Un telepredicador para dominarnos a todos | Ismael Merino

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Una mujer con un rosario en Madrid, en una imagen de archivo | Europa Press / Gustavo Valiente
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Ismael Merino, Público, 5 de mayo de 2026

Ronald Reagan fue una mala escolopendra inteligentísima que entendió antes de su primer mandato, allá por 1981, que podía instrumentalizar la fe para doblar la rodilla del pueblo a favor del único dios del que realmente era siervo y esclavo: el dinero.

El también actor y artista de variedades –a mi abuelo le gustaban sus pelis de vaqueros– se sirvió de lo que había aprendido en la farándula y el espectáculo, en la televisión y el choubiznes, para apuntalar su carrera política gracias al camino neopentecostal ochentero, una corriente religiosa e ideológica – muy importante esto último: hacen proselitismo infame de las injerencias políticas –que extraía del imaginario cristiano sus discursos más masculinos y reaccionarios– o sea, veterotestamentarios –para fusionarlos con lo que sus séquitos denominan teoría de la prosperidad, una antítesis de la revolucionaria teología de la liberación que convierte lo espiritual en un acto individual y atomizado con una recompensa material en lugar de espiritual: la fe, según esta charlotada yanki, será recompensada por Dios y el Espíritu Santo con riquezas materiales en esta vida sin que importe que seas o no buena persona, que seas justo con el prójimo o que siembres tu existencia de malas obras; resulta que Cristo prometió anillacos de oro y residencias palaciegas a cambio de idolatrarlo y no nos habíamos enterado.

El hábil lector comprenderá que desacoplar la fe de las buenas obras es peligroso y destruye un sistema de creencias colectivo –o sea: una religión– para convertirlo en una superstición histriónica donde lo único que importa es el yo y la relación inapelable que tenga con Dios, y esa es exactamente la premisa desde la que Reagan trabajó para apuntalar su neoliberalismo capillita; además, si a esto se le suma el reaccionarismo político salvaje y la brutal espectacularización que suelen acompañar al camino neopentecostal, con su indivisible arcén de telepredicadores ostentosos y actorcillos bazarescos que fingen milagros y posesiones en auditorios repletos de exaltados para fundamentar sus animaladas, tenemos la herramienta mediática y pastoral definitiva del necroliberalismo para justificar el vasallaje laboral como el único camino hacia Dios: trabaja como un cabrón y sin quejarte, siervo mío, que allá al fondo encontrarás la Verdad; y dame dinero para comprarme un iPhone nuevo, que así lo quiere nuestro machísimo Señor; y repudia en público a tu hijo maricón si no quieres convertirte también en un mancebo mamañemas de Satanás.

El paradigma necroliberal hispánico, Isabel Díaz Ayuso, ha comprendido cuarenta y cinco años después lo mismo que Reagan y ha decidido vender Madrid a esta fe sectaria de talonario y gatillo de oro, y cualquiera que esté despierto en la ciudad lo habrá notado. Por ejemplo, ha quedado en el recuerdo colectivo la intervención de Yadira Maestre, una telepredicadora evangelista afincada en el barrio de Usera, en un mitin del PP de Madrid de 2023; y ya son parte del escaparate cotidiano de la región los locales de culto neopentecostales que afloran constantemente en los barrios, o los actos multitudinarios que celebran previo pago de entrada cada dos por tres, como el de este domingo en el estadio Metropolitano.

El evangelismo neopentecostal, con su horrenda fusión de individualismo, ultraconservadurismo e idolatría por el dinero –sus telepredicadores no creen en Dios, solo en sus banqueros–, es la herramienta perfecta para que Ayuso termine de convertir Madrid en la sucursal más exacta y amoral del imperio necroliberal; una franquicia brillante del infierno, quizá incluso el mismísimo Pandemónium, donde cualquier ramalazo de colectividad sea reprimido por un actorzuelo de teletienda que te convenza de que sindicarte va contra los principios de un Cristo que ahora lleva al cinto una Smith & Wesson y hace burpis al amanecer.

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Nota Asturias Laica

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