La Maternidad de Les Corts en Barcelona, a cargo de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl: estigmatización de madres solteras y victimización infantil con abusos físicos y emocionales, símbolo de las prácticas opresivas y traumáticas del franquismo

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Fuentes: Universitat Oberta de Catalunya (Cristina Sáez-Entrevista) / The Conversation, 3 de febrero de 2025
Cuando estaba haciendo los trámites para casarse, Laura Arantegui Arràez descubrió que en la partida de nacimiento de su pareja constaba otro nombre. Anteriormente, él ya le había explicado que había sido adoptado cuando era un bebé en la maternidad que había en el barrio de Les Corts de Barcelona, una institución supuestamente benéfica a la que, durante muchos años, habían ido mujeres solteras a parir.
El hallazgo la dejó impresionada y, tiempo después, cuando tuvo que elegir el tema de su tesis, sintió que ese era el tema sobre el que quería investigar aunque, inicialmente, había pensado en otros. Así, esta criminóloga se propuso analizar si había habido victimización de mujeres y niños en las últimas décadas del franquismo en aquella institución.
La pesadilla de la Maternidad de Les Corts: miedo, estigmatización y abusos físicos a madres e hijos
La Casa de Maternidad, a cargo de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, fue una institución extraordinariamente activa desde mitad del siglo XIX hasta finales de los 70 del siglo XX. Estaba ubicada inicialmente en el número 17 de la calle de Ramelleres, donde aún hoy se puede ver el hueco cavado en el muro donde se depositaba a los niños pequeños abandonados.
Con el tiempo, la insalubridad en aquel edificio y el número de asilados crecieron de un modo insostenible, y a finales del siglo XIX se empezó a construir una nueva maternidad en los terrenos del Mas Cavaller, una masía alejada del centro de la ciudad que había comprado la diputación en el barrio de Les Corts, que en esa época se anexionó a Barcelona tras haber existido como municipio independiente.
Aunque no era una institución franquista, durante el franquismo fue esencial su uso para ocultar partos indeseados y de sus frutos. En la década de los sesenta se produjeron 3.400 partos en el llamado pabellón Rosa, destinado a madres solteras. Las casadas residían en el llamado pabellón Azul.
Al ingresar, las madres gestantes eran interrogadas y las religiosas cumplimentaban unas fichas con sus datos sociodemográficos. En los márgenes de estos documentos las hermanas anotaban lo que podríamos llamar “descripciones” o impresiones sobre las mujeres que ingresaban. Así, podemos leer expresiones claramente despectivas o discriminatorias como “anormal”, “muy tonta”, “negra” o “retrasada mental”.
En el momento del ingreso, las monjas insistían a las futuras madres para que renunciaran a sus hijos, a lo cual muchas veces consentían por estar en una situación precaria y sin apoyo social (la mayoría provenían de ciudades del resto de España, estaban solas en la ciudad y se dedicaban al servicio doméstico).
Las madres que se resistían a renunciar a su bebé eran obligadas a trabajar durante dos o tres meses en la institución en duras tareas domésticas mientras amamantaban a la criatura (como explica Laura Arantegui en la entrevista). Pasado este tiempo, si optaban por marcharse solas pero aun así no renunciaban a su pequeño, se les prohibía volver a verlo hasta que cumpliera un año. Dicha medida fue calificada como “cruel” en una nota interna escrita por el doctor Santiago Dexeus Font, director de la sección de Maternología.
Aunque no se han encontrado evidencias del llamado “robo de bebés”, sí es cierto que se producen algunas situaciones administrativas irregulares como la falta de expedientes de adopción, con lo que no puede conocerse el proceso, aunque sí está disponible la escritura notarial de la propia adopción. En otros casos (solamente 22 en la década estudiada) no hay constancia de cuál ha sido el destino de la criatura.
Junto a la estigmatización e instrumentalización de las madres, los niños que no fueron adoptados ni recuperados por su familia continuaron en la institución, bajo un régimen que algunos de los entrevistados califican de miedo constante. Raramente refieren abusos sexuales, pero sí describen golpes con instrumentos contundentes como escobas, palos y zapatillas, una comida muy escasa y humillaciones, unidas a los castigos físicos, para los que sufrían de enuresis nocturna –micción involuntaria durante el sueño–.
