La falsa tradición | Pedro Luis Angosto

El sustrato sobre el que descansan la mayoría de las falsas tradiciones es la religión, el sentimiento religioso popular

La Legión en la Semana Santa de Málaga, Plaza de Santo Domingo | Fuente
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Pedro Luis Angosto, Nueva Tribuna, 9 de mayo de 2026

Decía Eugenio D’Ors, padre del fascismo español y nacionalista catalán en su primera juventud, que “todo lo que no es tradición es plagio”. Pretendía explicar de esa manera que nadie podía llegar a pintar como Pablo Picasso si antes no había intentado hacerlo como los grandes maestros clásicos.

La ciencia, el arte, el conocimiento no brotan de la nada, sino que lo hacen del tiempo, de lo que otros seres humanos hicieron en otra época, en un contexto diferente, buscando la belleza, la expresión y la mejora de la vida de sus semejantes. Si no se conoce el pasado, la posibilidad de estar plagiando la obra realizada por otro aumenta considerablemente, también la posibilidad de errar, de obrar fuera del tiempo, en un mundo que ya existió y dejó de ser.

Debido a la ignorancia, a la inercia, a la incapacidad que muestran muchos para enterarse de lo que sucedió antes de su nacimiento, durante los últimos años estamos asistiendo a un reverdecer de tradiciones que nunca lo fueron o que existen desde hace tan pocas décadas que no es posible incluirla dentro de eso que llamamos tradición.

Sucede, por ejemplo, en muchos festejos de Semana Santa, sobre todo en Andalucía, en Sevilla, donde las seculares procesiones que tan bien nos contó Eugenio Noel, se han convertido en una exhibición de pijerío dominguero que poco tiene que ver con el sentimiento religioso y sí mucho con una manera clasista del ver el mundo de la que se han contagiado aquellos que continúan sufriendo los efectos devastadores del señoritismo.

Basta con repasar cualquier fotografía de los momentos previos al paso de las imágenes para observar como se ha uniformado la vestimenta, el corte de pelo, la mirada y la mente de miles de personas que siempre siguieron a un santo o una virgen, pero que antes sabían perfectamente distinguir los intereses de los duques de Alba de los suyos.

Se trata, pues, de una operación de limpieza mental que viene gestándose desde hace años en todos los rincones del país, los terratenientes, los absentistas, los rentistas, lo dieron todo por su ciudad, su comunidad y España, nunca hubo en ellos otros sentimientos distintos al patriotismo bien entendido, nunca otro amor que el amor al pueblo, a los que trabajaban para ellos y no tenían ni para comer.

Los santos inocentes fue una novela fallida de Miguel Delibes y una película malintencionada de Mario Camús, porque nadie sabe lo feliz que era Alfredo Landa al poder relacionarse tan íntimamente con Juan Diego, nadie de la dicha de Paco Rabal y su familia, tampoco de la magnificencia del íntimo amigo de Queipo de Llano conocido como El Algabeño, personaje que sembró el terror en Andalucía con su grupo de aguerridos patriotas a caballo.

España es un gran país, uno de los países donde mejor se vive del mundo, no tengo la menor duda de ello, pese a que hay gente capaz de corromperse por unos miles de euros, de sustituir el interés general por el particular o de odiar gratuitamente. Fue siempre un país solidario, incluso en los tiempos terribles de la dictadura, cuando la gente calló por miedo, se acostumbró al silencio y a llenar las iglesias y los cines para llorar por lo mucho que sufrían los ricos.

Entonces, en aquella pesadilla interminable, había estraperlistas, agiotistas y aprovechados, pero, sobre todo, sin nombre ni apellidos, había gente que lo compartía todo, hasta un hueso de codillo o unas pencas de alcachofa. Hubo hambre, mucha hambre como bien nos ha contado Miguel Ángel de Arco Blanco en su libro La hambruna española, tanta que probablemente se llevó más vidas que la misma guerra, pero el trueque y la cooperación silenciosa, clandestina, entre los pobres salvó a miles de personas de la muerte a que estaban condenadas por el franquismo.

Las falsas tradiciones se inventan y normalmente tienen un origen menos mágico del que las leyendas aseguran, más mundano, encaminado a hacer pensar a los más castigados por la vida que los del más allá siempre están pendientes de su porvenir, incluso cuando las desgracias personales y familiares se hacen más insidiosas: Son las famosas pruebas que Dios pone en nuestro camino para que demostremos lo mucho que lo amamos incluso en las circunstancias más aciagas que él mismo nos ha enviado.

El sustrato sobre el que descansan la mayoría de las falsas tradiciones es la religión, el sentimiento religioso popular. En su miseria, el pueblo creyó siempre en Dios y en sus cortes celestiales, en la vida eterna, en lo mucho que vamos a disfrutar después de muertos. La oligarquía gobernante, no, creía a su modo, a su conveniencia, dentro de una estructura en la que se mezclaba la cuna, el crucifijo y la espada, símbolos del poder antiguo que algunos creímos superado a finales del siglo XX.

“Eso le sienta como a un Cristo un par de pistolas” se solía decir cuando yo era crío al contemplar cosas que no pegaban ni con cola. Ahora la nueva tradición dice que la Legión, cuerpo militar de voluntarios que tantas buenas acciones ha hecho en los últimos años por todo el mundo, es lo más tradicional de la Semana Santa malagueña, y los malagueños y turistas se dan tortas por ver y oír como cantan “Soy el novio de la muerte”.

En Murcia, brasileñas con poca ropa acompañan al Entierro de la Sardina como siempre fue, como marca la tradición, entre el furor del público; en muchas fiestas de moros y cristianos del Mediterráneo español salen grupos de personajes de la Guerra de las Galaxias y en la mayoría de fiestas del país se cantan sevillanas o rocieras como si todos fuésemos en dirección a Almonte.

Al calor de las fiestas, de la nueva liturgia festera, de las nuevas tradiciones se está alzando una nueva oligarquía que a veces coincide con los apellidos que siempre dominaron un pueblo o una ciudad, pero que muchas veces no lo hace, pero sirve para otorgar la carta de pureza de sangre al recién llegado.

Las fiestas populares continúan siéndolo y algunas con magnífico seguimiento y resultado, sin embargo, en el entresijo de estas, en las entretelas, en las bambalinas lleva años creciendo un vivero reaccionario que pretende mantener como ciertas tradiciones que no lo son y, sobre todo, una forma de ser, una identidad comunal y una moral pública de ese cariz.

Se trata, con otros medios, de volver a reconstruir, por encima del conocimiento, de la razón, de la justicia, la antigua alianza entre la cuna, el crucifijo y la espada. Todo lo demás, sea anatema.

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