola comprendió desde muy pronto que sin el respaldo del carlismo navarro la conspiración tendría muchas menos posibilidades de éxito.

Las negociaciones entre militares y dirigentes tradicionalistas fueron largas y no estuvieron exentas de tensiones, finalmente prevaleció el objetivo común de destruir la República.

Ruiz de Alda (centro) junto a Valdecasas (izq.) y Primo de Rivera (dcha.), en el mitin fundacional de Falange en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 29 de octubre de 1933. |  Dominio público-Fuente
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La Falange como instrumento de desestabilización

Mientras tanto, la Falange Española intensificaba su estrategia de confrontación. Aunque José Antonio Primo de Rivera permanecía encarcelado desde marzo de 1936, la organización siguió actuando mediante una estructura clandestina cada vez más militarizada. Durante aquellos meses se multiplicaron los atentados, las agresiones y los asesinatos cometidos por grupos falangistas. La estrategia falangista perseguía deliberadamente incrementar el nivel de tensión para presentar a la República como un Estado incapaz de garantizar el orden público. Aquella campaña coincidía plenamente con los objetivos perseguidos por los conspiradores militares, cuanto mayor fuera la sensación de caos, más fácil resultaría justificar la intervención del Ejército.

Italia fascista: el primer apoyo exterior

La conspiración española no se desarrolló aislada del contexto internacional. Desde comienzos de 1934, dirigentes monárquicos habían establecido contactos con representantes del régimen de Benito Mussolini. Italia contemplaba con creciente interés la posibilidad de ampliar su influencia en el Mediterráneo occidental mediante la instauración de un régimen amigo en España.

Diversas investigaciones, especialmente las desarrolladas por Ángel Viñas, han documentado acuerdos alcanzados antes incluso del estallido de la guerra para suministrar material militar y apoyo financiero a los conspiradores.

Aquellos compromisos desmienten la idea de que la ayuda italiana surgiera únicamente como respuesta a una guerra ya iniciada. Una parte de esa colaboración comenzó a prepararse cuando el golpe todavía era solo un proyecto.

La Alemania nazi observa con atención

La actitud de la Alemania de Adolf Hitler fue inicialmente más prudente. Berlín seguía con interés la evolución política española, pero no desempeñó un papel tan activo como Italia en las fases preliminares de la conspiración, sin embargo, una vez iniciado el golpe y comprobadas las dificultades para trasladar el Ejército de África a la península, la respuesta alemana fue extraordinariamente rápida.

Los aviones de transporte enviados por Hitler permitieron establecer el primer gran puente aéreo militar de la historia, facilitando el paso del Ejército de África al territorio peninsular. Sin aquella ayuda, numerosos historiadores consideran que el desarrollo inicial de la guerra habría podido ser muy diferente.

Portugal: la retaguardia segura

También el régimen autoritario de António de Oliveira Salazar desempeñó un papel relevante. Portugal ofrecía varias ventajas decisivas, constituía un refugio seguro para conspiradores exiliados, permitía mantener contactos discretos lejos de la vigilancia republicana, y garantizaba una frontera relativamente segura para futuras operaciones militares.

Sanjurjo organizó desde territorio portugués buena parte de sus actividades conspirativas. Más tarde, durante la Guerra de España, el régimen de Salazar facilitaría comunicaciones, suministros y apoyo diplomático al bando sublevado.

El Dragon Rapide

Uno de los episodios mejor documentados de la conspiración fue la contratación del avión británico Dragon Rapide, cuya misión consistía en trasladar a Francisco Franco desde Las Palmas de Gran Canaria hasta el Protectorado español de Marruecos para ponerse al frente del Ejército de África.

La operación fue impulsada por los dirigentes monárquicos de Renovación Española, especialmente por Antonio Goicoechea, en estrecha colaboración con José Calvo Sotelo antes de su asesinato. La financiación corrió fundamentalmente a cargo del empresario y financiero mallorquín Juan March Ordinas, cuya aportación económica permitió sufragar tanto el alquiler del aparato como otros gastos derivados de la conspiración. March, uno de los hombres más ricos de España, llevaba meses financiando las actividades de los conspiradores y manteniendo contactos con los sectores monárquicos y militares comprometidos con el levantamiento.

La organización práctica de la operación fue confiada a Luis Bolín, corresponsal del diario ABC en Londres y estrechamente vinculado a los círculos monárquicos. Bolín viajó a Londres con fondos facilitados por Juan March para contratar un avión civil que no despertara sospechas. Para ello contó con la colaboración del aristócrata y expiloto Hugh Pollard, ferviente partidario de la causa monárquica española, cuya presencia facilitó las gestiones en el Reino Unido.

