Colectivos ciudadanos han organizado una campaña de apostasía colectiva en memoria de la antifranquista que se quitó la vida para evitar su conversión forzada al catolicismo que se ha presentado en Madrid

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Sabela Rodríguez Álvarez, InfoLibre, 8 de abril de 2025
En su última carta, dirigida a su hija, reconocía que el dolor en el pecho no le dejaba pensar. Y sin embargo sus últimos suspiros fueron la más lúcida expresión de una coherencia política que mantendría intacta hasta el final de sus días. Matilde Landa (1904-1942) se quitó la vida lanzándose al vacío un sábado de septiembre, hace más de ocho décadas. Encarcelada por el régimen franquista, extorsionada entre rejas por las autoridades eclesiásticas, prefirió morir antes que claudicar, saltar desde la galería superior de la prisión en la que se encontraba antes que aceptar su conversión al catolicismo. Durante los larguísimos cuarenta minutos en los que se prolongó su agonía, privada ya de sus capacidades, ocurrió la barbarie: fue bautizada in artículo mortis. Es decir, instantes antes de morir. Este lunes, su nombre volvió a retumbar gracias a una campaña de apostasía colectiva, organizada por un grupo de ciudadanas y ciudadanos en homenaje a su figura.
«Un acto de memoria»
En una sala ubicada en la cuarta planta del Ateneo Republicano de Madrid, alguien se esfuerza por entenderse con el altavoz inalámbrico que reposa sobre una gran mesa, presidida por una tricolor. A medida que los asistentes atraviesan las puertas del espacio, emergen del aparato los acordes del Himno del Riego. El público se levanta con solemnidad. «¡Viva la República!», entonan al unísono. El acto de homenaje y organización colectiva da comienzo.

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Celia Morán, una de las organizadoras de la iniciativa –cuyos detalles están disponible en esta página web–, presenta la apostasía colectiva como un «ejercicio de memoria y una llamada a la coherencia personal de quienes han sido bautizados y no quieren participar de una institución que nos utiliza para mantener su poder social y económico«. Morán, comparte, encontró las razones para apostatar hace veinte años: «Tenía razones ideológicas y como mujer, porque la misoginia no es patente de la religión, pero sí es la que la legitima y le da forma». Hoy, añade, tendría un motivo más: «Lo haría por Matilde Landa».
La campaña está dirigida a todas aquellas personas bautizadas «en un tiempo en el que no tener la ‘fe de bautismo’ dificultaba enormemente llevar una vida normalizada«, pero también a quienes «pasaron por el bautismo ya en democracia». A todas aquellas personas que quieren deshacerse de la contradicción.
María Trapiello, portavoz de Europa Laica, recuerda durante su intervención que «hablar de laicidad es hablar de libertad de conciencia». El derecho a ejercer la libertad de conciencia, añade, incluye la «libertad de optar por cualquier creencia, también el derecho a cambiar o abandonar una religión: la apostasía, un derecho avalado por las leyes«.
El tercer apartado del artículo vigésimo sexto de la Constitución consagra que «ninguna confesión tendrá carácter estatal». Los poderes públicos, prosigue el precepto, tendrán en cuenta «las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones». La Iglesia, observan los promotores de la iniciativa, «esgrime ante el Estado el número de personas bautizadas como prueba de su hegemonía en las creencias religiosas de la sociedad española y como justificación para exigir relaciones de cooperación».
Pero Trapiello enfatiza en las «grietas que aprovecha» la institución para «eludir las leyes», negándose a modificar los libros de bautismo, a pesar de las apostasías recibidas. También carga contra la opacidad de los datos: a día de hoy, es imposible conocer el número real y exacto de apóstatas. «¿Por qué la Iglesia tiene interés en retener estos datos?», se pregunta la activista. Ella misma esboza la respuesta: «Les interesa utilizar estos datos para justificar la representación que se arroga de una mayoría de la sociedad española supuestamente creyente».

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Misión: convertir a Matilde Landa
Pero a pesar de los obstáculos, se esfuerzan en reiterar los organizadores, la apostasía se configura hoy como un acto de disidencia política. Y por eso llaman a apostatar con Matilde Landa en la memoria. Agustín Iglesias, dramaturgo y autor de Matilde Landa no está en los cielos, se encarga de exponer los motivos.
Landa, militante comunista, fue detenida en abril de 1939. Tras varios meses en la madrileña cárcel de Ventas, donde no cejó su compromiso con las mujeres encarceladas, fue trasladada al penal Can Sales, en Palma de Mallorca. Un acto en absoluto inocente: su salida de la península, explica Iglesias, condicionaba de forma decisiva las visitas de su familia. «Cuando sale de la cárcel de Ventas es vitoreada por todas sus compañeras, y eso le hace darse cuenta al régimen de lo peligrosa que es Matilde», completa el dramaturgo.
«Además, es una mujer culta, una líder innata… y no está bautizada». A partir de ese momento se convirtió en víctima de una incesante campaña para su conversión al catolicismo, con el objetivo de hacer de su renuncia «un caso ejemplar». El chantaje que escenificaron las monjas carceleras era tan hábil como cruel: rechazar el bautismo implicaría una reducción en la ración de leche para los hijos de las presas.
«No puedo ver sin llorar los rostros de esos niños a los que amenazan con dejar sin leche si yo no me convierto. Tú sabes, Carmencilla, lo mucho que me preocupan los niños, los más desgraciados, con sus corazoncitos, tan sensibles y tan a merced de los caprichos de los mayores», escribía la líder antifascista a su hija, con la decisión de quitarse la vida ya tomada. «No puedo aceptarlo. Sería como prostituirme. Ay, esos niños… ¿Será lo mío un capricho?», se preguntaba, devastada por las consecuencias de su coherencia política. Su misiva, escrita minutos antes de precipitarse al vacío, remataba con un ruego: «Que tú, mi niña, mi chiquitina, y esos pobres niños me perdonéis».
Sus palabras fueron recuperadas este lunes, pronunciadas gracias a la voz de la actriz Pepa Zaragoza. Tras ella, fue otra carta la que resonó en la sala: la escrita por el nieto de la extremeña, ochenta y tres años después de su muerte. «Os doy las gracias por este reconocimiento a mi abuela. Espero que sea un paso más para construir un mundo justo y solidario. Esa es nuestra responsabilidad».

