Existió la misma situación, sumada en este caso a los abusos sexuales, en los Hogares Mundet, otra institución también dependiente de la diputación y regida por las Hermanas de la Caridad y los Hermanos Salesianos, donde los internos eran trasladados cuando tenían aproximadamente siete años.
Todo ello se ha traducido, en la edad adulta, en la necesidad de tratamiento psicológico, diagnóstico de esquizofrenia en algunos casos, ideaciones suicidas, dificultades para mantener una relación de pareja estable y otros efectos que la investigación previa describe como propios de la victimización institucional y que se incrementan con el tiempo de internamiento.
En el contexto de este tipo de instituciones, los niños sufrían aislamiento, miedo y abandono. La autora establece estos tres factores como característicos de lo que llama “victimización institucional infantil histórica”. Sin embargo, el adjetivo “histórica” es más descriptivo de atributos circunstanciales que del propio contenido de la victimización y tiene el riesgo añadido de acabar restringiendo la categoría de víctimas solamente a las que vivieron su experiencia en un pasado más o menos lejano.
El franquismo no fue, como tal, el origen de tal situación, ya que como hemos visto la maternidad existía desde mucho antes, pero sí que la agravó al aportar una carga de prejuicios y exigencias morales sobre las mujeres que crearon un escenario en muchos casos insostenible para esas víctimas especialmente vulnerables y que, asimismo, trasladó el estigma a sus hijos e hijas.
La voluntad de control exhaustivo sobre los cuerpos y las almas aseguró la pervivencia del régimen a través de la creación del llamado Homo patiens: el ciudadano que ha visto anulada su capacidad contestataria. En este contexto, muchas situaciones en principio no deseadas son consentidas o toleradas por la sociedad.
Con el tiempo, la respuesta social a las víctimas de abuso institucional infantil se ha centrado especialmente en el abuso sexual, olvidando otras experiencias igualmente traumáticas como las que conlleva la victimización total.
La creación de programas de reparación no solamente debe prever la participación de todas las instituciones y todas las víctimas involucradas, sino también el diseño de respuestas adecuadas a todas las necesidades.

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En julio de 2024 Laura Arentegui fue entrevistada por Cristina Sáez para la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) quien su tesis doctoral[1]ha estudiado la victimización de los niños y las madres que residían en la Maternidad de Les Corts de Barcelona entre 1960 y 1970. El estudio, consistente en el análisis cuantitativo de más de 5 000 casos y 23 entrevistas en profundidad a protagonistas de la época, constituye una fuente de información hasta el momento inédita, así como de claves para entender el pasado y actuar sobre el presente.
Entrevista a Laura Arantegui
Arantegui —que había estudiado física y, después de tiempo trabajando en la privada, dio el salto a cursar el grado de Criminología en la UOC, donde también hizo el máster universitario de Derechos Humanos y Globalización— está especializada en colectivos vulnerables. Su doctorado[1]analiza más de 5.400 casos de niños y niñas nacidos en la Maternidad de Les Corts entre los años 60 y 70. Cerca de dos de cada diez bebés que nacieron allí fueron dados en adopción.
¿Qué era la Maternidad de Les Corts de Barcelona?
Una institución a la que iban mujeres solteras a parir. Existía desde el siglo xix, a pesar de que antes estaba en la calle de las Ramelleres, en el Raval. Sin embargo, aquello se convirtió en un lugar totalmente insalubre y lo trasladaron a Les Corts, donde se convirtió en un gran complejo con unos edificios inmensos. Inicialmente, se creó como una institución benéfica que dependía de la Diputación de Barcelona y estaba gestionada por la Iglesia, y posteriormente cogió funciones de tipo asistencial, como un hospital.
Daba servicio a madres solteras y también a casadas. Las solteras iban por la vía benéfica. Querían tener a sus hijos alejadas del mundo exterior porque necesitaban guardar silencio sobre su identidad. Iban allí, parían y, después, a veces los niños eran dados en adopción.
