«Una defensa de la libertad frente al integrismo confesional que pretende estar en posesión de la verdad y que hasta tiene la osadía de recomendar el voto en la mismísima jornada electoral. Es el integrismo que no respeta», Ricardo Fernández en X

Ricardo Fernández. Publicado en la revista de julio de Tiempo de cerezas, (boletín sociocultural republicano de carácter trimestral publicado por Asturias Socialista), 24 de julio de 2024
El 9 de junio último, valiéndose de una agazapada premeditación, un arzobispo[1] publicaba en la prensa asturiana una de esas epístolas dominicales con las que algunos prelados acostumbran a difundir más ideología que fe. En esta ocasión, bordeando el tibio límite que la legalidad marca a las jornadas electorales, amén de decir sin decirlo a quién votar (y por ende a quién no hacerlo), el ordinario del lugar introducía un tema que creo es merecedor de una reflexión por lo que implica sobre cuestionar uno de esos cimientos asentados por la Ilustración hace doscientos años, en los que se basa la Europa democrática llamada a las urnas precisamente ese mismo día.
Escribía el arzobispo sobre algo que podríamos definir como la recuperación de la dimensión sociopolítica de su credo, y afirmaba que los valores del cristianismo no pueden ser etiquetados como confesionales, esto es, para empleo exclusivo de quienes profesen esa respetable creencia -todas lo son-. Asoma en la aparentemente inocente afirmación la tentación totalitaria que ha caracterizado no a esta iglesia toda, pero sí a una parte significativa de ella, aliada tradicional de esa costra reaccionaria que tan poco provecho y felicidad nos ha traído. Lo que se resolvió con la separación de las iglesias y el Estado, de lo privado y lo público, de lo religioso y lo civil, de Roma y el César, se pone en cuestión ahora con la colaboración de un espectro ideológico resurrecto que gangrena la sociedad civil.
No es cierto que esos «valores confesionales» de los que habla este arzobispo estén destinados en nuestra sociedad a un uso más amplio que exceda los límites marcados por la propia membresía. Admitir lo contrario sería tanto como caer en una enorme trampa y para evitarlo es necesario hacerse alguna pregunta: La concepción sobre el inicio de la vida humana de la confesión religiosa que sea -y sobre la existencia humana misma- ¿es aplicable a toda la ciudadanía? No, no lo es. Si lo fuera, el derecho de una mujer a decidir sobre cuanto atañe a su propio cuerpo, no existiría. Si lo fuera, el derecho que nos asiste para decidir cómo queremos dejar este mundo cuando llegue la enfermedad irreversible o el dolor insufrible, no existiría. Si esa pretendida dimensión sociopolítica de «valores» que apuntalan una concepción vital en la que no cabemos todos se impusiera en algún momento, con toda seguridad muchos no podríamos vivir nuestra existencia plena y libremente, y mucho menos construir con orgullo nuestra propia familia.

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La casualidad no existe para quienes lanzan este tipo de mensajes. Mucho menos en estos tiempos en los que las democracias tal y como las hemos conocido se la juegan y asoman al abismo en todas partes. Para los españoles, donde el tufo a merienda y a pistola se ha mezclado en el último siglo con el olor a cerrado de las sacristías, este relato ya sabemos como acaba “el baile agarrado es pecado” Y cada cual ha de ser libre para bailar como quiera, que la vida son cuatro días.
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[1] El voto cristiano en Europa, carta semanal arzobispo de Oviedo

