El aparato fue alquilado a la compañía británica Olley Air Service. El piloto fue Cecil Bebb, acompañado por el mecánico Arthur B. B. Bebb. Como parte de la cobertura de la operación viajaron también Hugh Pollard, su hija Diana Pollard y una amiga de esta, cuya presencia contribuía a presentar el vuelo como un viaje turístico y reducir las sospechas de las autoridades británicas y españolas.

El Dragon Rapide despegó del Aeródromo de Croydon el 11 de julio de 1936 y siguió un itinerario cuidadosamente planificado, con escalas en Burdeos, Biarritz, Oporto, Lisboa, Casablanca y otros puntos, con el fin de evitar que la verdadera finalidad del viaje pudiera ser identificada.

Tras el asesinato de Calvo Sotelo el 13 de julio y la aceleración de los preparativos del golpe, el avión permaneció a disposición de los conspiradores hasta que Franco decidió abandonar Canarias. En la tarde del 18 de julio embarcó en el aeródromo de Gando y, tras una escala en Casablanca, llegó en la mañana del 19 de julio a Tetuán, donde asumió inmediatamente el mando del Ejército de África.

El éxito de la operación constituyó uno de los mayores logros logísticos de la conspiración. La incorporación personal de Franco garantizó que las unidades más experimentadas del ejército español —la Legión Española y los Regulares— quedaran bajo una dirección única. Sin el respaldo financiero de Juan March Ordinas, la labor organizativa de Luis Bolín y la colaboración de intermediarios británicos como Hugh Pollard, la ejecución de esta operación habría resultado considerablemente más difícil. Aunque el golpe ya estaba en marcha, el traslado de Franco consolidó su papel como uno de los principales dirigentes militares de la sublevación y facilitó la posterior unificación del mando rebelde.

El asesinato de Calvo Sotelo: un crimen utilizado como justificación

La noche del 13 de julio de 1936 fue asesinado el dirigente monárquico José Calvo Sotelo por un grupo integrado por miembros de las fuerzas de seguridad y militantes socialistas que actuaron como represalia por el asesinato, cometido el día anterior por extremistas de derecha, del teniente José del Castillo, conocido por su vinculación con organizaciones republicanas y socialistas.

La conmoción fue enorme, la oposición conservadora responsabilizó inmediatamente al Gobierno, sin embargo, la investigación histórica coincide en señalar que no existen pruebas de que el Ejecutivo presidido por Santiago Casares Quiroga ordenara o planificara aquel asesinato, lo que sí resulta evidente es que los conspiradores aprovecharon inmediatamente el crimen como argumento propagandístico para presentar la sublevación como una reacción inevitable.

Sin embargo, esa interpretación no resiste el análisis documental, cuando Calvo Sotelo fue asesinado, el golpe llevaba meses organizándose, las instrucciones militares estaban redactadas, las guarniciones comprometidas habían recibido órdenes, los contactos internacionales estaban establecidos, los recursos financieros habían sido movilizados, las organizaciones paramilitares aguardaban instrucciones, él mismo participaba de la conspiración El asesinato aceleró la decisión de algunos oficiales todavía indecisos, pero no creó la conspiración, Simplemente proporcionó un poderoso elemento de legitimación política para una operación cuyo diseño estaba prácticamente concluido.

La decisión definitiva

Durante la segunda semana de julio, todos los preparativos entraron en su fase final, las órdenes comenzaron a transmitirse mediante claves previamente acordadas, las guarniciones conocieron la fecha prevista para la sublevación, los enlaces civiles quedaron preparados para apoyar a las autoridades militares rebeldes. La suerte estaba echada.

La República ignoraba todavía la magnitud real de la conspiración, aunque los servicios de información habían detectado movimientos sospechosos, el Gobierno subestimó la coordinación alcanzada por los golpistas y confió en que los traslados de determinados generales bastarían para neutralizar el peligro. Fue un error de enormes consecuencias, en la tarde del 17 de julio de 1936 comenzó la sublevación en Melilla, al día siguiente se extendía a buena parte del territorio español. Los conspiradores esperaban un triunfo rápido; No lo consiguieron.

La resistencia de amplios sectores del Ejército, de las fuerzas de seguridad y, sobre todo, de una parte muy importante de la población civil impidió que el golpe triunfara de forma inmediata. El fracaso parcial de la sublevación abrió paso a una larga y devastadora Guerra de España, cuyas consecuencias marcarían el destino del país durante varias generaciones.

Salud y República

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En el blog de Asturias Laica:

La larga conspiración contra la República (I): El camino hacia el golpe de Estado del 18 de julio de 1936

La larga conspiración contra la República (II): Militares, oligarquía, Iglesia y fascismo: la conspiración toma forma (1933-1936)

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