¿Eran adopciones voluntarias?
Este es el gran tema. No hay manera de comprobar si eran voluntarias o no. Los registros de la Maternidad que he consultado están rellenados manualmente por las monjas, que podían escribir lo que quisieran. En muchos casos no consta el expediente de adopción, solo un acta notarial que dice que el niño ha sido dado a esta familia. Hay cuestiones administrativas irregulares, pero no se ha encontrado ninguna evidencia de adopciones irregulares.
Hablas de victimización de estos niños. ¿Qué quiere decir este concepto?
Que han sido objeto de una vulneración de los derechos humanos. Aquí entra desde el descuidado, es decir, niños de los cuales nadie se ha ocupado, hasta maltratos, por ejemplo, niños que eran atados a las cunas. Recuerdo que una persona a la que entrevisté para la tesis me explicaba que, cuando su madre la iba a ver, le decía que tenía miedo de que se ahogara de pequeña porque siempre la tenían atada a la cuna.
¿Las madres podían visitar los hijos?
Las madres solteras tenían una media de entre 21 y 25 años. La mayoría eran chicas que venían a trabajar en servicio doméstico procedentes de capitales de provincia de España. De los padres de las criaturas no se sabe nada, porque no hay ningún registro oficial, a pesar de que se sabe que muchas se quedaban embarazadas del dueño de la casa en la que servían. Al parir, desde la Maternidad se intentaba que renunciaran a sus hijos para poder darlos, posteriormente, en adopción. En algunos casos, la propia mujer renunciaba a la criatura porque no la podía mantener. Otras mujeres sí que querían conservar a sus hijos, pero los dejaban en la Maternidad y los iban a visitar cuando podían. Aunque antes las castigaban.
¿Cómo?
Cuando no renunciaban a sus hijos, las monjas las obligaban a trabajar en la Maternidad dos o tres meses sin cobrar. Eran trabajos duros, durante los que también amamantaban a los bebés. Pasado este tiempo, las madres o bien dejaban el centro y se llevaban a sus hijos o los tenían que dejar allí porque no los podían mantener fuera. También había otra modalidad de castigo, que era que se impedía a las madres ver a sus hijos durante el primer año de vida.
En algunos casos tenían que aceptar trabajos que estaban fuera de España y que les impedían ver a sus hijos, se acababan cansando y los dejaban en la Maternidad. Las madres no volvían y los hijos acababan siendo adoptados. Hay que pensar que eran personas con una cultura ínfima que aquí, en Barcelona, no tenían ningún apoyo porque, seguramente, habían dejado a la familia en el pueblo y se sentían completamente desamparadas.
¿No podían denunciar la situación a nadie?
En los archivos he encontrado cartas en las que piden a las monjas ver a sus hijos y lo hacen con una humildad absoluta, suplicando, con conciencia de ser personas absolutamente irrelevantes. Por lo tanto, no se les ocurría pedir ayuda a nadie. En los archivos sí que he encontrado cartas del doctor Dexeus, padre del ginecólogo que murió recientemente, que en aquel momento era jefe de la sección de Maternología de la Maternidad, en las que muestra preocupación por el bienestar de las madres y de los bebés. Reitera que no le gusta esta medida de que madres e hijos estén un año sin poder verse y compara la situación de las madres solteras con una prisión. Sin embargo, a pesar de sus quejas y preocupación —entiendo que genuina— por el bienestar de las madres y de los niños, no he encontrado ninguna evidencia de que la situación cambiara con el tiempo.
¿Cuántos de los niños que nacieron en los años 60 y 70 fueron adoptados?
De los 5.400 casos que he revisado, aproximadamente un 18 % de los niños fueron adoptados y más del 60 % pudieron ser recuperados por la familia biológica en algún momento, no todos inmediatamente al nacer. Un 12 % continuaron en la institución hasta los seis años y después pasaron a los Hogares Mundet, donde vivían hasta los 18 años. La situación en aquellos hogares era también muy dura en todos los aspectos.
Para hacer la tesis, has recogido el testigo de varias madres e hijos que pasaron por la Maternidad.
