Un dios resucita en India.

Narendra Modi en Ayodhya una nueva era alarmante para la India

El primer ministro indio, Narendra Modi, asiste a la inauguración de un gran templo al dios hindú Lord Ram en Ayodhya, India, el pasado 22 de enero / Press Information Bureau (vía Reuters)
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Fuentes: El País (Lluis Basset)- Nueva Revolución (Guadi Calvo), 28 de enero de 2024

La religión y el autoritarismo han ido de la mano en los últimos años. Pero pocos hombres fuertes han fusionado lo político y lo religioso hasta este punto: Narendra Modi, actual primer ministro de la India, oficia como sumo pontífice hinduista en la inauguración del templo de Rama con la que ha abierto su campaña electoral.

Narendra Modi, además de primer ministro, ha oficiado esta semana en Ayodyah como sumo pontífice del hinduismo, la religión mayoritaria de India. En esta ciudad de Uttar Pradesh, el Estado más poblado del país más poblado del mundo, ha inaugurado el Ram Mandir o templo de Rama, concebido como la Meca o el Vaticano del hinduismo, justo en el lugar donde nació, quizás hace 5.000 años o más, la séptima encarnación de Visnú y el dios más popular en la tierra de los dioses infinitos. No ha sido un acontecimiento de significado exactamente religioso, sino la apertura de la campaña electoral con la que su partido, el Baratiya Janata Party (BJP), pretende ampliar la mayoría y sumar cinco años más a los 10 que ya lleva su líder al frente del país.

La inauguración del nuevo Ram Mandir en Ayodhya por el primer ministro de la India, Narendra Modi, fue un momento que se había gestado durante décadas. Sin embargo, también llegó demasiado pronto. A pesar del gran espectáculo de la ceremonia, con la asistencia de celebridades, magnates y políticos, el templo aún está incompleto. Hay una explicación obvia para este apresurado esfuerzo, y no es religiosa.

India acudirá a las urnas a finales de la primavera y, aunque Modi tiene casi garantizado un tercer mandato, quiere una gran mayoría para su partido Bharatiya Janata (BJP). Modi llegó al poder y lo ha afianzado gracias al nacionalismo hindú de derecha. El lunes fue más allá de la explotación del sentimiento étnico-religioso. No se limitó a asistir a la ceremonia; llevó a cabo rituales. La religión y el autoritarismo han ido de la mano en los últimos años. Pero pocos hombres fuertes han fusionado lo político y lo religioso hasta este punto.

Como observó su biógrafo, Nilanjan Mukhopadhyay, el acontecimiento lo presentó como “el sumo sacerdote del hinduismo”, lo que inquietó a algunos líderes religiosos. La constitución todavía llama a la India una república laica. Pero los hechos sobre el terreno sugieren lo contrario. Los partidarios de Modi tratan la idea del secularismo como una imposición extranjera a una gran civilización y como un camuflaje para el maltrato y la represión de los hindúes. En realidad, es su chauvinismo agresivo lo que le ha costado caro a la sociedad india, y son los musulmanes quienes son tratados como ciudadanos de segunda clase. Human Rights Watch advirtió el año pasado sobre la “discriminación y estigmatización sistemática de las minorías religiosas y de otro tipo, particularmente los musulmanes por parte del gobierno y sobre la creciente violencia de los partidarios del BJP contra grupos específicos.

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El nuevo templo no es sólo un símbolo de estas luchas políticas, sino parte de ellas. Construida sobre una antigua mezquita fue destruida piedra a piedra en 1992 por fanáticos nacionalistasy antimusulmanes incitados por miembros del partido de Modi. Este incidente desencadenó los peores disturbios religiosos desde la independencia en 1947, que dejaron unos 2.000 muertos, la mayoría musulmanes, y sacudieron los cimientos del secularismo oficial del Estado, terminando con la hegemonía laica y pluralista del Partido del Congreso, fundador de la Unión India.

Se encuentra en el sitio de la mezquita Babri Masjid del siglo XVI, construida por el emperador mogol Babur. Se dice que Ayodhya es el lugar de nacimiento de la deidad Lord Ram. El BJP había inflamado el sentimiento y los políticos del BJP se quedaron mirando cómo miles derribaban la mezquita y cómo la violencia acabaría con más de 2.000 víctimas. Luego, en 2019, el tribunal supremo dictaminó que la demolición de la mezquita había sido ilegal, pero que, no obstante, el sitio pertenecía a hindúes, lo que permitió la construcción del nuevo edificio, que ya es el emblema de la nueva hegemonía política del hinduismo político.

Quedó claro que en India la coacción, la fuerza e incluso las matanzas proporcionan ventajas a quienes las promueven. Modi tiene experiencia, como primer ministro del Estado de Gujarat, de sus rendimientos electorales en este tipo de enfrentamientos. En los que se produjeron en 1992 bajo su responsabilidad de gobierno murieron también casi 2.000 personas y le procuraron la acusación de complicidad tras una investigación oficial, además de la denegación de visado para Estados Unidos.

3 décadas ha tardado en aparecer el dios y protagonista del Ramayana, el monumental poema épico sobre la vida de Rama. Es un milagro de una fe que es religiosa y política, pues son pocos los que pueden dudar ahora en India de la existencia histórica de un personaje tan venerado. Esta creencia tan poderosa concuerda con los fundamentalismos, las políticas identitarias y las invenciones falsamente históricas que vemos en países como Rusia, China, Turquía o Israel. La India de Modi quiere ser un país puro, como el Pakistán de la partición en 1947, que quiso ser solo musulmán. Cancela un pasado que no es únicamente el de la colonia británica, sino también musulmán, pero en los hechos es el pluralismo lo que destruye.

“Solo un dios puede salvarnos”, declaró el filósofo Martin Heidegger ya anciano. Modi lo ha encontrado y se ha erigido en su sumo sacerdote, en una operación de relentes totalitarios, que mezcla religión y Estado, nación y fe, en sintonía con las peores pulsiones identitarias y xenófobas que proliferan por doquier.

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Lluis Baset escribe en El País columnas y análisis sobre política, especialmente internacional

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central.

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