Varias generaciones de este país venimos del terror, hasta que caímos en la cuenta de que el placer podía ser en un arma en la lucha por la liberación

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Manuel Vicent, El País, 24 de mayo de 2026
La capilla estaba en penumbra; al pie del altar sobre una tarima había una mesa camilla iluminada por un flexo que proyectaba contra las paredes la sombra puntiaguda, tenebrosa, del director de los ejercicios espirituales allí sentado, quien en ese momento describía minuciosamente las penas del infierno sin escatimar ningún horror. Decía que este castigo podía caer sobre un niño de siete años recién llegado al uso de razón que cometía su primer pecado o sobre un viejo a punto de morir que lo cometiera en plena agonía después de una vida intachable. Ambos serían condenados al fuego eterno para toda la eternidad.
¿Qué era la eternidad? Si una hormiga diera vueltas alrededor de la tierra, cuando llegara a partirla en dos mitades, la eternidad alcanzaría el primer segundo. El terror llenaba toda la capilla y yo era uno de aquellos adolescentes aterrorizado. Pero había una única solución: no caer en el pecado, no tener un solo pensamiento impuro. En ese caso el infierno se transformaría en el paraíso.
Los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola son un monumento a la psicología humana; de hecho, además de sociólogos y psicoanalistas, los han copiado todas las policías del mundo sin distinción de ideologías para los interrogatorios en los sótanos de las comisarías. Primero el policía malo te tortura durante toda la noche y al amanecer cuando estás hecho un pingajo llega el policía bueno, te ofrece un cigarrillo y te pregunta si quieres un bocadillo de tortilla. Y te derrumbas.
Varias generaciones de este país venimos de ese terror, de esa congénita condena
Pero un buen día caímos en la cuenta de que el placer podía convertirse en un arma en la lucha por la liberación. Contra el infierno, contra el pecado estaba el verano, la libertad, la rebeldía, el mar, la música, el sexo libre, la amistad, la alegría de vivir, la gloria de la naturaleza. Aquel terror sádico nos sirvió de palanca para conquistar este principio revolucionario: ser felices sin creernos por eso culpables.

















