La confesión infantil vulnera la intimidad y los derechos de los menores, generando culpa y humillación

Juan Antonio Aguilera Mochón, Nueva Tribuna, 21 de marzo de 2025
En menos de dos meses empezará la temporada alta de las primeras comuniones, esas ceremonias en las que niñas y niños de 9 o 10 años reciben la eucaristía. La manipulación y chantaje que en ellas se puede ejercer sobre la infancia son imaginables dado lo ostentoso y costoso de las celebraciones y los regalos, pero lo que ocurre poco antes –quizás ya ahora–, por desgracia pasa desapercibido: para ingerir cómo Dios manda las hostias consagradas –es decir, al propio Dios–, cada menor deberá haber confesado previamente sus «pecados», con arrepentimiento, a un sacerdote y, ya absuelto, haber realizado la penitencia impuesta con la firme decisión de no «pecar» más. En otras palabras, antes del sacramento de la eucaristía deberá haber pasado por otro sacramento, el de la «reconciliación» nada menos que con Dios.
Es decir que, para alcanzar esa tregua temporal con Él, se obliga a la pequeña criatura a contarle a un cura (siempre un hombre) no ya todas sus intimidades, sino sobre todo las que puedan parecer más vergonzosas, y no sólo cosas malas o regulares que haya hecho, sino también las que haya pensado, deseado o sentido. Tiene que descubrirle, generalmente arrodillado (humillado), hasta el último rincón de su alma, y con un sentimiento de culpa y contrición.
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Posted by asturiaslaica 
