Así es. Por ejemplo, una de las madres con quién hablé recuerda que, cuando parió en la Maternidad, le decían: «Pero si ya tienes un hijo, ¿para qué quieres otro? Déjanoslo a nosotras aquí». Había insistencia por parte de las monjas para que los dieran en adopción. También he hablado con una monja que había trabajado allí y que tiene 87 años. Ella tenía un relato idílico, según el cual estas criaturas eran tan felices en la Maternidad que, cuando las adoptaban, no querían irse. Para ella, las monjas son las heroínas; las madres que iban allí eran las malas porque venían con el «fulano» (así lo decía ella) y los pobres niños, claro.
También documentas que morían niños.
Curiosamente, cuando le pregunté por las muertes de los niños, la monja me repitió muchas veces que, mientras ella estuvo allí, no murió ninguno. ¡Y solo en los tres primeros años de su estancia murieron 59! Sobre todo morían los más pequeñitos. La tasa de mortalidad de la Maternidad en esta década duplicaba la de la ciudad de Barcelona. Estamos hablando de un 5 % de mortalidad infantil, mientras que en la ciudad de Barcelona era de un 2,5 %, aproximadamente.
¿Por qué morían?
Sobre todo de infecciones (de oído, por ejemplo) mal curadas que se contagiaban entre ellos. Muchos niños pequeños morían durante el parto. Otros que ingresaban en la Maternidad porque los abandonaban ya entraban en malas condiciones porque no los habían cuidado antes.
¿A qué conclusión llegas, después de tu investigación?
Que estas personas sí que sufrieron victimización en la Maternidad. Tanto allí como en los Hogares Mundet, que es donde algunos iban después y donde sufrían una violencia física extrema. Los niños que pasaban por la Maternidad sufrieron victimización institucional. He entrevistado a un antiguo interno al que le daban palizas que lo dejaban ensangrentado en el suelo y, en una ocasión, le chutaron la cabeza contra la pared. Cometemos un error si pensamos que la victimización institucional solo tiene que ver con los abusos sexuales. En la tesis, como aportación propia, propongo el nombre de victimización total infantil, porque se produjo, e incluso se puede producir hoy, en un tipo de institución de las que denominamos totales, que son instituciones de internamiento que se asemejan a prisiones en las que el interno hace toda su vida.
Defiendes que la victimización es un continuo en la vida de estos niños.
Continuamente reciben amenazas, les pueden pegar o les pegan, abusan de ellos. Su vida entera es una victimización. A partir de aquí hago otra aportación mía, la reparación. Defiendo que hay que hacer un procedimiento de reparación de niños que han sufrido abuso institucional total, que no se puede entender igual ni se puede reparar del mismo modo que un niño que ha recibido una victimización puntual en una escuela de régimen abierto y que después ha vuelto a casa con sus padres y se lo ha explicado. El del niño que ha vivido en este entorno victimizante toda su vida es un contexto diferente.
En la tesis, hago un esquema de reparación basándome en modelos que se han hecho en otros países, que creo que puede ser útil para incluir todos los tipos de víctimas, tanto los que han sido víctimas en régimen abierto como los que han sido víctimas en una institución cerrada. Esto permitiría incluir a todas estas víctimas que he entrevistado y que estuvieron en la Maternidad.
Afirmas en la tesis que están traumatizadas.
Siguen sufriendo los efectos de su victimización. Son personas que han ido al psiquiatra, que tienen ideaciones suicidas, que han tenido problemas de relación, que todavía hoy dicen «es que oigo que me llaman por mi nombre y me emociono porque siempre me habían llamado por un número». Toda esta gente, que hoy está sufriendo estas circunstancias, también tiene que entrar en un hipotético esquema de reparación. Es la victimización del olvido: ellos son conscientes de que han sufrido una experiencia muy dura y muy traumática y de que nadie los escucha ni nadie sabe o quiere saber que han existido.
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[1] Tesis PDF
Fuente: Universitat Oberta de Catalunya
Els infants i les mares de la Maternitat de Les Corts de Barcelona (1960-1970): Respostes per a unes víctimes oblidades, Laura Arantegui

















