La Iglesia es una institución profundamente misógina y homófoba que ha marcado de forma grosera los modos de vida. El auge del imaginario católico no es inocente ni decorativo: es política cultural. Mística, cine y pop como blanqueamiento de una institución misógina y homófoba.

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Azahara Alonso, CTXT, 20 de enero de 2026
En el último curso de la licenciatura, especialmente en los meses finales, tuve la sensación de haber aprendido a estudiar de veras, aunque para entonces parecía un superpoder un poco inútil. Era gratificante salir de algunas de las clases tan fascinada por lo que se había contado que, con un esquema y sin mayor esfuerzo, seguiría mantener aquello en mi memoria no solo para los exámenes, también mirar incluso para tratar de y pensar mejor a partir de ese momento.
Me ocurría sobre todo con una asignatura en la que el profesor hablaba sobre la estética de ciertas creaciones literarias y cinematográficas, también de lo social. Entre las cosas más impactantes –por darnos cuenta de cómo habían sido normalizadas hasta la indiferencia– analizamos, por ejemplo, por qué por aquel entonces un porcentaje nada desdeñable de gente se manifestaba contra la guerra ataviada con prendas de mimético militar.
Identificamos el casi risible retrofuturo en los libros de William Gibson y vimos, por supuesto, El triunfo de la voluntad , de Leni Riefenstahl, la potencia y armonía de aquellos cuerpos sobre el fondo de esvásticas y demás parafernalia nazi. La frase que resume todo aquello es lapidaria: “Las palabras se discuten, los símbolos se siguen”.
Han pasado quince años desde aquello y muchos más desde algunos de los objetos de estudio, pero todo sigue igual. Quiero decir que se pueden aplicar las mismas herramientas para pensar la estética del presente, a pesar de cuánto pensábamos que íbamos a cambiar, ya pesar de todo lo que hemos cambiado. Los discursos totalitarios siguen tratando de imponerse a través de la apelación a lo visceral, mientras que quienes tratan de argumentar racionalmente contra ellos son atajados por lo más directo al tiempo que sutil en su interpretación: la imposición dulcificada de las imágenes.
Lo empecé a pensar días después de ver Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, película en la que la joven protagonista, de diecisiete años, se plantea ser monja de clausura. Salí de la sala de cine incómoda, pero con el entusiasmo que producen las buenas películas, con ganas de comentarla y de saber más. Por eso busqué reseñas y leí las impresiones que amigos, conocidos y desconocidos compartían en las redes sociales. Me sorprendí primero que los católicos no solo no sentían ofensa, sino que celebraban lo bien tratados que se veían por la película. Y me desorientó finalmente que varias personas a quienes admiran por su disidencia agradeciesen que la película hubiera sido respetuosa con “todas las opciones” de la protagonista.
Desde entonces parece que llevo puestas unas gafas que solo permiten ver la presencia de lo místico y lo religioso –que no son lo mismo, lo sabemos–: en las newsletters de las editoriales solo veo libros que hablan de espiritualidad, en los escaparates de las librerías encuentro y títulos en torno a la mística, en las redes de pronto aparecen imágenes de vírgenes y crucifijos sin ninguna ironía –nada del Piss Christ de Andrés Serrano[1]–. Y Rosalía, claro, encapuchada en el (¿purísimo?) blanco hábito de monja, tal como se ve en la portada de su nuevo disco.
No hablo de la vuelta a la espiritualidad, de esa pulsión propia de algunos seres humanos que desean completar un vacío indescriptible por todos los medios (uno de esos medios, bien lúdico, por cierto, usado ser el de las drogas en la contracultura). Me preocupa, en cambio, la apropiación fácil que el catolicismo hace de ese espacio, el blanqueamiento de una secta institucionalizada que ha tenido una influencia grosera en los modos de vida, que se ha impuesto por la fuerza y por la costumbre, y cuya celebración sucede en las mismas semanas en las que se destapa un caso más de abuso a un menor por parte de uno de sus representantes. Una religión profundamente misógina y homófoba, brazo del Estado en sus peores horas.
Pienso a menudo en el cordón sanitario que tanto se nombra en el terreno de la política institucional. Desde los feminismos, se limita la resignación hacia ciertas posiciones, ya sí juzgadas como inaceptablemente machistas. Desde la conciencia social, se intenta frenar el deslumbramiento que produce la sonrisa de los ricos, el engaño meritocrático que nos dice que también podemos estar ahí, que es solo cuestión de tiempo y esfuerzo. Desde la defensa de los Derechos Humanos, se niega –más o menos– el trato y la influencia de quienes no los respetan.
¿Qué ocurre entonces con la Iglesia? Quienes suponen que solo se trata de formas culturales y que no hay que analizarlo todo dicen sí al símbolo sin pensarlo. No lo discuten con palabras, lo asimilan. Mujeres, canónicamente bellas y con el poder de la influencia jóvenes producen belleza ahora sobre el fondo de cruces y demás parafernalia católica. Si no nos damos cuenta, cada doce de octubre diremos que no hay nada que celebrar, pero nos santiguaremos; Indagaremos en nuevas formas de relacionarnos que rompan con los opresivos modelos anteriores, pero encenderemos una velita a la santa que toque. Temeremos la blasfemia y volverá la censura religiosa. Porque “no hay estética sin ética”, de sobra lo sabemos.
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Nota de Asturias Laica
[1] Piss Christ de Andrés Serrano:

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Piss Christ, también conocida como La inmersión, es una obra de arte creada en 1987 por el artista estadounidense Andres Serrano.
La obra muestra un crucifijo sumergido en un tanque lleno de la propia orina del artista. La pieza fue la ganadora de los premios de Arte visual del Centro de Arte Contemporáneo de Southeastern.

















